
Llega Misia, la esfinge del nuevo fado
La cantante, que junto con Madredeus lidera la canción portuguesa de los noventa, actuará el 24 y el 25 en esta capital.
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PARIS.- La palabra fado proviene del latín "fatum" (destino). No en vano Lisboa es la cuna de este género que desparrama en sus canciones saudade , tristeza y fatalismo. La capital portuguesa, con sus lomas, su castillo, el mar que se confunde con el Tajo, lleva adherida en las piedras de sus edificios la pátina de otros tiempos. Los tiempos de la gloria perdida, cuando Portugal era, junto a España, una potencia marítima.
Misia, que se presentará el 24 y el 25 del actual en la sala Casacuberta del Teatro San Martín, es la figura clave de este género que resurgió en los años noventa con ímpetu renovado después de que el tiempo lo hubiera desgastado lenta e inexorablemente.
Hija de padre portugués y madre catalana, Misia cambió a los veinte años la norteña Porto por Barcelona y ese exilio voluntario la nutrió de las más diversas influencias que más tarde, ya de retorno en Portugal , incorporaría en su música y en sus recitales, de estética refinada y teatral.
Misia cultiva la imagen de mujer hierática, una esfinge que sólo revela su acertijo sobre escena. Así la muestra la sugestiva tapa de "Garras dos sentidos", su impecable e implacable último disco donde acompañada por guitarras, piano y cuerdas, desgrana y se desgarra en letras tan perfectas como "Estatua falsa", de Mario Sá-Carneiro, rarezas como un poema de José Saramago o las dos versiones del "Fado do retorno", de Lidia Jorge.
"Me gusta crear una imagen de atemporalidad, así que sólo voy a decir que no soy una artista de la nueva generación", dirá en su perfecto castellano y riéndose a carcajadas cuando, en el último tramo de la entrevista, se le pregunta la edad. De fondo se escucha a los músicos que ensayan melodías, mientras la cantante habla con una generosidad que desmiente el divismo tan temido. En sólo tres días partirá hacia Japón -uno de sus escenarios predilectos, donde ya actuó ocho veces-, escala previa al debut porteño.
-¿Cómo explica la resurrección del fado hoy?
-Después de la "revolución de los claveles" (N. de la R.: que terminó, en 1974, con 45 años de dictadura salazarista), el fado habia caído en el desprestigio. La mayoría de la gente asociaba el género con el tipo de canciones que se cantaba en los años cincuenta, un fado que enaltecía la pobreza y que era una consecuencia directa del clima político de la época. Eso hizo que mucha gente se olvidara de que antes habían existido, por ejemplo, fados anarquistas, y otras variantes. En una palabra, se había transformado en sinónimo de conformismo, de miseria. Cuando yo empecé mi carrera, hace diez años, todavía estaba hundido en ese desprestigio cultural. Cuando decidí que quería cantar, todo el mundo me desaconsejaba que me dedicara al fado. Hoy hay una nueva generación de intérpretes y el auge de la World Music también ha ayudado a darle impulso en el mundo.
-¿No le resulta extraña la etiqueta de World Music para el fado?
-Es cierto: el fado está más emparentado con el tango, con el blues urbano. Son músicas que pertenecen a una familia especial, aparte, más sofisticada, quizá. Como el tango, también pasó por distintas etapas. Tuvo orígenes más o menos suburbanos, después se fue moviendo hacia el centro y hasta llegó a ser adoptado en un momento por las elites. El desarrollo es distinto, pero estos géneros siempre han estado ligados a la ciudad. De hecho a ciudades muy concretas: en el fado, Lisboa; en el tango, Buenos Aires. No tienen nada que ver con las músicas étnicas, que es lo que suele entenderse por World Music, pero me parece comprensible que para facilitar la tarea al público se generalice un poco.
-Se la señaló como la punta de lanza de la renovación. ¿Cuáles son las virtudes del fado actual?
-No me gusta hablar de novedad. Prefiero decir que es el fado que acompaña a los nuevos tiempos. Así como existe un nuevo tango, hay también un fado nuevo. Si se producen cambios es por una cuestión de necesidad.
-¿Qué opina de compañeros de ruta como Madredeus o Bevinda?
-Antes de volver a mi país, siempre estuve poco informada sobre lo que ocurría en Lisboa. Cuando llegué no existía una idea de movimiento, y eso persiste hoy. No somos lo que fue el movimiento tropicalista en Brasil. Hacemos trabajos completamente solitarios y cada uno tiene su inspiración particular. Madredeus tiene un estilo e influencias propias, muy distintos al mío. Bevinda también tiene las suyas particulares, muy relacionado con la región de la que proviene.
-Algunos críticos llegaron a señalar influencias del teatro No japonés en sus recitales...
(Se ríe) -Bueno, es una lectura que hacen algunos... quizá porque conocen mi fascinación por Japón. Como cultivo una imagen muy particular, tengo un tinte de piel muy blanca, me muevo poco, me han dicho de todo. Desde que juego con la imagen de las actrices de cine mudo hasta esto del teatro No. En mis shows hay una contención, un minimalismo muy intenso, y por eso surgen muchas interpretaciones.
-¿Cuál es el fin último de este artificio?
-Se trata de que el cuerpo hable, de que logre un exorcismo del dolor. A mí me gusta relacionar los recitales de fado con los misterios de Grecia, con la tragedias. El ambiente es otra forma de crear expresión y me parece que esa dimensión es importantísima en un recital. Puede ser que los intérpretes que me gustan no tengan una voz perfecta, pero sí tienen que expresar algo sobre la escena.
-Sabemos de su admiración por Edith Piaf. ¿Qué otros cantantes la inspiran en su trabajo?
-La mayoría son mujeres, pero también algunos hombres. Maria Bethania, Barbara, Juliette Greco, Susana Rinaldi... La última vez que di una serie de recitales en el Olympia de París canté un tango que me encanta cómo lo interpreta ella: "Los mareados".
-Nombró sólo mujeres...
-También podría citar a Leo Ferré, a Charles Aznavour...
-Lo preguntaba por una frase contundente que lanzó alguna vez: "Las voces femeninas suelen expresar mejor los sentimientos que las de los hombres porque no tienen miedo de gritar"...
-Las mujeres no cantan mejor, sino que expresan mejor el dolor. Quizá porque las mujeres, desde niñas, somos las que lloramos... Si uno mira el pasado son las grandes heroínas las que lloran. Y, desde los orígenes del mundo, las plañideras en los funerales son siempre mujeres. Esto, que no es casual, posee una carga muy fuerte. Tengo el más grande de los respetos por el dolor de los hombres, pero tal vez porque les enseñan a reprimir el llanto no son un vehículo ideal, como nuestra voz, para transmitir los grandes ciclos de la vida.
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