
Lejos de caer en una mirada piadosa
Piel marcada / Libro: Lucía Steimberg / Interpretación: Lucía Steimberg, Alejandra Marino / Iluminación: Pablo Rojas / Dirección: Alejandra Marino / Sala: El Camarín de las Musas (Mario Bravo 960) / Funciones: jueves, a las 21 / Duración: 45 minutos./ Nuestra opinión: buena
El espacio comienza casi vacío, hay un perchero y dos fuentones. Ese lugar despoblado y de posibilidades infinitas con el correr de la trama se irá volviendo cada vez más opresivo. El movimiento se limitará a medida que la protagonista, Elena (Steimberg), está apresada por su propia historia. Hay algo muy logrado en convertir en metáfora visual esa imposibilidad de avance que tiene el personaje, arrastrar los fuentones o ir perdiendo ropa, tiene la virtud de ser literal y simbólica. Piel marcada genera un ambiente de ensoñación con muy pocos elementos, donde los vínculos entre causas y efectos no buscan cerrar, donde los límites entre lo real y lo imaginado son difusos, donde la única certeza es la marca imborrable del abuso que sufrió Elena. Ella reconoce al público, busca empatizar con él. Pero, a medida que la obra avanza, su dolorosa vida la va alejando, como si entendiese que su camino y sus decisiones tienen algo intransferible y que ella debe cargar con sus estigmas.
La presencia de un segundo personaje, la mirada intensa de una mujer sentada, sus eventuales intervenciones, pueden resultar desconcertantes, pero su impavidez interpela por otro lado, ¿por qué mira casi sin intervenir? ¿Por qué hasta censura a la víctima o colabora regando su opresión? En ese personaje parece haber también algo de todos. La marcación de la actriz y la repetición de los gestos vuelven algo reiterativas sus palabras y pueden llegar a hacerlas perder fuerza, más que nada en la primera mitad de la breve pieza, pero su compromiso consigue llevar a buen puerto un texto difícil y de alta exposición. La iluminación se encarga de fijar los focos de intensidades. En un espacio en el que hay mucho que llenar, lo lumínico se vuelve un necesario partenaire.
Si bien Piel marcada habla de la violación de una niña y de la venganza en la que incurre años más tarde, el texto muestra su mayor valentía al alejarse de la mirada piadosa. Steimberg no parece buscar el cómodo golpe bajo, sino que se permite problematizar allí donde molesta. No le falta humor ácido capaz de generar risas incómodas. Y es esa incomodidad uno de sus mayores méritos, porque, al alejarse de lo obvio, Steimberg hace que duela de nuevo la historia, busca la identificación por fuera del lugar común de la condena retórica. Esa lucha legítimamente ganada que hace que casi nadie avale, al menos en forma demasiado explícita, la violencia de género necesita estar acompañada no sólo por decisiones políticas concretas, sino por una dimensión estética que permita, también, comprender por otros medios. Piel marcada consigue, con su dolor y su humor, esa tarea.
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