
La magia del hacedor
Soy de una generación de la televisión que se explica a sí misma diciendo: "Me descubrió Romay". Don Alejandro no marcó una etapa de la TV. Don Alejandro Romay fue la TV.
Pertenecía a una raza de uno. Uno para quien no existían los imposibles. Y esa magia del hacedor -para quien entre la idea y la acción no media ni un titubeo- se trasladaba a quienes bendecía con la chance que cambiaba sus vidas para siempre: una oportunidad.
"¿Te gustaría trabajar en mi canal?", me dijo luego de que le realizara una entrevista en Tucumán al inaugurar las nuevas instalaciones de la Escuela de Agricultura donde él había hecho el secundario. Yo tenía 19 años y trabajaba en Canal 5 de ATS, un cable local. Le dije que sí. Soy una chica que su primer sí importante se lo dijo a la televisión.
Luego me hizo una prueba con textos de diarios en la mesa de un bar. Y a eso siguió un casting en Buenos Aires y el llamado que nunca olvidaré, cuatro meses después. "¿Puede venir a Buenos Aires mañana?" También dije que sí. Y entré como cronista al legendario Nuevediario.
Ese fin de año me encontré a Romay en el brindis del canal en el estudio 1 de Gelly 3378. Una dirección que todo el país conocía. La dirección de "su" Canal 9 Libertad. "¿Ya alquilaste un departamento nena? Yo te firmo la garantía." Ése era Romay. Yo tenía un contrato por tres meses y él me firmó una garantía por dos años.
El Romay que asumía riesgos, que exigía excelencia, que corría límites, que inventó los almuerzos de Mirtha. El Romay que parecía un César. El mismo que me enseñó alguna vez con tono paternal que "lo más importante en la vida es aprender a aprender". Él se consideraba a sí mismo un aprendiz.
Lo vi por ultima vez al reabrir el teatro El Nacional. Al entrar lo encontré con una linternita recibiendo y acomodando personalmente a los invitados en la oscuridad de la sala. Estaba empezando de nuevo. Una vez más. Por eso era el rey.
Cristina Pérez es periodista y conduce actualmente Telefé Noticias (segunda edición).




