
"Living" o la investigación en escena
Para el director Ciro Zorzoli, la obra es una especie de comedia cuyos personajes están pisando muertos
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"Living, último paisaje" comienza con un código preciso: el de las películas de la etapa del cine de oro nacional. Comedias livianas, teléfonos blancos, livings de casas de una clase media que se dirigía al paraíso constituyen el paisaje. Un cine que pintó una época de nuestro país cuando, como suele decirse, la Casa de Moneda estaba llena de lingotes de oro. En fin, tiempos de bonanzas y certezas.
Hábilmente, el director del trabajo, Ciro Zorzoli, agrega una sucesión de escenas cortas del informativo cinematográfico "Sucesos argentinos" de esa época. Así, los actores, con el mismo tono de voz que aquel noticiero, anuncian la visita de la diva italiana Gina Lollobrigida a Chapadmalal o hablan de las actividades de la Fundación Eva Perón. Y como remate de toda situación, la risa que va fundiendo una escena con otra.
Pero, poco a poco, los textos y el ritmo van desarticulándose y desestructuran la esencia de un tiempo liviano. La rueda de ese fluir se traba, se paraliza y comienza un inquietante cambio de rumbo. Lentamente, aflora una historia más truculenta. Historias que "saltan" de aquella filmografía de los años 40 y 50, dominada por los films Mirtha Legrand, a la terrible realidad de nuestro país durante la última dictadura militar.
Del sofá a la picana
Así, la inocencia de "Sucesos argentinos" se transforma en un comunicado de la Junta Militar informando de bajas o subversivos muertos en acción. U otros textos de la Conquista al Desierto o la matanza de Ezeiza, pero que, inevitablemente, remiten a una época nefasta de nuestro país.
Y semejante cruce termina con una escena de fortísimo contenido: uno de los personajes, siempre en el tono de las comedias blandas colmadas de risitas cómplices, cuenta cómo lo torturaban. El efecto es desconcertante, contundente. Una extraña poética del terror. Con todos estos elementos en juego, "Living..."se convierte en un trabajo que expone interesantes y sugestivos ribetes. Por un lado, es una vuelta de tuerca sobre el teatro político-testimonial. Pero, como viene ocurriendo con los nuevos dramaturgos, no hay moraleja final. O sea, no hay que tomar nota de nada. A lo sumo, dejarse llevar por este entrecruzamiento entre una Argentina vestida de cóctel y ese mismo país sumergido en el terror.
Por otra parte, la obra es toda una investigación sobre nuevos lenguajes escénicos, sobre sus "tonos" y la manera de decir un texto. Apartado de toda forma realista, el director, junto al coreógrafo Carlos Trunsky (encargado del trabajo corporal), logra lo mejor de cada uno de los actores.
En la pieza no hay protagonistas: se impone el sólido trabajo de los doce intérpretes, que funcionan como un preciso mecanismo de engranaje de entradas y salidas, reiteraciones y hasta actuaciones corales de una gran precisión.
Con todas estas virtudes a cuestas, "Living..." se convierte en uno de esos "sanos" trabajos del off que, fuera de las luces del centro, merece toda la atención.




