La Mona Jiménez: el rey del cuarteto creó su propio festival, el Monapalooza

La Moma impuso condiiones en el festival
La Moma impuso condiiones en el festival Fuente: LA NACION - Crédito: Fabián Marelli
Gabriel Plaza
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31 de marzo de 2019  • 18:10

"Olé, olé olé, olá... soy Jiménez. Es un sentimiento. No puedo parar", cantan los seguidores de la primera hora contra el vallado y le dan un tinte de localía al show de la Mona Jiménez. Ahí está el amo y señor del tunga-tunga, el pibe de oro del Cuarteto Berna, el James Brown cordobés, como lo rebautizó la escena rockera en los ochenta cuando desembarcó en el escenario de Cemento. La Mona está sobre el Main 1 de Lollapalooza con sus casi setenta años. Es la historia viva de la música popular cordobesa. El portavoz de las barriadas populares. El hombre que es capaz de tocar cuatro horas en esos bailes míticos de cuarteto en el Sargento Cabral.

Suenan los primeros acordes. Un beat funkero se cruza con el sonido de las congas. De la combinación emerge ese tunga-tunga explosivo, inevitablemente contagioso. La Mona aparece con un saco rojo brillante con calaveras. "Buenas noches, buenos días", se corrige. En el horario matutino de las 15.45 en el escenario Main Stage 1, la Mona busca traspolar ese ambiente desenfrenado de sus bailes de madrugada. Y lo consigue.

"El federal", incluida en su disco trilogía de 2005, es la crónica de un pibe chorro y un padre policía. "La rueda del destino gira que gira", resume en esa línea perfecta. Entonces queda claro que la incursión de la Mona en el Lollapalooza es lo mas disrruptivo del festival, como pasó el año anterior con Damas Gratis y su cumbia villera. El contexto del festival permite que la Mona sea recibido como un personaje simpático y como consumo irónico. Pero de a poco el cuartetero terminará dando vuelta esa sensación en el público. Cuando finalice su show todos sabrán que La Mona no es solo un personaje simpático, sino que se ganará el respeto de la gente. No podrán dejar de bailar cuarteto y sabrán lo que siente un cordobés de las clases populares cuando está bailando frenéticamente ese ritmo endiablado de tunga-tunga.

El cuarteto es festivo, aunque sus letras reflejan la vida cotidiana de las personas de a pie. Clásicos como "Ramito de violetas", encubren un amor a la distancia y una situación de engaño. La Mona agita al público como en sus bailes. El ritmo de la tambora y la percusión con timbales forman la base sustanciosa de su ritmo. Parece un llamado de los ancestros. Hasta que el acordeón mete el pulso inmigrante que le aporta melancolía al ADN del género. Allí se mezclan la tarantela, el pasodoble, el contrapunto de merengue y el pulso urbano cordobés. Sobre esos cimientos musicales, La Mona Jiménez canta un tema que lo identifica y lo define: "Soy un muchacho de barrio y mi escuela fue la calle", dispara y empieza a nombrar los barrios cordobeses, en otro guiño a su identidad regional.

"Gracias de corazón. Quizás esta sea la ultima vez en un festival. Pero estoy feliz". Su frase conmueve al público y se los mete definitivamente en el bolsillo: yeites de un artista popular que recorrió mucho escenario.

La Mona combina temas viejos de su repertorio como "La pupera", un cuarteto tradicional, que se puede bailar en las fiestas y los asados de las barriadas populares, junto a esas aguafuertes testimoniales como "El marginal", que dice en su estribillo: " La sociedad dice que soy un marginado más, la misma que me usa, para poder escalar". En un festival como el Lollapalooza, donde todo está bien, el cuartetero es el único que refleja el estado situación del 33 por ciento de pobres en el país, a través de las simples líneas de una canción.

Su dicción por momentos errática no le quita fuerza a su representatividad. Cuando canta, desprolijo y todo, La Mona suena como un altavoz de los desposeídos. En otros momentos, es el tío arengado de las fiestas como cuando entona "Me mata", a ritmo de cuarteto y ska. La apoteósis cuartetera llegará con "¿Quién se ha tomado todo el vino?". Es el himno de la Mona Jiménez, el que todos conocen, el que todos graban en sus celulares, el que todos bailan. Es el momento cuando la Mona deja de ser un personaje y se transforman en una leyenda de la cultura popular.

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