
A 10 años de su muerte, queda muy poco de lo que fue el gran imperio del capo de Medellín. Se pueden acreditar edificaciones confiscadas, terrenos saqueados, una tumba con flores y la devoción de un puñado de familias
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1. Pueblito viejo
Los que más lloraron ese dos de diciembre de 1993 con la noticia de la muerte del capo del narcotráfico fueron los habitantes del barrio Pablo Escobar, en pleno corazón de Medellín. Este asentamiento de 430 casas, la mayor obra de beneficencia del llamado Robin Hood paisa, fue la única herencia que les dejó a sus más fieles seguidores.
Esas viviendas de teja y ladrillo sólo son un pedazo de una comunidad de 10.000 habitantes de estrato uno –el más pobre de la ciudad–, que tiene tres farmacias, un centro médico, cuatro supermercados, un asilo de ancianos, 19 guarderías y una casa de cultura. Aún hacen falta una discoteca, una estación de policía, una tarima para grandes eventos y los títulos de propiedad.
La historia comenzó hace veinte años, en una de las visitas que hizo Escobar al basurero de Moravia, en Medellín. En medio de los cartones, del lodo, de una ronda de gallinazos y de toda suerte de hedores, el entonces político y creciente empresario de la cocaína, les prometió a los habitantes del vertedero sacarlos de la miseria con casas de 75 metros cuadrados, muebles, mercado y servicios públicos. El "mecenazgo" sólo alcanzó para levantar algunas casas en la ladera de un cerro, pues las autoridades empezaron a hostigarlo luego del asesinato del ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla.
Días antes, el benefactor les había alquilado siete buses para que soñaran despiertos y pisaran sus nuevos hogares, a tan sólo diez minutos del centro de la ciudad. Pero al enterarse de que los soldados estaban rodeando la futura vecindad, ordenó a las familias que se mudaran con lo que tenían puesto y lo invadieran a la medianoche.
Así nació una zona donde nunca ha sido pecado clavar en la pared retratos de Pablo y doña Hermilda Gaviria, su madre, quien se encargó luego de lotear sin papeles los terrenos faltantes. Tampoco fue un insulto dar las gracias o pedir favores al Niño Jesús de Atocha, ahora ubicado en la calle principal donde se reúnen a conversar varios jóvenes a los que poco o nada les ha importado el mural en la avenida que dice: "No dispares".
La leyenda de la llegada del santo del Atocha la cuenta la única profesora, que gana 150.000 pesos mensuales y da clases en la que fue la primera finca de Pablo. "Doña Hermilda era muy devota de ese santico. Me contó que una vez la salvó de un atentado, pues no la descubrieron y desde ahí le tiene mucha fe. El santo se lo regaló el «Mexicano» (Gonzalo Rodríguez Gacha, otro conocido narcotraficante), pues era amante de las cosas mexicanas". Lo que no cuenta es que el niño milagroso es el preferido de los narcos de Tijuana y de Juárez por sus lucrativos favores, y que también es adorado por las mafias sicilianas.
Por cierto, en el barrio de Pablo la imagen de este niño siempre estuvo en la cabecera de su iglesia de ladrillo, que hoy muestra varios orificios, las cicatrices de una época de pistolas. La iglesia estuvo cerrada en sus primeros años por orden expresa del cardenal Alfonso López Trujillo. "Decían que la capilla era producto de dineros calientes, y yo les replicaba que la solución era simple: había que enfriar los dineros. Así que hacíamos las misas en la calle, al aire libre o en los corredores de la escuela", recuerda una devota.
Parece que finalmente los dineros se enfriaron, porque la curia la abrió en 1992, callada y sin mucha prensa, cuando el barrio ya estaba consolidado. Pero el niño de yeso, que se quebró en diciembre de 2001, fue reemplazado de inmediato por San Simón el Apóstol y el Corazón de Jesús, y el original fue a dar a la avenida. El nuevo párroco justifica la sustitución de los santos en la casa de Dios: "Saqué toda esa bobada. Ellos estaban venerando imágenes equivocadas. Me da berraquera cuando visito enfermos y encuentro a Pablo colgado en la pared", remata.
Doña Irene no comprende la ira del padre, pues su familia fue de las pioneras en la toma nocturna del barrio, y asegura que todavía hay muchas casas donde veneran a Pablo. "El día que escuchamos las noticias de su muerte, dijimos que se había ido el verdadero padre de los pobres de Medellín", recalca su esposo Francisco, quien asistió con todo su linaje al funeral del capo. Para ese entonces, el "padre de los pobres" había ordenado el asesinato de centenares de dirigentes políticos, jueces, magistrados, oficiales de la Policía y el Ejército, exsocios, escamantes y había iniciado una campaña macabra en la que ofrecía mil dólares por policía muerto en las calles de Medellín.
2. El príncipe de Mónaco
Pablo no sólo evoca recuerdos entre los pobres de Medellín, sino que también sus huellas se pasean por las partes prósperas de la ciudad. En la elegante zona de El Poblado, por ejemplo, todavía se levantan los ocho pisos del Mónaco, un edificio blanco que fue su mansión y su centro de operaciones cuando todavía caminaba tranquilo por las calles de su ciudad.
Con un costo aproximado de 6.000 millones de pesos, según el periódico antioqueño El Colombiano, su propietario sólo pudo disfrutarlo ocho meses. En la madrugada del 13 de enero de 1988 un carro bomba que destrozó la fachada del edificio y mató a dos vigilantes, dejó al descubierto la guerra entre Escobar y Gilberto Rodríguez y José Santacruz (cabecillas del Cartel de Cali). Pablo se salvó de milagro, gracias a la seguridad de su penthouse de 1.600 metros cuadrados, donde vivía con su familia y algunos de sus lugartenientes. Desde entonces su hija Manuela sufre de sordera en un oído.
El atentado sirvió para poner fin a su anhelo de pertenecer a la clase alta y para que la ciudad supiera que en el Mónaco había gordos de Botero, varios Picassos, grifos de oro y una colección de autos clásicos empolvados en el sótano. También se enteraron de que el edificio era una costosa burla a los vecinos oligarcas del Club Campestre, que tiempo atrás le habían negado el estatus de socio. Por último, fue evidente el poder del capo: el edificio no existía en los planos del Catastro municipal, como si allí sólo hubiera un lote baldío, y sin embargo tenía, obviamente, todos los servicios públicos y se elevaba ocho pisos sobre el suelo.
Hoy todavía existe el Mónaco. Aún están la piscina y su quiosco, que sirve para los chapuzones domingueros de 200 empleados de la Fiscalía de Medellín, inquilinos del Mónaco desde hace tres años. La cancha multiusos y el gimnasio los aprovechan los funcionarios en sus horas de ocio. De la caja fuerte quedan las manillas, pero ahora no hay tesoros ni fajos de dólares, sino un arrume de expedientes de años de trabajo.
Donde quedaba su dormitorio se encuentra ahora el escritorio desordenado de Manuel Darío Aristízabal, director de la Fiscalía de Medellín. Todos los días sube en uno de los dos ascensores y maneja desde el último piso los hilos de una entidad que en tiempos pasados persiguió la sombra del decimotercer hombre más rico del planeta, según la edición de Forbes de 1987. Al lado de la oficina quedaba el inmenso baño de Pablo, que hoy sólo mantiene las paredes de mármol, pero que se dividió en cuatro cubículos.
La terraza, del tamaño de una pista de patinaje, donde el Patrón hacía sus fiestas, tiene también vista al Club Campestre y, al otro lado, según Aristizábal, "en un edificio de la Alpujarra era donde estaban los fiscales especiales. Dicen que Pablo los miraba con un telescopio y los mandaba a matar". Pero advierte que de esos tiempos sólo quedan los malos recuerdos.
3. Safari en Nápoles
En el apogeo de su gloria, el Patrón buscó una finca aislada para maniobrar su empresa, y la encontró a tres horas de Medellín, cerca de Doradal, en la orilla antioqueña del Magdalena Medio. La bautizó como Hacienda Nápoles, en honor a sus ídolos de la camorra italiana y El Padrino, su película de culto. Como muestra de su poder, clavó en la entrada de la hacienda, sobre un arco de piedra pintado de azul y blanco, la avioneta que supuestamente llevó su primer cargamento de cocaína a Estados Unidos. Más tarde, cuando cayó Escobar, la avioneta fue derribada como señal de que su reinado había acabado.
En los primeros cuatro kilómetros de la propiedad, Pablo hizo una especie de pradera de safari con casi 2.000 animales salvajes, entre tigres, leones, canguros, búfalos y flamencos. Para que resistieran el calor les construyó siete lagunas artificiales y convirtió su finca en un zoológico donde los carros paseaban entre el paisaje de sabana africana. Y para los niños, se adelantó a Spielberg y montó un parque jurásico con dinosaurios de concreto de veinte metros. Hoy, en todo este entorno, pastan tranquilas 250 vacas cebú que no saben en realidad quiénes son sus verdaderos dueños: todavía la justicia no descifra si pertenecen al Estado o a la familia Escobar, que vive en Buenos Aires bajo otro nombre.
De esas 3.000 hectáreas sólo quedan las ruinas y diez hipopótamos, que por su tamaño no han podido ser trasladados a algún zoológico de Pereira, Manizales o Cali. Viven a sus anchas en el lodo tropical y apenas cae el sol, la manada sale a pastar a las lomas del antiguo safari. Los demás animales murieron de hambre, excepto unos cuantos que ahora viven en jaulas en zoológicos estatales.
Junto a los hipopótamos viven varias familias de desplazados que ocuparon algunas cabañas del feudo. "Nosotros no somos los dueños ni mucho menos. El dueño se murió y tiene herederos. Por eso queremos una solución", reclama Adelina, una madre de tres niños que llegó a la hacienda hace seis años, gracias a un programa oficial impulsado por el entonces presidente Ernesto Samper.
Más adentro están los dominios privados del capo, donde quedaba su mansión principal, la pista de aterrizaje, la plaza de toros y los parqueaderos de todos sus juguetes motorizados. En la casa de Pablo sólo hay escombros. Ni la piscina ni la cancha de tenis se salvaron de la aplanadora. Se parece a la desolación de Kabul o Bagdad. La codicia se manifiesta en los cuartos rasguñados, donde las picotas escarbaron para buscar tesoros escondidos.
A veces se divisan parejas que llegan en motos todoterreno y se esconden en una de las 40 habitaciones convertidas en improvisados moteles. Pero para llegar al nido tienen que sortear una ruinosa pista de aterrizaje de 1,5 kilómetros y palmeras, que recibió a insignes personajes, como al Rasputín peruano Vladimiro Montesinos. Al otro lado de la mansión están los parqueaderos, donde reposan un carro agujereado de un gánster (supuestamente de Al Capone, aunque eso también es leyenda), una lancha envuelta en lona, una moto acuática, y sobrevive otra familia de desplazados del Chocó. "No nos dejan plantar nada, y nos quieren echar de aquí. Pero de todas formas tenemos unos palos de fruta y platanito, gallinas y pavos", dice la señora Ana, la actual "dueña" de casa.
4. Silencio en la Catedral
En su guerra frontal contra el Estado, Pablo solía decir que prefería una tumba en Colombia que una cárcel en Estados Unidos. Antes de que eso ocurriera, Escobar optó por una vía más amable y se sometió a la justicia colombiana, eso sí, con la condición de que la cárcel fuera un Centro de Recuperación de drogadictos llamado La Catedral que él convirtió en un búnker que controlaba por completo, de 30.000 metros cuadrados, cancha de fútbol, panorámica a Medellín cuando la neblina lo permitía, sala de juegos y una casa de muñecas para su hija.
Incluso el terreno para la cárcel, en las alturas de Envigado, que lo compró un testaferro y lo donó al municipio, fue obra de Escobar. En junio de 1991 Pablo y sus secuaces se mudaron a lo que fue su hogar durante seis años, "una hacienda de cinco estrellas con todo tipo de lujos, instalaciones deportivas y facilidades para fiestas", como lo describe García Márquez en Noticia de un secuestro.
De esa jaula no queda nada. Hoy los trozos de concreto que quedan de pie, camuflados entre eucaliptos y pinos, forman parte del parque natural Valle de la miel, un lugar para caminar o simplemente la meta de decididos ciclistas que salen desde el centro de Envigado. En sus alrededores se venden lotes de descanso a 70 millones de pesos y todos recuerdan el paso en falso del Patrón, pero no los tiros de gracia que les propinó a sus socios Fernando Galeano y Gerardo Moncada el 4 de julio de 1992.
Arriba, en el techo del presidio, queda la cancha de fútbol, donde dos arcos de palo resisten su abandono. Parecen aferrados a los 13 meses y tres días de gloria de la cárcel de La Catedral. En esa época el Patrón organizó un torneo relámpago de fútbol para celebrar a la patrona de los reclusos, la Virgen de las Mercedes. Asistieron las figuras estelares del Independiente Medellín y del Atlético Nacional. Pablo jugó como siempre de centrodelantero, y su mayor adversario fue el portero René Higuita, quien no pudo hacer el escorpión ni tampoco atajar los disparos del goleador más temido de todos los tiempos.
Escobar se escapó de la cárcel a mediados de 1992, una noche en que el Gobierno había tomado la decisión de trasladarlo a la Cuarta Brigada en Medellín, al mismo tiempo que se expandió el rumor de que había tesoros enterrados en la prisión. No tardaron en llegar los intrusos a escarbar hasta el último ladrillo de la finca, ayudados por los habitantes del cercano barrio El Salado, en Envigado, que arrasaron con las tuberías, los baños, las baldosas y otros materiales para levantar sus propias casas. "No dejaron ni las cañerías. Hasta el poste de la energía se lo llevaron", recuerda Wilson, el cuidador.
5. La tumba en Colombia
"Vea, si ese man estuviera enterrado aquí, la tumba sería de oro. Con toda esa plata que ganó, no puede haber muerto así". La estela de desconfianza la siembra un estudiante del colegio de Itagüí que, por estos días de noviembre camina con varios compañeros por el valle de los acostados, el cementerio Jardines de Sacromonte, donde están sepultados la mayoría de los narcos y sicarios más temidos de los años noventa.
El mito sobre la muerte y resurrección del hombre que llegó a tener una fortuna de 3.500 millones de dólares, todavía ronda en el lugar. Los chicos se estacionan frente a un modesto sepulcro de mármol gris con la lápida de Pablo Escobar Gaviria y conversan largo rato con el hombre. Ellos comparan esa sepultura con otros nichos solitarios y de flores marchitas, y sonríen. Recuerdan que "antes", en la época de la bonanza, los festejos fúnebres tenían otra alcurnia. Las veladas del último adiós venían con cajones de 20.000 dólares, tumbas con equipos de sonido, mariachis, epitafios luminosos, licor en abundancia y leyendas grabadas en mármol.
Eran otros tiempos. Y quizá el desplome de la ostentación ha marcado el ánimo de la familia Escobar. Luz Arteaga, cuñada de Pablo y representante del clan, procura hoy que los arreglos de la tumba del capo no destellen el asomo del inmenso poder que algún día tuvo en sus manos. Ni siquiera este 2 de diciembre, en el décimo aniversario de los tres proyectiles que atravesaron su cuerpo tras ser descubierto, descalzo y con jeans, en un segundo piso de una caleta de Medellín.
Más bien el acontecimiento tendrá cara de reconciliación: "Señor, haznos instrumento de tu paz" dirá una leyenda que reposará al lado de la placa, en medio de laureles puestos para la ocasión, un renovado césped de golf y varios arreglos florales. Todo por un costo de 500.000 pesos que le pagaron al paisajista Diego Betancur, encargado de pulir el trozo de tierra. "Me llamó (Luz Arteaga) y me dijo de frente que necesitaba un arreglo para el aniversario de Pablo. ¿Quiere hacerlo? ¿Cuánto cuesta? Y yo pensé que si no lo hago yo, lo hace otro. Así es esa gente".
A la fosa que comparte con su padre, y muy cerca de su primo Gustavo Gaviria, llegan cientos de mirones. Los sepultureros cuentan que algunos curiosos simplemente anotan los números del día de su muerte (2-93) y juegan a la lotería. "Y ojo pues, que han ganado varias veces".
Ese dos de diciembre de 1993 los policías y las autoridades también estuvieron de suerte y destaparon champaña, porque pensaron que habían exterminado para siempre las nefastas costumbres de Pablo.
Pero en realidad, los hábitos de Escobar Gaviria no han desaparecido de la geografía colombiana. En Medellín, por ejemplo, los números dicen que 4.000 paisas mueren cada año por culpa de la violencia y de los ajustes de cuentas. Con menos ruido y pólvora, el negocio de la cocaína se mueve casi con la misma regularidad y dedicación de antaño, hoy controlado por pequeños carteles del Norte del Valle, las Autodefensas y las Farc. Y aunque ya más camuflada, la cultura del dinero fácil permanece vigente, sobre todo en las barriadas sin educación.
Por algo será que algunos lugareños de Envigado quieren transformar los restos de La Catedral en un nuevo Alcatraz; y que en Puerto Triunfo, muchos sueñan con la loca idea de convertir a la hacienda Nápoles en un museo abierto, tal como lo hizo Chicago con la herencia de Al Capone. Por lo menos ya existe el carro.






