
Liszt, Wagner y Katharina, ¡toda una historia!
Fue en 1840 cuando se conocieron en París, Liszt (1811) y Wagner (1813). Por entonces este último, un desconocido en la Ciudad Luz, sólo veía en el pianista húngaro a un virtuoso que nada tenía en común con sus propios conceptos artísticos. En 1845 se encontraron en Berlín, donde el autor de Rienzi y El holandés errante , ya bastante más afirmado como creador, le solicita a aquel una contribución en efectivo para la erección de un monumento a Weber en la ciudad de Dresde. Es ahí, al borde del Elba, donde se inicia la amistad que habría de unir en lo sucesivo a ambos compositores. Pero será sobre todo Liszt quien demuestre ser un verdadero amigo, al abrirle desde su sede en Weimar el camino hacia la libertad, puesta en serio riesgo por sus ideas revolucionarias. Desde entonces, Wagner debe a Liszt la libertad y el porvenir. Y también las líneas maestras de su futuro estilo de composición. "Cuando descubrí las armonías de Liszt, salí convertido en otro hombre". Palabras más, palabras menos, pudo reconocer el valor descomunal de las reformas del lenguaje sonoro del artista húngaro.
Otro capítulo, de los muchos en la vida de Wagner, tiene que ver con su casamiento, tras el fracaso de su unión con Minna Planer, con Cosima, a quien había conocido en 1853, en París, cuando Liszt le presenta a sus hijas de 18 y 15 años. Esta última, Cosima, será la protagonista de un drama en varios actos que culmina con su casamiento con Wagner. De esa pasión nace su hijo Sigfrido (1869) y de la unión de éste con Winifred Williams, Wieland y Wolfgang, llamados a convertirse, a la muerte de su madre, en los herederos de Bayreuth, el gran templo wagneriano.
Esto significa que Katharina Wagner, una de las responsables directas del legado wagneriano, a quien conoceremos mañana, según se anuncia, en nuestro Colón, es entonces tataranieta de Liszt, bisnieta de Wagner, nieta de Siefried e hija de Wolfgang. Toda una genealogía capaz de asustar al más pintado. Pero Katharina, con quien la periodista Cecilia Scalisi acaba de aproximarnos en la revista dominical de La Nacion, lejos de ello, es una Wagner-Liszt hecha y derecha, dueña de un empuje digno de este siglo XXI. Porque quien se atreve a fundir la Tetralogía, convirtiéndola en un único espectáculo, debe ser de una audacia digna de Sigfrido ante el dragón. Es claro que habría que saber qué corta y qué deja, esperando que no sea ni un solo compás de los formidables pasajes sinfónicos puros que nos legó su bisabuelo.
Un amigo mío, compositor de prestigio, me confesó una vez que tenía terror de las viudas de sus colegas. "Son capaces de cualquier cosa", me dijo. Claro, como somos país joven, nunca se le ocurrió llevar sus temores a las bisnietas y tataranietas... Volveremos con el tema.






