
Los fantasmas ganaron la partida
Divididos y Las Pelotas tocaron por separado; la reunión esperada no se dio.
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MONTEVIDEO.- El sábado, la fiesta que iba a ser no fue. Las expectativas que se habían generado eran muchas. Todos, y en especial los casi mil argentinos que viajaron hasta Uruguay, esperaban más. Por primera vez Divididos yLas Pelotas, las dos bandas que surgieron de la disolución de Sumo, tras la muerte de Luca, compartían cartel en este par de recitales. Luego de esperar diez años se especulaba con que todos los músicos que habían formado parte de aquella banda clave del rock argentino, terminaran el show tocando juntos.
Este deseo no se apoyaba en la nada. Los músicos habían deslizado en entrevistas dadas con anterioridad que, "si había onda", todo podía suceder. El empresario uruguyuayo que organizó el encuentro había invitado, además, a Andrea Prodan (hermano de Luca) y a los otros dos ex Sumo, Roberto Pettinato y Alberto "Superman" Troglio. Para completar el cuadro, ese día, 17 de mayo, era el cumpleaños de Luca. Todos los elementos estaban dados. Faltó la onda.
Eso fue justamente lo que dijo Ricardo Mollo, frente a un auditorio que no podía creer como el festejo se hacía agua. Ya habían actuado las dos bandas uruguayas que abrieron la tarde. Luego Las Pelotas hicieron lo suyo: arrancaron con "Orugas" y en un muy buen set de una hora y, frente a un auditorio que los estaba descubriendo, cerraron con "Hola qué tal" y "Shine".
Pasadas las ocho apareció Divididos y su rock demoledor. "Day Tripper" y "Qué ves" fueron momentos de remanso antes de arrancar a toda furia con la segunda parte de "El arriero", seguido de "Cielito lindo", "Cuadros colgados" y "Ala Delta".
Todos estaban a la expectativa cuando el trío se retiró del escenario. Faltaban los bises, y cualquier seguidor medianamente frecuente de la banda sabe que el cierre de sus recitales es con el medley de Sumo. Tanto que, cuando en el cierre del Festival Alternativo les cortaron el sonido y no pudieron hacerlo, en ese preciso punto arrancaron en su presentación siguiente, en el ciclo Buenos Aires Vivo.
La gente suponía entonces que ahí comenzaría lo esperado, en especial por los argentinos que cruzaron el río. Para todos el asunto sonaba casi natural: al trío se sumarían los otros músicos. En cambio, aparecieron Ricardo Mollo y Alejandro Sokol. "Hoy, no se dio", dijo el primero. "Es un día muy especial y está muy acá", dijo el segundo, tocándose el corazón y aludiendo, claro, a Luca.
Momento de decepción
Frustración general entre el público y corridas y exhortaciones en el backstage. Diego Arnedo, completamente desinteresado de la propuesta, se retiró del lugar. Ricardo Mollo, al que se suponía más entusiasmado con la idea, terminó yendóse. "Diego dijo que no y comenzaron a presionarlo. Esto era algo que se daba si había onda, no bajo presión", explicaba al otro día.
Quedaba el público. Que no estaba, por el momento, dispuesto a irse. Apareció entonces Andrea Prodan en el escenario y, casi arrodillado frente al público dijo: "Se da la casualidad que hoy era el fucking cumpleaños y no lo vamos a dejar pasar. Vamos a hacer una fucking canción que ustedes conocen fucking bien: «Heroine»".
Y allí estaban, los que decidieron quedarse y darle al público aunque sea una parte de lo que habían soñado. Andrea en voz, Germán Daffunchio en guitarra, Alejandro Sokol en batería, Roberto Pettinato en saxo y, a falta de otros, Gabriela Martínez en bajo y Tomás Sussmann en guitarra.
"¿Quieren más?", preguntó el cantante para largar con "El ojo blindado" (uno de los temas que, justamente, integra el medley de Divididos) y "White Trash". Un final rockeramente caótico: Andrea tiró pies de micrófono por el aire y cerró el asunto vaciando sobre su cabeza y la de Daffunchio una botella de agua.
"Lo hacemos por ustedes", dijo Germán esa noche y seguía repitiendo al día siguiente. Esa era la tranquilidad del grupo: haber estado cuando eran llamados. Cumplir con ese plus que, aunque no fue todo lo esperado, sirvió al menos de broche final para el público que, simplemente, quería más música.
La desconcentración fue vacilante, muchos seguían esperando que algo más sucediera. ¿Habría sido satisfecho ese público de alguna manera? ¿O lo que esperaban ver era algo que nunca hubiera podido suceder? Un encuentro hubiera sido interesante, pero ¿cuánto habría agregado el bajo de Arnedo y la guitarra de Mollo? En cuestiones de recuerdos, mitos y fantasmas, las medidas siempre son intangibles. Tanto que ni siquiera fue necesario, desde el escenario, mencionar el nombre de Luca, tan grande era su presencia fantasmal.
Algunos pensarán que el diablo metió la cola, otros, tal vez que, a diferencia del triunfo de Deep Blue frente a Kasparov, esta vez el factor humano desbarató la maquinaria que un empresario uruguayo había intentado armar.
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