
La sorpresa que Esperanza
Spalding se luce con su nuevo CD y un flamante Grammy
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La gran esperanza del jazz actual parece un canto a la redundancia: se llama Esperanza, su apellido es Spalding, tiene apenas 26 años, es norteamericana aunque de madre mexicana, y se convirtió en la única sorpresa de la reciente entrega de los premios Grammy: ganó el premio al "mejor nuevo artista" en una terna que parecía definida en favor del ídolo del pop adolescente Justin Bieber.
De todas formas, esta chica, que logró que por primera vez en 35 años esta categoría fuera a parar a manos de un jazzero y que, además, es una de las artistas favoritas del presidente norteamericano, Barack Obama, es tan poco convencional que se ha definido públicamente así: "Lo que hago armónicamente es complejo, pero la lírica es muy simple; trato de llegar a todos; es mi idea de la música. Además, el jazz es muy bueno, pero sus discos no se venden, no es popular y yo quiero hacer música popular, que es la que se vende. Entonces, mi música no es jazz", dijo a La Nacion en 2007.
Su música, para quienes aún no la conocen, está a tono con esta polémica definición. Esta bella morena, que tiene el récord de haber sido, a los 20 años, la profesora más joven de la Escuela de Música de Berklee, toca el contrabajo, canta (en tres idiomas) y compone, pero su música no suena a más de lo mismo: en sus tres discos hay escasos standards de jazz; muchas canciones propias, en las que existen influencias disímiles, aunque con un claro acento latinoamericano, hasta el punto de que algunos podrían enrolarlas en ese rótulo difuso de "world music", e inesperados covers de temas de Egberto Gismonti, de Vinicius de Moraes y hasta de nuestro Cuchi Leguizamón (como "La cantora de Yala", en su primer álbum, Junjo , de 2006). Tampoco sus acompañantes son más de lo mismo porque, en general, no pertenecen al establishment jazzero de su país: desde cubanos como Aruán Ortiz, Francisco Mela y Horacio "El Negro" Hernández, españoles como El Niño Josele y brasileños como Milton Nascimento, hasta talentos argentinos como el pianista Leo Genovese y el percusionista Quintino Cinalli.
Esta participación de talentosos músicos nacionales es una de las características salientes de su flamante disco, Chamber Music Society , que estará desde esta semana en las bateas argentinas, una provocadora propuesta que excede los rígidos márgenes del jazz y que se enrola en lo que podría bautizarse "fusión globalizada". Es que Esperanza vuelve a sorprender, en principio, con su particular acercamiento a la música de cámara. Algo así se intuye con "Little Fly", esa melancólica introducción, en la que el violín de Entcho Todorov, la viola de Lois Martin y el chelo de David Eggar arrullan el canturreo y el contrabajo de Spalding. Pero ese es sólo el principio. Como en esas cajas chinas que encajan unas en otras, siempre hay espacio para sorprenderse con cada cambio de clima. Así, se puede pasar del aire telúrico/jazzero de "Chacarera", compuesta por Genovese, a una arrolladoramente tanguera versión de "Wild Is The Wind", que inmortalizó Nina Simone, pasando por la bossa nova aggiornada en "Inutil Paisagem", de Jobim, o la cálida "Apple Blossom", que entonan Spalding y Milton Nascimento como si se conocieran de toda la vida.
Es para celebrar que la Academia de Grabación de Artes y Ciencias, habitualmente conservadora y pendiente de la lógica del mercado norteamericano, haya distinguido a la artista de jazz que menos ortodoxia en el género muestra y cuya obra quiebra un paradigma musical tan asociado con el aburrimiento. En síntesis, y con un pedido de disculpas por tanta obviedad, por suerte hay una Esperanza para el jazz contemporáneo.
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