La vida como una novela

Moira Soto
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13 de marzo de 2016  

Los milagros / Libro y dirección: Agostina Luz López / Intérpretes: Martina Juncadella, Carla Fonseca, Ernestina Ruggero / Vestuario: Sofía Berakha / Iluminación: Jorge Ferro / Escenografía: Mariana Tirantte / Sala 3 del Cultural San Martín / Funciones: viernes, sábados y domingos, a las 21 / Duración: 50 minutos / Nuestra opinión: muy buena

En casi toda familia que se precie suele haber una cuota de mitología que remite al pasado -cercano o lejano- de algunos de sus integrantes: esa es una de las vertientes que encuentra cauce y justificación en esta obra que se centra en las complejidades de la relación madre e hija (adolescente), dándole participación a la abuela (materna), y a un personaje ambiguo que avanza como un cuerpo extraño y desestabilizador, a partir de su amistad con la chica (Martina).

La joven dramaturga y directora Agostina López, que ya había explorado el vínculo entre un padre y sus dos hijas en La laguna, encuentra ahora una creativa formulación teatral que evita la consabida presentación de familia disfuncional. Por el contrario, López genera otros espacios escénicos y, en consecuencia, un recorrido distinto de sus personajes que actúan, interactúan, se desplazan en el afuera y el adentro de una casa con sus ambientes claramente delimitados y sobriamente amueblados. Un plano o una idea de casa que Mariana Tirantte ha concebido con admirable síntesis, incluso quebrando ciertas convenciones escenográficas: el sofá del living da la espalda a la platea, porque enfrente está el televisor que cumple un rol necesario para perfilar las figuras de hija, madre y abuela, tan propensas a exagerar con tintes dramáticos algunos hechos de la vida. Es así como en pantalla se ven escenas de una telenovela de cuidada factura que está protagonizada por la propia actriz protagonista, Martina Juncadella, caracterizada y con acento mexicano, haciendo simultáneamente de la niña rica y la niña pobre. Un juego con el tema del doble, muy presente en la obra (la hija que se asemeja a la madre y quiere despegarse de ese parecido; la amiga entrometida presente en el escenario y en la imagen grabada que se ve en el televisor, que ya no pasa una novela sino que se incorpora a lo que está sucediendo en los tramos finales).

López trabaja con un formato de escenas sucesivas que se van engarzando según asociaciones libres de la narradora y actuante (Martina) quien, cerca del cierre, es usurpada en su papel de cuasi demiurga por la forastera que, con algo de vampiro, se desliza primero subrepticia, luego descarada, tratando de seducir, de sembrar discordia. Y, simbólicamente, intentando devorar a esa familia matrilineal en el shockeante momento de la sandía atacada a dentelladas, chorreando ese jugo rojizo sobre su remera.

Aunque hay pase de facturas de la hija a la madre y circula una violencia implícita en los reclamos, lo cierto es que la sangre nunca llega al río porque el texto -sin apelar a psicologismos- propone a una progenitora que no es posesiva, que no se victimiza. Para aligerar tensiones en este mecanismo de muñecas rusas imbricadas, allí está la abuela, indulgente y benévola, ella también con sus novelerías.

Las luces siguen a los personajes, los destacan en los distintos planos y especialmente en determinadas situaciones de gran impacto físico: el citado ataque a la sandía, el baile del trío femenino familia, la rotura de los ladrillos por parte de Martina -la chica en transición que busca separase de la madre-, la hiperrealista panza de embarazada que la adolescente se calza, como probando una posible futura maternidad.

Un cuarteto de intérpretes que armoniza diferencias encarna con mucho acierto los respectivos personajes gracias a la diafanidad de Martina Juncadella, la gravedad sin concesiones de Carla Fonseca, la gracia deliciosa de Ernestina Ruggero, el inquietante desenfado de Laila Maitz.

Por: Moira Soto

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