
Liliana Herrero y un estreno por partida doble
Su CD inaugura el sello de Fito Páez.
1 minuto de lectura'
"Este disco tiene una buena estrella", dice esperanzada Liliana Herrero, antes de tomar el primer sorbo de mate de la tarde.
Juega con la tapa de su nuevo trabajo, "Recuerdos de provincia", que está recién salido del horno y fue editado por Circo Beat, el flamante sello de Fito Páez, que continuará con la edición de producciones discográficas de Paul Medina (ex Superchango), Anita Alvarez Toledo (coreuta de su banda) y la segunda ópera del compositor Gerardo Gandini. Pero fue el disco de Herrero, la cantante entrerriana, el que inauguró el sello del rosarino.
En la foto principal se puede ver un horizonte recortado por el río Uruguay y el nombre del disco y la cantante, que aparecen como juncos debajo del agua, con un arte casi minimalista. Ese paisaje describe la serenidad que Liliana Herrero muestra por fuera y el revoltoso río de ideas que la recorren por dentro y que desbordan cuando pone el flamante disco en su equipo.
Atenta, vuelve a escuchar una a una las catorce canciones, que grabó junto al trío de Diego Rolón (guitarras), Luis Volcoff (voces, teclados y bajo) y Facundo Guevara (percusión) y muchos músicos invitados.
Entre tema y tema, la cantante va colando definiciones que la muestran de cuerpo entero: "Este es un disco donde está la Argentina de los últimos años, con sus complejidades, su sencillez y festividad".
El nuevo trabajo es un torbellino de sonoridades, que se debaten entre ritmos, antiguas melodías, clásicos del cancionero folklórico, ambientes climáticos y versiones provocadoras, que arman todo un mapa de sensaciones musicales.
El tema que abre el disco, "Chayita del vidalero", invita a la ruptura tribal que propone la acentuada marcación de los tambores batá y se conjuga con la densidad de los versos finales de "Vidala de la copla", que Herrero golpea con su voz agrietada y disonante, como una caja bagualera.
El ascendente tempo de la placa baja abruptamente. Liliana elige una canción del Cuchi Leguizamón, "Y me debes creer", como toda una declaración de principios. "Fue un tema que el Cuchi me pasó hace tiempo. Uno escucha esto y se da cuenta de que está adelantado a todo. Igual me animó a intentar mi versión, porque así funciono. No es una postura contestataria, sino un homenaje a estos compositores, que dejan la puerta abierta de sus canciones para que uno las visite de nuevo."
Termina de decir eso y empieza a sonar el piano de Nora Sarmoria, inquietante en esta versión de "recámara". Thelonious Monk parece iluminar a la pianista y el aire de la canción. La voz de Herrero trae la zamba desde más abajo. Cuando el tema termina la cantante exclama: "¡El Cuchi es del 2001!".
Los climas cambiarán una vez y otra. La memoria afila los recuerdos del terruño en el tema "A San Javier", donde la cantora se hamaca sobre un rumor litoraleño que pulsa el acordeón del Chango Spasiuk.
Con "Zamba del imaginero", de Leguizamón y Tejada Gómez, la cantora evoca su lugar de trinchera en los años sesenta. En "Milonga triste", corre este clásico de su lugar más criollo para ubicarlo en el registro contemporáneo del piano de Gerardo Gandini, la más lograda del disco; y en "Señora chichera", un anónimo boliviano, los tambores son una celebración del ritmo.
"Dedicatoria" es una visión del terrible paso de la última dictadura militar. Otra vez aparece su visión de la Argentina: "Este es un tema de Carmen Baliero que lo elegí porque habla todo el tiempo de los desaparecidos sin nombrarlos. Y eso me pareció muy fuerte; por eso también la invité para que ella tocara el piano en el tema".
Eclecticismo
Nada se puede prever de antemano en el disco. Siguen la "Chacarera santiagueña", recopilada, arreglada y tocada por el Chango Farías Gómez", con una cadencia reggae; "Remolinos", una cueca "evasiva"; "Vidala de Lucho", bluseada y comprometida; "Canción del jangadero", con una irresistible juventud; "Pueblito, mi pueblo", de Carlos Guastavino, entre lo académico y lo popular; "Cinco siglos igual", con un sonido eléctrico menos más amable, y "Toda mi vida entera", una canción que Páez le regaló para su cumpleaños. El disco termina y Liliana Herrero muestra cara de satisfecha. Desde esta nueva producción, reafirma su propio dogma: interrogar el presente musical "manejado por el mercado, reivindicarme como folklorista, ahora más que nunca, y pensar la Argentina como dimensión de patria".
Lo expresa a través de este grupo de canciones que buscan pelea, debate o reconciliación, para quien esté dispuesto a escucharla.






