
Los Ortega: una familia en operaciones
Volvió Palito, Sebastián no se calla (Martín, sí), Luis dirige, Julieta actúa, Emanuel canta y Rosario quiere ser como Norah Jones
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Más que una pyme, los Ortega conforman un vasto y heterogéneo holding de comunicación en expansión permanente -cine, TV, música, teatro: nada les es ajeno- donde la diversidad cambió el eje de un clan antes monolítico, conservador y estrictamente formal, sintetizado en la clásica foto de la familia prolífica y bien avenida, que posaba feliz e impecable al lado del arbolito navideño.
Palito y Evangelina, los fundadores de esa peculiar tribu sin aparentes fisuras -él, un negrito cañero, que comía salteado, autoeyectado de las entrañas del monte tucumano a la gran capital, donde empezó vendiendo café y terminó escribiendo los hits musicales más pegadizos de los 60; ella, rubia, niña bien educada en colegios privados, acompañada por su familia en cada rodaje, que se casó sin haber besado antes a otro hombre más que a quien sería su marido y que abandonó de inmediato su carrera de actriz para consagrarse a tiempo completo como madre-, sin embargo supieron disimular para afuera esos contrastes. Para defenderse del éxito descomunal que los envolvía, se abroquelaron hacia adentro, se volvieron más introvertidos y levantaron una imaginario muro para defender su intimidad del mundo exterior, siempre ávido en fisgonearlos.
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Los seis hijos, que ahora tienen entre 16 y 35 años, ya no posan inocentemente al lado del árbol de Navidad. Por sus múltiples ocupaciones, resulta difícil que se junten todos en un solo momento. Hace rato dejaron los zapatitos blancos y, en cambio, todos disparan por caminos artísticos alternativos y existenciales bastante más complejos de los que solía describir, con calculado candor, en sus simplonas canciones, de indudable llegada popular, el más destacado integrante del Club del Clan.
Los que los conocen más íntimamente aseguran que si el matrimonio Ortega armó una familia con los cánones tradicionales -que, de alguna manera, lo sigue siendo, al menos en lo afectivo-, ahora que los chicos crecieron son ellos los que hace rato vienen "educando" a sus padres para que aprendan a aceptar las diferencias de cada uno.
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Hacia donde uno mire hay un Ortega hiperactivo que levanta la cabeza y llama la atención. Veamos: dos lunes atrás hizo mucho ruido Sebastián (31), el muy tatuado director artístico de Ideas del Sur, la productora de Marcelo Tinelli, al tener palabras más que duras hacia Adrián Suar, enojado por la postergación del estreno de "Los secretos de papá". Sebas, como lo apodan sus allegados, está entusiasmado con el regreso de su padre a la canción: lo acompañó en su actuación en el Conrad de Punta del Este el último fin de semana y tomó en sus manos la producción del CD "Pasado y presente", que Universal editará pronto con el repertorio "remixado" del "Rey", que planea una gira nacional en noviembre. Además de haber hecho incursionar fugazmente a sus padres en la tira "Costumbres argentinas", su hermano Emanuel (26), dedicado a la canción y a negocios inmobiliarios en Miami, pasó por "Los Roldán" y pronto lo hará otra de sus hermanas, Julieta (32), una de las propulsoras y protagonistas, en 2003, de "Disputas", que también produjo Ideas del Sur, donde además de Sebastián, trabaja, con perfil muy bajo, el primogénito de los Ortega, Martín (35), como coordinador de posproducción y brazo derecho de Sebastián.
Además de seguir de cerca a "Los Roldán", Sebastián se ocupa de "Ser urbano", "Sangre fría" y "Tumberos 2" (para 2005), y sueña con hacer un film sobre Oscar Bonavena, "Ringo", protagonizado por Rodrigo de la Serna.
Claro que cuando se habla de cine, el nombre que surge de inmediato es el de Luis (23), una de las más prometedoras figuras del llamado "nuevo cine argentino", que despertó interés con su poco convencional opera prima, "Caja negra", y que llamará la atención con su nuevo trabajo, actualmente en etapa de edición, "Monobloc", que protagonizan su mamá, Evangelina Salazar, Graciela Borges y Carolina Fal.
Los inquietos hermanos Ortega fueron impactados por la vida y por ciertos acontecimientos familiares de muy diversas maneras: los tres primeros -Martín, Julieta y Sebastián- vivieron la presión de los años de fuerte esplendor en torno a sus archifamosos padres y la quiebra que les sobrevino cuando Palito trajo a Frank Sinatra a cantar al Luna Park y el dólar se disparó.
En Ana María Picchio, madrina de Julieta, encontraron una ventana abierta al mundo exterior, que los llevó a grabaciones y les presentó nuevos amigos. Martín y Sebastián estudiaron administración de empresas y adquirieron los primeros conocimientos del negocio en Chango, la productora de su padre; Julieta se marchó a Los Angeles, a los 16 años, a estudiar con Anna Strasberg. Los tres crecieron en medio de la atmósfera hiperdesarrollada norteamericana. En cambio, los tres menores -Emanuel, Luis y Rosario (16; se perfila como cantante de blues y quiere ser, nada menos que como Norah Jones)- vivieron la presión de los años políticos del padre, gobernador de Tucumán entre 1991 y 1995, luego ministro de Acción Social de Menem y candidato a vicepresidente de Duhalde en 1999. Crecieron en medio de las turbulencias subdesarrolladas del noroeste argentino y vivieron de cerca los tironeos del menemismo para perpetuarse en el poder.
Padres e hijos transitan por la misma ruta, aunque a veces en direcciones opuestas: Martín y Sebastián se quedaron en Miami cuando Palito, Evangelina y los hermanos más chicos estaban en Tucumán y se vinieron para acá cuando el matrimonio marchó otra vez hacia los Estados Unidos. Ahora, la que piensa abandonar la más confortable península de Florida, no bien termine el secundario, con rumbo a la "piquetera" Buenos Aires es Rosario. Quizá Julieta -que recientemente actuó en "Las sacrificadas", junto a Tina Serrano, en el teatro Cervantes- oficie otra vez de guía, como hizo con sus otros hermanos, para que Rosario termine de romper el cascarón, introduciéndola en ambientes y entornos inspiradores.
Como en todos los clanes superpoblados hay historias luminosas y otras más sombrías. La vida, también para los Ortega, es un gran laberinto.
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