La TV frente al espejo
Cada vez que la TV quiere observarse a sí misma no encuentra las imágenes nítidas y precisas que cabe esperar de cualquier espejo razonablemente bien calibrado.
Lejos de tal propósito, el reflejo que devuelve la pantalla en circunstancias como éstas se parece mucho a esos retratos grotescos que aparecen en las galerías de espejos de algunos parques de diversiones. Al mirarse en ellos sólo surgen distorsiones y deformidades.
Por falta de costumbre o por la escasa voluntad de sus protagonistas, los momentos de auténtica introspección o de real autocrítica han sido escasos, y los ejemplos que tiene la programación actual parecen apuntar en esta dirección, son apenas borradores o expresiones tan parciales como limitadas de una asignatura que el medio tiene pendiente desde hace largo tiempo.
No parecen ser hoy los programas dedicados a ventilar algunas de las miserias de nuestra TV, como "Perdona nuestros pecados" o "Caiga quien caiga" los vehículos más adecuados para salvar este déficit. Más allá de la capacidad de observación de lo que ocurre cada día o de algún apunte sagaz emitido con tono inequívocamente burlón, hay en estos ciclos una tendencia a la autoindulgencia (algunos de los destinatarios de los comentarios más agudos se prenden enseguida a la broma, con una actitud muy consciente) que los lleva a perder profundidad y capacidad crítica.
Mucho menos intentos como "Yo amo a la TV", en la que la saludable intención de bucear en el interior de los éxitos de la pantalla y exigir de sus protagonistas más rigor choca con una propuesta que, a menudo, privilegia la frivolidad y se rinde a la tentación del chisme, ese mecanismo que reduce la realidad sólo a aquello que puede ser tratado en forma escandalosa.
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El jueves último, durante las dos horas de "Hora clave", el programa que conduce Mariano Grondona, la TV perdió una oportunidad muy valiosapara revisar por lo menos algunos de los daños que sufre su muy castigada anatomía. Lo que en un principio se pensó como una suerte de examen de conciencia que la gente de la televisión se decidía a hacer públicamente, se convirtió en un poco edificante desfile de palabras y de gestos que (en palabras de Horacio de Dios, durante una de las pocas intervenciones felices del programa) en vez de autocrítica resultaron apenas de autodefensa.
La puesta en escena del programa sugería más de un escenario propicio para abordar lo que Grondona llamó "juicio a la TV". El programa se abrió con una compilación de imágenes llenas de insultos grosísimos, presencias excéntricas, debates crudos sobre travestismo o sexo grupal y hasta escenas de un aborto. Todo extraído de programas emitidos entre el mediodía y la tarde.
En el estudio, una tribuna con público se disponía a ametrallar con preguntas y quejas a un panel de conductores integrado en su gran parte por personajes (Lía Salgado, Jorge Pizarro, Samuel Gelblung, Lucho Avilés) que defienden este modelo televisivo repleto de frases e imágenes de impacto directo y casi siempre gratuito.
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Curiosamente, el programa durante su transcurso se fue convirtiendo en la representación de algunas de las cosas que se proponía cuestionar. Lo que se había anunciado como debate con todas las de la ley se transformó muy rápidamente en un remedo de los denostados talk shows vespertinos entre reproches cruzados, gente que hablaba al mismo tiempo y acusaciones de tono personal que provocaban la inmediata réplica del damnificado.
En el camino quedaron señales que pudieron abrir ámbitos de discusión atrayentes. Nadie, por ejemplo, siguió a Raúl Portal cuando planteó que los chicos, en general, ven TV sin compañía. Nadie se preguntó cuáles son los ejes que rigen la programación de los canales cuando Lía Salgado admitió que, por hablar de sexo a la hora de la merienda, eligió privilegiar el rating al contenido. Nadie recogió el guante arrojado por Avilés cuando dijo que el marco legal que rige el funcionamiento de la TV es autoritario y caduco, pero sólo se refirió despectivamente a algo que debería contemplar cualquier instancia normativa, como la protección horaria a los menores.
No es fácil acotar cualquier debate alrededor de los problemas de la tele. Se trata de un medio tan complejo, masivo y multifacético que expresa a cada momento tantas caras como perfiles tiene la sociedad. Pero si no se acota y orienta el debate hacia alguna dirección que permita vislumbrar un horizonte, es inevitable la caída en el esquema antagónico e irreductible en el que cayó "Hora clave".
Por un lado, los que justifican que se muestre cualquier cosa en TV porque la realidad es tan dura, compleja, imperfecta y llena de perversiones que hay que mostrarlas con pelos y señales y, por el otro, los que, frente a esa postura, reclaman con la misma intensidad regulaciones y restricciones cada vez más fuertes.
Cuestiones fundamentales como el buen gusto, el ingenio o la creatividad fueron casi soslayadas por la pantalla en el fallido debate del jueves. Como si ya estuviéramos acostumbrados a que somos todo el tiempo como en esas imágenes distorsionadas del espejo en el que se refleja diariamente la TV.
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