
Las mil caras de Facundo Cabral
1 minuto de lectura'
Actuaciones del guitarrista, cantor y humorista Facundo Cabral. En La Trastienda.
Nuestra opinión: muy bueno.
La canción es apenas un pretexto -a veces, la rúbrica- de un discurso interminable donde Facundo Cabral desgrana reflexiones y humoradas a granel. La estampa de Cabral se instala entre la del trovador que muestra los signos de su pródiga inventiva y el juglar encargado de divertir.
Varias facetas exhibe este empedernido, infatigable trotamundos que, tras recoger mil experiencias, vuelve hoy decidido a tomarse un definitivo descanso en su país.
Desde el carpe diem de las Odas del poeta Horacio (que nos recuerdan que la vida es corta y que debemos apresurarnos a gozarla) hasta el "corrige las costumbres riendo" (máxima del poeta francés Santeul), el sermón de Cabral viene a sembrar con su discurso una caótica doctrina que se mueve entre el puro hedonismo y la búsqueda de la virtud, acercándose a veces a la elocuencia sagrada, es decir a la homilía dominical. Quizá es por eso mismo que sus oyentes forman algo así como una adicta feligresía.
En su regreso a los escenarios porteños Cabral puede empezar con su recuerdo predilecto de María Félix (con la conjetural suposición de que entre su auditorio hay alguien que sabe de quién se trata) para conjugarlo con el del hoy ídolo futbolero Javier Saviola. Ir del pintor Antonio Berni a "Pichuco" Troilo ("que era como un Buda exiliado"), pasar por la "ciudad de Astor" o referir la anécdota del poeta al que la torpeza ha confinado en el Borda.
Luego llegarán los dichos de su abuela y el sempiterno perfil de Sara, la mamá; el autorretrato del adolescente frágil y tímido, un viaje por Rusia en el tren Transiberiano donde se topa con algunos proverbios, el pueblo gobernado por un dictador converso y sus directivas humanitarias, alusiones a los niños, a la soledad, a los sueños, al sexo débil ("si la tenés que cuidar tanto, todavía no es tu mujer"); cavilaciones de Laura Esquivel, dichos de San Agustín, gitanos en Sevilla, paseos por la India milenaria; el amor ("que nunca muere, sólo cambia de lugar"), otra vez Jesús y Judas, el mal ("que se destruye a sí mismo"), los malos y los buenos, el zapatero y el mendigo, el Sermón de la Montaña y las buenas nuevas de Cristo a sus discípulos, máximas atribuidas a Diógenes ("no es rico el que más tiene sino el que menos necesita), Francisco de Asís, las chicas de Luis Miguel, los Mandamientos y las Bienaventuranzas, el ministro de Economía y el Fondo Monetario, etcétera.
Mordacidad, ingenio, ironía
Su galería de personajes es interminable. Su dialéctica del humor, también. Todo llega a borbotones, por lo que sus fábulas de encuentros reales o ficticios con la Madre Teresa de Calcuta o con un viejito en la mexicana Chiguagua se tornan a veces inasibles. Pero siempre lo quimérico, lo imaginario y lo ilusorio se dan la mano. En lo quimérico cabe la poesía de muchos de sus apuntes; por lo imaginario nos lleva de la mano hacia el arte del narrador; en lo ilusorio nos regala la esperanza de soñar, nos encamina al placer y a lo risueño.
El espíritu de Cabral siempre parece gozoso. Jamás arrebatado o rabioso, como los actuales pastores electrónicos. Sus citas no son ni sonoras ni solemnes ni patéticas ni interjectivas. A veces nos parece un delirante, un magnífico mentiroso. Pero es su ingenio el que regala, con cierta socarronería, la mordacidad y la ironía. El ingenio -dice Barcia- es un genio en los detalles, en los pormenores; un genio industrioso, casi mecánico; la maña del genio. Porque el genio crea; el ingenio combina. Y es esa combinación de pensamientos y ocurrencias la que siempre encuentra sabrosos epílogos, cuya rúbrica es su famoso: ¡Sí señor!
Sus sentencias siempre llevan el oxígeno de la alegría y toda su maquinaria apunta al Evangelio de la felicidad. Precisamente la palabra felicidad acude como leitmotiv de su charla, que es como una conversación anecdótica, liviana, llena de colorido, con su público, al que sabe entretener y dejarle enseñanzas.
El espíritu burlón de Cabral es más heredero del iconoclasta Brassens y del lúdico Borges popular que de su amado y exaltado Walt Whitman. Lo dice el tono de su voz. Tono más de confidencia, de gracioso apunte dicho al oído. Lo dice su escueta mímica, que no es ni la del orador ni la del actor que gesticula.
Cabral, finalmente, canta. Canta sobre ritmos pampeanos, eludiendo la milonga y recurriendo a la cifra. Canta con voz timbrada y un vibrato que ha agudizado el paso de los años. La guitarra es suficiente como para recalcar el peso del verbo. Verbo convertido en aforismos que son signo de inteligencia. Inteligencia que se hace notoria como gozosa contrapartida de tanto chiste barato y estúpido de la televisión idiotizante.
El juglar se despide con "Vuele bajo" y "No soy de aquí ni soy de allá", sus marcas en el orillo. En un poco más de una hora, Cabral derrochó esa felicidad del auténtico humor.
1
2Cómo vivió Mirtha Legrand las horas previas a su cumpleaños: un reencuentro, un detalle en la vajilla y un premio
3Robbie Williams regresa a la Argentina después de 20 años con un show en el Movistar Arena: cómo conseguir las entradas
4Rating: una imprevista eliminación recalentó la noche de última chance de Masterchef



