
Los ideales no pagan
"El saludador", de Roberto Cossa. Intérpretes: Hugo Arana, María Cristina Laurenz y Gerardo Serre. Música: Jorge Valcarcel. Iluminación: Tito Egurza y Miguel Morales. Vestuario: Daniela Taiana. Escenografía: Tito Egurza. Puesta en escena: Daniel Marcove y Roberto Cossa. Dirección: Daniel Marcove. Duración: 74 minutos. En el Teatro San Martín. Nuestra opinión: bueno.
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Una vez más Roberto Cossa vuelve a demostrar su maestría en la creación de personajes que son atípicos, casi irreales, pero totalmente reconocibles.
Así como sucedió con los personajes de la Nona, de "La Nona"; Carlitos, de "El viejo criado", y la contadora de finales de novelas, de "Viejos conocidos", Tito Cossa vuelve a sorprender gratamente con este hombre, apodado "El saludador", un idealista, un luchador de causas perdidas, un ingenuo benefactor, un ecologista, en fin, un humanista que pierde en esas luchas parte de su cuerpo, pero no sus creencias, aunque la humanidad ya las haya perdido.
Este "saludador" condensa la ingenuidad de alguien que no claudica ante la adversidad, la ternura de un hombre necesitado de afectos, la bonhomía de un ser puro que se mantiene fiel a sus ideales.
Claro que, a costa de todo esto, se priva de su vida familiar y aquí empieza la obra, al presentar a una mujer que debe afrontar sola la supervivencia y la crianza de su único hijo, mientras su marido corre por todo el mundo detrás de cualquier causa que lo conmocione.
Mujeres mediocres
Nuevamente, Cossa vuelve a insistir en un tipo de mujer sacrificada, limitada, simple, inserta en un entorno de vacíos y mediocridades, atada a un esquema hogareño como único objetivo de vida. Curiosamente, los personajes femeninos que elabora siempre están dentro de esta categoría y nunca resultan ser las triunfadoras.
Es así que Marucha tiene por única finalidad en la vida tratar de que su hijo consiga, en primer lugar, un trabajo y, luego, aumentos de sueldo y ascensos. Y con esta preocupación pasa la mayor parte del tiempo, lucubrando estrategias, inculcando a su hijo clases de comportamiento humano para los tiempos que corren ("Hay que se ambiguo", dice refiriéndose a la forma de expresarse) y dudando acerca de la conveniencia de un nuevo matrimonio.
La única alteración de esta rutina es precisamente la llegada del marido, cada vez con una extremidad menos, que viene, cuenta sus andanzas, reclama cariño, para ser, literalmente, expulsado por su esposa y su hijo.
Finalmente, la situación se revierte y es aquí donde el autor vuelve a subestimar a la pobre mujer, al presentarla, después de todo lo que ha padecido, contenta con la posibilidad de tener un hombre en la cama, que si bien ahora luce los cuatro miembros amputados, todavía cuenta con su capacidad sexual íntegra.
Al público
El conflicto, pequeño, se diluye bajo el ingenioso diálogo del protagonista que, sin escapar de su temática ideológica, se vuelca naturalmente hacia el humor sin buscar la resolución fácil. También hay mucho de ingenio y humor en los parlamentos de la mujer, para los cuales el autor crea el recurso de dirigirse abiertamente al público, como si éste fuera el confidente de sus penas, para justificar los saltos temporales.
Ni qué decir del sólido trabajo de María Cristina Laurenz, bien contenida, escapando del melodrama y sosteniendo la situación con un toque de ironía que deriva en el humor.
Sería difícil, después de haberlo visto, encontrar otro actor que pueda elaborar la cuerda emotiva con la carga de ternura e ingenuidad que le imprime Hugo Arana a su personaje.
Finalmente, un apropiado Gerardo Serre, en el papel del hijo, que viene a cerrar el triángulo de buenas actuaciones.
La puesta de Daniel Marcove y el autor es correcta, con una escenografía más decorativa que dramática y atenta solamente a las exigencias del texto. Pero, por el esquema de la obra que, siendo realista, escapa hacia situaciones absurdas, casi se hacía necesario un vuelo más creativo.
Para Dragún
El día del estreno, al finalizar la representación, y cuando los actores saludaban al público, ingresaron en el escenario, como es habitual, el autor, el director, el escenógrafo, la vestuarista y el resto de los colaboradores. Roberto Cossa, el autor, adelantándose, pidió la palabra para dedicar la función y los aplausos a la memoria de Osvaldo Dragún, el dramaturgo y director del Teatro Nacional Cervantes, recientemente desaparecido.
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