
Los sobrevivientes empiezan a recuperar su voz, perdida entre los alaridos de los padres.
1 minuto de lectura'
La muerte de todos esos chicos –el dolor interminable de todos esos padres– es lo peor que dejó aquella noche, pero de ninguna manera es lo único. Ocultos muchas veces bajo el grito desesperado de los padres, los sobrevivientes de Cromañón van abriéndose camino entre la memoria negra del humo, los amigos y amores que ya no están, y la culpa de haber sobrevivido a los amigos y a los amores que ya no están. Una pregunta los cruza a todos: ¿te quedaste afuera o volviste a entrar? Los sobrevivientes de Cromañón encuentran su modo de revisarse, moralmente, que remite de algún modo a la tragedia generacional de los militantes de los 70, reeditando la culpa de los quedaron vivos ante aquellos que fueron chupados, desaparecidos.
En lo generacional, vale la pena tomar nota. Curiosamente o no, toda la legislación posterior al incendio ha sido represiva, contra ese conjunto un poco difuso y a la vez dinámico que podríamos llamar "los jóvenes": para ponerse un arito, en la provincia de Buenos Aires hay que ir con papá, y papá tiene que traer a su escribano. En Mar del Plata, las autoridades sanitarias hicieron su mejor esfuerzo para prohibir las fiestas electrónicas. Los proyectos de educación sexual en la acalorada Legislatura porteña siguen bien guardados. Tal vez con ellos se podría combatir el flagelo de la maternidad adolescente. Tal vez con menos madres adolescentes haya menos necesidad de ir con los chicos a los conciertos de rock.
Tres historias de las casi tres mil que hay para contar. La de Marcelo Santillán, que revoleó todas las trompadas que hizo falta para llegar hasta la puerta. Marcelo que le metió el codo en la cara a uno, que pateó a otro y que así se salvó. Hoy, cuando marcha con los padres, cuando mira las fotos que los padres se cuelgan del cuello, no puede evitar pensar si uno de esos hijos no habrá sufrido su codo en la cara, el manotazo ahogado de su puño, si él, de algún modo, no los habrá matado. La de Andrés Borderes, que estuvo seis meses jurando que sí, que se volvió a meter, que tuvo los huevos para entrar y sacar de ahí a Guido, su mejor amigo. A todos les dijo que hizo lo que él sabe que Guido habría hecho. Guido del Canto murió en Cromañón. Andrés tuvo miedo y no se lo bancó. Nunca entró a sacar a nadie: se siente mejor desde que puede decir la verdad. Y la de Florencia Noriega, que entró de la mano de su novio, Julián Rozengardt. Ella salió. El, no. Hoy formó La Murga de los Sobrevivientes. Y extraña a Julián. Lo extraña tanto, dice, que se siente más familiar que sobreviviente. Los tres, además, alcanzados por la novedad del retorno de Callejeros. A Marcelo le parece una provocación que se vuelvan a subir a un escenario. Haría cualquier cosa por impedirlo. A Florencia, no, pero tampoco cree que sea el momento de volver a tocar. Andrés quisiera poder ir a verlos. Tres historias de las casi tres mil, y la herida Cromañón ahí, desde hace quince meses, siempre ahí.
Marcelo Santillán (27)
Ya son casi las diez de la noche y Marcelo, detrás de la valla, en la puerta de América TV, sigue saltando y puteándose con los fans de Callejeros que vinieron a hacerle el aguante a Pato Fontanet. Adentro, contestando las preguntas de Majul, quietito en los cortes, escuchando al Diego hablar de su salud y su bienestar, Fontanet despliega su defensa. Afuera, Marcelo se pregunta: "¿Vos podés creer que estos hijos de puta vuelvan a tocar?". Después, Marcelo va a volver a su casa, que ocupa toda la esquina de Eva Perón y Monteagudo, en José C. Paz. Abajo está la panadería de la que vive la familia. Arriba, humildona, la piecita donde Marcelo se encierra a componer o simplemente se encierra. Llegó a tocar con Karamelo Santo y hasta grabó un disco con su banda. En eso estaba, buscando su camino de rock y barrio, cuando le pasó lo que le pasó.
Era una noche de esas con planes y salida. En la cancha de Excursionistas tocaba la banda esa y los pibes iban a ir. Pero cayó un amigo y el plan de rock concert se transformó en un asado en casa. "Dejémoslo para más adelante", dijeron. Más adelante terminó siendo Cromañón. "Un amigo me pagó los diez pesos de la entrada porque yo andaba corto de filo", recuerda Marcelo. Con el aguante monetario asegurado, arrancó para el Once. "Mirá que mañana tenemos que cocinar pan dulce, volvé temprano", le dijo su viejo. Iba por la 202 y vio un choque. Se cagó un poco y se puso el cinturón. Una vez adentro, se fue al pogo, adelante de todo, ahí cerquita del escenario. En ese lugar lo encontró el humo que bajó del techo. "Pegué para salir. Pateé, metí codos en la cara, de pronto me caí. Cuando volví a abrir los ojos, arriba estaba el cielo. Alguien debe haberme sacado de ahí", dice.
–¿Cómo fue después?
–Le hice un tacle a un amigo que quería entrar. Los pibes se querían quedar y yo les dije que nos fuéramos. Me agarró el egoísmo. Un pibe decía: "Ahora ponen el escenario afuera y siguen tocando". Casi lo cago a trompadas.
–¿No llamaste a tu casa?
–Llamé para hablar con mi vieja, quería llorarle a ella, pero me atendió mi hermana, y no me quiso pasar para no asustarla. "¡Dame con mamá, nena!", le gritaba yo. Y ella, nada. Ahí dije: "Ya fue".
–¿Y los días siguientes?
–Lo dejé todo ahí, para mí ya había pasado. Dos semanas después, mi novia me dice de ir a bailar. Fuimos a Ryu, en ruta 8, San Miguel. En la puerta había un montón de gente. De pronto me empecé a acordar. Entramos, miro para el fondo, veo dos luces y me quedo. Fui a ver, creyendo que era un jardín, y eran los baños. Entonces me empecé a sentir mal, me agarró un ataque y me fui, me fui a la mierda, loco, empujando a la gente. El de la puerta me dice: "Mirá que si salís…". Dijo "salís" y yo ya estaba en la esquina. Esa noche no me pude explicar qué me pasaba. Una semana más tarde un amigo me invita a ver un Boca-San Lorenzo. En el quilombo de la gente me descompuse. Salimos y justo en la puerta había familiares de víctimas de Cromañón. Me acerqué, les conté que yo había estado y uno me pregunta: "¿Cuánto tiempo estuviste escupiendo negro?". "Dos semanas", le dije. Ahí pensé por primera vez que todo no había terminado.
–¿Qué hiciste?
–Fui a una psicóloga.
–¿Qué le dijiste?
–Le dije: "Tengo un problema, no puedo llorar". Le conté lo del teléfono, le dije que me hubiera gustado hablar con mi vieja en ese momento, que mi hermana no me había querido pasar. La psicóloga me preguntó: "¿Y qué le hubieras dicho?". Ahí me largué a llorar como un loco.
–¿Qué fue lo más duro?
–Lo más duro vino después, cuando empecé a marchar y empecé a conocer a los padres. Todo el tiempo les pedía perdón por haberle pegado a algunos de sus hijos para poder salir.
–¿Te arrepentiste?
–Durante mucho tiempo me resultó insoportable la idea de no haber vuelto a entrar. Hoy lo voy comprendiendo un poco más, pero de todas maneras siempre voy a saber que si yo viví es porque otros murieron. De a poco voy aprendiendo a perdonarme, pero la culpa de estar vivo no sé si alguna vez me la voy a sacar de encima.
–¿Tus amigos de esa noche?
–Ya no los volví a ver.
Después de un año, algunos sobrevivientes van comprendiendo que no se trata de sacarse Cromañón de encima, sino de aprender a vivir con él. Les llevó un tiempo –a Marcelo y a tantos otros– saber que la vida ya no sería la misma vida. Las opciones, igualmente, siguen siendo muchas. Dice Marcelo que en un tiempo quería salir y no podía. Dice que iba a un telo, prendía la tele y en vez del canal porno se colgaba viendo una marcha de sobrevivientes por TN. Dice, también, que va a morirse pensando en Cromañón. "Es cierto que uno sigue teniendo opciones", explica Marcelo y agrega: "Me dijeron que alejarme de todo le iba a hacer bien a mi terapia. Que dejara de ir a las marchas para poder reestablecerme del todo, pero yo pienso que esa noche, me escapé. Fui un egoísta y me escapé. Ahora puedo elegir no volver a escaparme. Por eso siempre me vas a tener ahí, con los padres, con los sobrevivientes. Ya no me escapo más".
Andres Borderes (17)
Andres, Nico, Juan y Guido se hacian llamar los Masters. No es que todo Avellaneda los llamara por ese nombre, pero entre ellos, entre ellos y algunos más, la marca funcionaba. Master Andrés y Master Guido vivían pegados, en todo sentido. Sus casas sobre la calle Brandsen están, siguen estando, una a cada lado de la medianera. Sus vidas, de algún modo, también. Amigos de todo el tiempo todos los días, ambos con padres amigos de los padres del otro, vecinos pegados que compartían cuadra y comidas.
Desde hacía tiempo el rock tiraba de ellos. En la casa de Andrés, en el cuarto del desnivel que da a la calle, hay dos guitarras, un amplificador, algunos micrófonos desarmados, una computadora. Ahí intentaban covers de La 25, Callejeros, sobre todo de Callejeros. Seguían a la banda de Fontanet todo lo que sus padres y la plata que les daban sus padres se lo permitían. Fueron al primer Cromañón y allí mismo consiguieron las entradas para el último. De Juan y Nico no sabemos, pero Andrés y Guido estaban juntos en el pogo cuando se encendió el infierno. "No sé bien cómo hice para salir. Creo que caminé pegadito a la barra del costado, adelante alguien me abría el paso. Llegué afuera y lo vi a Nicolás, que me hizo acordar de que Guido era asmático. Me había olvidado por completo que Guido era asmático."
Andrés caminó la puerta de Cromañón con la misma desorientación de todos los que recién venían de esquivar la muerte, recién. Hubo algunos llamados, padres que llegaban, amigos que aparecían, amigos que no. Guido no estaba por ningún lado, hasta que de pronto estuvo. "Lo vi tirado en el piso, a la vuelta de Cromañón, creo que murió ahí."
–¿Qué hiciste entonces?
–No pude seguir mirándolo.
Que las dos casas, las dos familias, toda esa esquina de ese barrio parezca intacta para el que pasa es una fachada mentirosa del dolor. Tan parecido todo, y tan ferozmente distinto. Andrés lleva todo este tiempo viendo cómo se hace para vivir con eso que pasó. Pensó que nunca iba a averiguar nada, pero con el correr de los meses van apareciendo algunas respuestas.
–Seguís viviendo al lado de la casa de Guido…
–Sí, eso de la cercanía es medio tremendo.
–¿Qué te inventaste para seguir adelante?
–Cada vez que vuelvo a mi casa paso delante de la casa de Guido y le doy una palmadita a la pared. "¿Todo bien?" Le digo. Es como saludarlo a él.
–¿Qué fue lo más duro?
–Me da mucha bronca no haber vuelto a entrar. Me tendría que haber metido, Guido por mí lo habría hecho, se habría metido en cualquier lado por mí y yo no fui capaz de ir a buscarlo. De hecho, al principio dije que entré: le dije a la gente, a mis viejos, que entré a buscarlo; pero era mentira, nunca entré.
–¿Por qué mentiste?
–No me lo banqué.
–¿Hablaste con los papás de Guido?
–Nunca.
–Viven acá al lado, tal vez estén ahora…
–Sí, todavía vienen a casa, la madre sobre todo, a veces me lo cruzo al papá en la cuadra, pero no me sale nada. "Hola, qué tal, ¿todo bien?" Y enseguida me voy para mi cuarto.
–O sea que nunca volviste a la casa de Guido.
–No. Una vez, habían pasado tres meses de Cromañón, fui a llevarles la bici que Guido se había dejado en mi casa. Me abrió el papá y sentí por un segundo el olor de esa casa, que era el olor de Guido… me mató. Y me fui enseguida.
–¿Pensaste alguna vez en hablarles?
–Sí, pero la verdad es que no me animo. No me animo a encarar a los padres y decirles: "Siento mucho lo que pasó, no saben cómo extraño a Guido".
En el cuarto de Andrés hay algunos banderines de Arsenal de Sarandí, la lengua de La 25, el logo de Callejeros, de Pier, de Patricio Rey, y también el nombre de Guido. "Guido por 100pre", dice, tan teen la construcción, sobre el corcho que cubre la pared. Ahí nomás hay una foto de los dos. En ese lugar estudia. Ahí o en la salita de abajo, donde están los instrumentos. Se llevó ocho materias el año que fue el año del después. De todos modos, no piensa renunciar a su naturaleza de chico que espera rock, rock del palo, rock del barrio. Callejeros vuelve a los escenarios y, para muchos (padres ni hablar; sobrevivientes, bastantes) es una mala noticia. Para Andrés, no, hasta que algo le demuestre lo contrario. "El músico toca y nada más. Es el mánager el que tiene la responsabilidad, en todo caso."
–¿Te gustaría ir a verlos?
–Me encantaría.
–¿Tus viejos te dejarían?
–Ni a ganchos. Ya me dijeron que no una vuelta que se rumoreó que tocaban por el sur. Les rogué y les rogué por favor, pero mi viejo me dijo que estaba fuera de discusión.
–Te parece bien, entonces, la vuelta de la banda.
–Sí. Son inocentes hasta que se demuestre lo contrario.
Andrés sube con Vera para hacer las fotos, y Nery, la mamá, me trae una café. Paseamos por la casa, que tiene cancha de paddle y pileta. El estudio del papá está lleno de literatura clásica y después de un rato volvemos a la salita de abajo. "Cromañón, cuánta muerte, qué terrible, qué dolor…", hablamos con fórmulas sin riesgo hasta que Nery me dice: "Los chicos entraron de nuevo, ¿podés creer que este loco se haya vuelto a meter?".
Florencia Noriega (20)
Florencia y Julian se fueron al baño de McDonald’s antes de entrar. "Al imperialismo le usamos los baños, pero nada más", dice Florencia, que está un poquito ideologizada. En la puerta, sobre Bartolomé Mitre, la gente era un derrame, y los dos, enamorados desde hacía año y dos meses, muy de la mano, se colaron. Adentro, buscaron el primer piso para ver mejor. Entre amigos de uno y amigas de la otra se fueron ubicando, pero sin soltarse. Así se quedaron todo lo que pudieron. Cuando la marea de gente se los llevó puestos, cayeron por la escalera y ya no volvieron a verse. Julián Rozengardt murió. Florencia estuvo trece días internada. "El día 14 ya estaba marchando", dice.
–¿Cuándo empieza el después?
–No hay después, después es nunca. Ya estamos en 2006 y yo todavía me pregunto cuándo fue que empezó 2005. ¿Hubo un año 2005? Mirá vos.
–¿Qué fue lo más duro?
–Lo más duro fue y sigue siendo vivir sin Julián.
–La mayoría está cruzada por la culpa de seguir vivo ¿Vos también?
–Yo también.
Florencia cree, entre las muchas cosas que cree, que la militancia es el camino. Cromañón la tumbó, pero marchar, hacer cosas, la volvió a levantar. "Si no me levanto para hacer activismo en algo relacionado con Cromañón, no me levanto." Ese "hacer cosas" lo podemos traducir, básicamente, en una murga: La Murga de los Sobrevivientes, un proyecto que incluye un doble filo entre la celebración festiva del estandarte y el redoblante, pero en el marco de la memoria de la tragedia. Otra manera de conjurar la culpa. "Yo no me banco estar acá y que él no esté. No le encuentro ninguna justicia al hecho de estar yo acá ahora con vos, contestando una entrevista, y que Juli esté muerto."
Florencia era cajera de Coto cuando el mundo se le vino encima. No pudo volver, ni a ese trabajo ni a ningún otro. Estuvo atendiendo un tiempo el negocio de una amiga, allá por agosto, pero, como ha dicho, sólo arranca para ir a la marcha, a la murga, a lo que ella creer que es dar su batalla.
La muerte de Julián jaquea, de algún modo, su entidad de sobreviviente. Lo es, quién podría dudarlo, pero también es familiar, si es que ya hay familia entre dos que se aman. "Me cuesta asumir la palabra sobreviviente, es un estigma, porque la gente te pone en el lugar de que somos los boludos que prendimos las bengalas, unos dragones… mucha gente habla así porque no quiere quedar atrapada en el dolor y se escapa. Yo me salvé, soy una sobreviviente, pero más importante que las secuelas, que los traumas, que en definitiva los problemas de la supervivencia, es el dolor de no tenerlo más a él."
–¿Cómo se vive con eso?
–No lo sé. Yo siento que voy a ser la novia de Julián para siempre, él es mi novio, yo soy su novia. No digo ciegamente: "No, nunca más con nadie", pero si llega a aparece alguien va a tener que saber de mi amor eterno por Julián, el amor de mi vida.
La vuelta de Callejeros dejó a Florencia a mitad de camino de muchas cosas: de sus amigos fans, de los sobrevivientes indignados, de ella misma y su posición.
–Desde mi punto de vista personal, no me parece que tengan que volver a tocar, porque sería jugar un poco con todo. No digo que tengan que desaparecer, pero quizá no sea el momento.
–¿Hay un momento?
–Tal vez después del juicio penal, donde quedará demostrado si tuvieron responsabilidad o no. Tal vez ahí. Me gusta que de a poco ellos van asumiendo su responsabilidad. Por otro lado, sinceramente es complicado, no sé hasta dónde van a poder volver de verdad.
–Algunos quieren prohibirlos.
–No, no me parece, pero creo que tendrían que esperar.
–¿Irías a verlos?
–Mirá, yo pagué por un recital que nunca dieron y del que casi no salgo, así que si van a tocar tendrían que hacerlo gratis.
–¿Saliste de Cromañón alguna vez?
–Luchar es haber salido.
1
2En fotos: de Lady Gaga y Sabrina Carpenter a Nicki Nicole, los looks de la alfombra roja de los Grammy 2026
- 3
Apto para todo público: el fin de un sistema obsoleto, que promovió la burocracia y las arbitrariedades en el cine
4Fabiana García Lago: de crecer en una familia de artistas al proyecto que la hizo “perderse un poco” y su historia de amor de 26 años



