Los pingüinos al rescate
"Los Pintín al rescate" (Argentina/2000). Presentada por Buena Vista International. Música: Promidi. Fotografía: Ricardo Rodríguez. Director de arte: Diego Puente. Voces: Arturo Maly, Alfredo Casero, Diego Peretti, Rosario Sánchez Almada, Adolfo Stambulsky, Guillermo Gravino, Queco Yerve, Luis Albornoz, Susuana Sisto, Coco Silly y Claudia Beiguel. Guión: Martín Taskar, Pablo Lago y Marcos Carnevale. Dirección: Franco Bíttolo. Duración: 82 minutos. Apta para todo público. Nuestra opinión: buena.
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Que un dibujo animado pase de la televisión a la pantalla grande tiene sus riesgos. Los Pintín, familia de pingüinos, suelen enviar gentilmente a la cama a buena parte de los infantes argentinos cuando entra a tallar el horario de protección al menor. Lo hacen en un microprograma de apenas unos minutos.
Al tratarse de un largometraje los temores se redoblan: ¿hasta qué punto lo que funciona en un formato mínimo puede sostenerse indefinidamente? Los hacedores de esta versión cinematográfica, sin embargo, han sabido no sólo extender las peripecias de la familia hasta que superen airosos la hora. Lograron imprimirle una considerable dosis de gracia, mediante una equilibrada receta que combina acción y humor, solvencia técnica -fundamental para cualquier obra de estas características que se precie- y algunos guiños que evitarán las quejas incluso del más estoico de los padres que se vea obligado a concurrir al cine con sus hijos.
A priori, la historia que se narra no es de las más originales. Luna, la hija de los Pintín, mientras descansa en un flotador, bajo el sol pero con algunos témpanos en las cercanías, es capturada por un par de humanos (Cacho y Tacho). Va a parar a la bodega de un barco en el que pululan las más diversas especies. El resto de la familia (Bepo, Ada, el abuelo Fierro y el hermano, Itu) se lanzará más tarde al rescate de la niña pingüino, que, sospechan, se encuentra en una isla misteriosa.
Galería de personajes
Efectivamente, Luna, que ya encontró compañero de aventuras en un tal Guibor, recorrerá esa isla en la que la temperatura cambia sin previo aviso de zona en zona, en la que conviven desde un hipopótamo extraviado en el hielo hasta un caballo petulante con ínfulas de divo actoral o un mono con alas de murciélago. El feliz dueño de la isla es, por supuesto, un malvado (Jorba Tarjat) que cree tener una cuenta pendiente con un trauma adolescente y con toda bestia. Habrá solidaridad entre las distintas especies, Jorba y su séquito caerán en su propia trampa tecnológica y todos los prisioneros lograrán dejar la isla sanos y salvos.
A nivel narrativo, además de su evidente agilidad, una de las mayores virtudes del film es su variada galería de personajes. Una multitud de caracteres secundarios, dignos de una sobrepoblada fábula de Esopo, va dándole sustancia al film. Y unos pocos trazos bastan para pintarlos de cuerpo entero.
Desde el punto de vista técnico, "Los Pintín" es un film que supera con dignidad los medios y los plazos de tiempo con que fue hecho. Con el azul marino como color predominante, los dibujos son claros y homogéneos. Sólo pueden endilgárseles algunas flaquezas a ciertas imágenes crepusculares del horizonte marino, de olas algo desvaídas, algo que al fin de cuentas es una prueba de fuego incluso para los dibujos de las grandes majors . Pero en conjunto, el nivel se mantiene durante toda la cinta.
Voces y guiños
Algunos detalles le aportan además a "Los Pintín" cierto encanto extra. Al mejor estilo Disney, algunos personajes tienen voces conocidas. Jorba Tarjat, por ejemplo, lleva la impronta de Arturo Maly; el gordito Cacho, la de Alfredo Casero.
Frente al acento relativamente neutro de la familia pingüina, los dos actores les dan a sus criaturas un toque porteño, tan paródico como cruel.
Por otro lado, están los guiños cinéfilos: un ratón ligeramente histérico, por ejemplo, persigue durante toda la película a una paquiderma clamando su pasión, su amour fou (el personaje recuerda, por cierto, al zorrino francés de viejos dibujitos televisivos). Tras la debacle de Jorba y en el barco que los lleva de retorno al continente puede vérselos, el más pequeño sobre la más voluminosa, extendiendo los brazos al viento como si estuvieran en la popa de un Titanic desvencijado y tercermundista.




