
¿Cuánto cuesta ser el símbolo sexual de la Argentina? Mientras filma su primer programa erótico para América latina, un día en la vida de una chica que busca aprender a vivir con la exuberancia de su propio cuerpo. sin ropas. Salazar en un alto de filmacion de los sueños de Luciana, para el canal playboy tv.
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Son las doce del mediodia y, después de una hora y media de ruta y veinte kilometros de ripio, un cartel de lata tiene la piedad de señalarnos: “Estancia Santa Rita”. Okay, llegamos. Estamos a cuatro kilómetros de Antonio Carboni, un pueblo mínimo de la provincia de Buenos Aires, pasando Lobos, que por esta zona viene a ser la Gran Ciudad. * Un camino arbolado y un gran parque preceden esa casita surreal donde vivió Encarnación Ezcurra y su señor esposo, don Juan Manuel de Rosas. Y allí donde Rosas picaba su tabaco ahora Luciana Salazar pela. En el medio, 150 años de historia argentina.
Hay un revuelo de asistentes a su alrededor y en el centro del revuelo, el fotógrafo Gabriel Rocca, que ahora no es fotógrafo sino que filma y dirige el equipo de producción que está rodando Los sueños de Luciana , un telefilm de Playboy TV que les permitirá a todos los hermanos latinoamericanos apreciar en el esplendor de la desnudez del cuerpo un poco asimétrico de la Salazar: 100 centímetros de tetas, dice ella, en 1,63 metros de estatura. Es el octavo día de filmación, y cuando llegue la noche, todos volverán a sus vidas de antes: hoy todo termina. Salazar va a decirme después que lo lamenta, que por ella se quedaría tanto más –así de amiga se ha hecho de todos–, que, dirá ella, son re buena onda.
El equipo va mudándose de ambientes según las escenas y yo voy detrás, testigo de los restos de las tomas. En algún momento habrá una nota, pero parece que primero habrá un asado.
Bajo un árbol que, me dicen, es una acacia (pero yo qué sé), en el parque interminable, hay una mesa dispuesta. Está justo bajo la sombra, pero a Gabriel Rocca se le ocurre que se va a poner frío y entonces hay que correrla. Pero después se le ocurre que va a hacer calor y vuelta todo para acá. Total que la dejamos mitad y mitad. Ya estamos todos. Justo enfrente lo tengo a Rocca, que se divierte con Wally, el peinador, morocho, algo regordete, vestido con una túnica blanca. Los dos juegan a ser pibes del barrio y se divierten diciendo muchas veces la palabra “chabón”. El asado no arranca porque falta alguien, y ese alguien es ella.
Desde la casa, caminando contra el viento, llega Luciana Salazar. Tiene un vestido negro, corto, con una banda de lentejuelas que lo cruza por encima de la cintura, muy escotado. Literalmente, no puede caminar sin llevarse la mano al pecho para evitar derrames. Cuando llega, cuando se acomoda, cuando intenta alcanzar la sal… siempre el brazo cruzado cuidando su desborde. ¿Cómo se puede vivir así? Un brazo continuamente ocupado en sostener lo que de otro modo trapasaría toda contención. Pienso si todas las mujeres con tetas inmensas se vuelven así, medio mancas.
Salazar es definitivamente una mujer breve: el cuerpito pequeño y frágil que de golpe estalla en el artificio de su desmesura. Sentada en la cabecera de la parte donde pega el sol, Salazar despliega cierta boba simpatía: suelta con facilidad un montón de risitas y hace chistes poco efectivos pero, como son muchos y muy seguidos, alguien cada tanto se ríe con ella. “Asado”, le informa el chico de la Santa Rita que atiende la mesa. Salazar entonces le pone trompita de nena y así, toda cucurucha, le suelta: “¿No me hacen unas papitas a mí?”. El chico le dice que sí y Salazar empieza: “Papitas, papitas, quiero papitas”, mientras hace aplausos rápidos y cortitos con las manos.
La comida pasa con cierta celeridad y después nos ponemos a jugar a las fotos. El grupo entero, en su despedida, se lleva el souvenir de una instantánea. La gente se para, la mesa queda sucia y desordenada. Rocca pide escarbadientes.
Luciana se cuelga del cuello de un chico delgadito y moderno que, luego sabré, es el productor de Gabriel Rocca y con quien Luciana, digamos, hizo onda, porque ahora se dan como unos besos rápidos en la boca, picos que se repiten, veloces besos de amigas. Después, a maquillaje.
Sentada sobre el sillón, levemente reclinada hacia adelante, Luciana se agacha y una teta sale de su lugar. No está el brazo que siempre está para detener la estampida, Luciana no lo nota y un pezón pequeño estalla fuera del escote. Es rara la escenita: es la teta con mayor carga simbólico-sexual de la Argentina y su último secreto es el pezón que ahora asoma sin que nadie, excepto yo, lo note. Había escuchado que Luciana maquillaba sus tetas y ahora me parece comprobarlo: el pezón está como escondido, como una imperfección de la cara que queda disimulada bajo el exceso de base. Así, difuso, poco nítido, breve, se deja ver el último rincón del máximo símbolo sexy de la industria mediática. Una de las asistentes, que está parada junto a mí, nota de pronto el desarreglo, se acerca y tapa lo que tiene que tapar con el borde del vestido. Vamos, que todo ha vuelto a su lugar.
Finalmente, la tengo frente a mí. Los dos sentados sobre la cama donde recién recién se desnudó para las fotos, pero ahora está vestida. Por primera vez la tengo bien cerca y, ya sabemos, de cerca nadie es normal.
De todas formas, la carga de artificialidad en alguien de apenas 25 años termina haciéndole lugar a cierto innegable buen trato que Luciana dispone o se inventa o sólo le sale.
–¿Por qué tan grandes?
–En los medios dan más grandes de lo que son en realidad.
–Yo las veo muy grandes aquí mismo.
–¿Te parece? ¿Tanto? No.
–¿Qué pasaría si un día desaparecieran? ¿Quién quedaría allí detrás?
–La misma que te hizo morir de risa con Francella, o en la comedia Pijamas.
–¿Vos te sentís una capocómica?
–No tanto, pero no soy sólo solo un par de lolas.
–De tetas…
–De lolas…
–¿No les decís “tetas”?
–No.
–Pero son tetas.
–Yo les digo “lolas”.
–“Tetas” ¿qué te da? ¿Pornográfico?
–No, es que parte de mi estilo es ser muy aniñada, muy sexual, pero muy aniñada a la vez.
–Y las niñas dicen “lolas”.
–A mí me resulta más amigable.
–¿Llegaste a odiarlas en alguna situación?
–¡No, jamás!
–¿Y no te incomodan?
–No.
–Te vi sostenerte con el antebrazo muchas veces… como acostumbrada.
–Es por el escote.
–Está claro que es por el escote, ¿pero no es un poco fastidioso?
–No, no siempre estoy así vestida. A mí me divierte mucho tener este cuerpo, soy como lo que en algún momento fue la Coca Sarli.
–¿Pensás que podrías sacarte algo de volumen alguna vez?
–Sí, podría ser.
–¿Qué tendría que pasar?
–Sería por una cuestión personal. Por un tema de salud o tal vez el día que tenga que amamantar a un bebé.
–No en el corto plazo
–No, por ahora sólo importa mi carrera, y eso me lleva a pagar un precio: mis relaciones personales. Me cuesta mucho encontrar novio, por ejemplo.
–Ajá.
–Sí, pero ya comprendí que todo no se puede.
¿Que hay en las tetas de mágico? toda la psi-literatura que explica esta cuestión es texto para otro momento. ¿Y qué hay en el tamaño? ¿La guaranga compulsión de hacerlas crecer es el correlato sustantivo de la guaranguería intrínseca que el sexo tiene o que la tradición judeocristiana nos hay hecho creer que tiene? ¿Qué calienta (a quiénes los calienta) de un volumen desfasado? El sobrante, la exuberancia ¿por qué son un bien?
En un reciente reportaje, una antropóloga, Patricia Aguirre, desarrollaba una explicación clasista para la formación de los arquetipos sociales de belleza. Decía Aguirre que las clases altas están preocupadas por los cuerpos sanos. Las medias, por los cuerpos lindos. Y las bajas, por los cuerpos fuertes. Por lo que la alimentación en la cima de la pirámide social era ligth, dado que allí las personas disponen de todos los recursos y el punto es vivir la mayor cantidad de años. La clase media vive la contradicción de estar lindo y comer rico. Y los pobres necesitan alimentos rendidores. La mamá de la villa no se puede dar el lujo de darles frutas y verduras a sus hijos (alimentos proporcionalmente caros) porque en dos horas van a estar pidiéndole comida nuevamente. En cambio, los hidratos de carbono aseguran varias horas de panza llena. Así, los fideos, el arroz, los guisos generan una saciedad muy funcional para cuerpos con carga laboral intensiva. Papá albañil y mamá empleada doméstica (en el mejor de los casos) precisan cuerpos con los cuales aguantar y la gordura es la ilusión de la fuerza y el bienestar. La especialista explicaba así por qué Gladys, La Bomba Tucumana, o Lía Crucet son modelos valorados en los sectores populares.
Así llegamos a Salazar, la Salazar, a sus tetas populistas, a quien un día un camarógrafo de la revista Paparazzi, en plena sesión, le pidió: “¡Dame tetotas!” ( y de ahí salió el hit más bizarro del último pop latinoamericano). Y a quien Gabriel Rocca, en estos días de set y estancia, volvió a exigirle: “¡Dame tetones!”. Y ella, ya tetotas ya tetones, da, le entrega su tesoro a la industria, y la industria sabe recompensar.
–¿podrias mostrarme tus tetas, por favor?
–¿Cómo? Nooo…
–¿No?
–Noooo… para nada ¡me da mucho pudor!
–Pudor…
–¡Soy re pudorosa!
–No, está bien, me hubiera gustado hacer una buena descripción, pero está bien. Ahora: ¿cómo hacés para vivir de mostrar tu cuerpo siendo tan pudorosa?
–Esa es mi profesión, pero después soy tímida y vergonzosa.
–Ok. ¿Qué más sos o creés que sos?
–Soy sensible, dulce y dominante.
El signo estético de los tiempos pareciera sostenerse en la devastación de la naturalidad de los cuerpos. Luciana Salazar ha comprendido que de colágeno bien distribuido (y si quedó mal no importa) está pavimentado el camino del éxito mediático, es decir, del éxito. El rubio no es natural, los labios tampoco lo son, y de esas tetas ya empieza aburrirme hablar. “Me encanta trabajar sobre mi cuerpo. ¿Por qué? ¿Qué tiene de malo?”, pregunta. En rigor, nada. Entendido ese trabajo como un password social inevitable para correr la carrera del star system. Finalmente, ser un sex symbol. Y, aunque Luciana Salazar lo es ahora, ha quedado acorralada en un lugar un poco desnaturalizado, menos glam, más cerca de Jorge Rial y su chubasco de la tarde que de otros esplendores.
La verdad es que las fronteras se han venido un poco abajo, quedaron desdibujadas, entre muchos otros momentos, cuando mtv convirtió su imagen panregional en las dos tetotas/tetones de Salazar, quien descubrió su pechito argentino frente a la mirada de Diego Luna, estrella mexicana que de a poco fue pasando a ser estrella de Hollywood, en los mtv Awards 2003. Sólo un año más tarde, sobre el mismo escenario, Gastón Pauls con la remera del Ejército Zapatista de Liberación Nacional junto a Florencia de la V hablaba de lo puta que se había puesto Paulina Rubio. Todo mezclado, y en esa mezcla Salazar ha sabido hacer pie.
¿Qué lugar ocupa entonces Salazar en el sex-map del vedetaje argentino? Bien, si tuviéramos que ubicar a cada una en su lugar diríamos que: a) Pamela David es probablemente la más hermosa pero sus noviazgos estables y cierta apatía en pantalla la terminan serenando en un mercado donde la serenidad se parece demasiado al hastío; b) Silvina Luna es la amiga del barrio que conoce y acepta la reglas del juego (no le quedó otra que ponerse tetas ella también), pero en el fondo es una más de nosotros, alcanzable, gauchita, y la queremos aunque después termine jugando a la bomba sexy; c) María Eugenia Ritó fue a la tele más de lo que hubiera debido, y Karina Jelinek, mucho menos. De todas, Luciana Salazar, hija de un comerciante de muebles que se cansó de los muebles y le encontró el gusto a la política, chica rubia del barrio de Belgrano, sobrina de Palito Ortega –lo que la vuelve prima de tantos Ortegas que siguen dando vueltas–, se quedó con algo parecido a la cima: Luna y Flor de la V llegaron a mtv un año después que ella. Y todavía nadie sabe cuándo Playboy TV irá a buscarlas para filmar una miniserie. De todos modos, ella no habla de sus colegas, casi como no habla quien –con su silencio– niega. Ha esquivado todas las invitaciones al cruce mediático y, cuando se cayó su presencia estelar en el programa de Marcelo Tinelli, llegó Playboy TV para indicarle por dónde seguir. No parece casualidad que ella, solita, haya citado a Coca Sarli (algo de eso hay… una exuberancia sin terminación final) ni que diga que ha sacrificado algo de su vida personal por todo esto.
–¿hasta dónde queres llegar?
–Siempre un poco más arriba de donde me toque estar.
–¿Es estrategia? Digo, la insatisfacción permanente.
–No sé si me lo tomo como estrategia; es mi deseo, así me relaciono con mi trabajo.
Nos vamos todos. se acabo la fiesta si es que para alguno esto resultó una fiesta. Como al final de un concierto, mucha gente empieza a enrollar cosas que se suponen no deben romperse. Hay tiempo para unos copetes más. A Rocca se le va el sol. Luciana se apura. Yo no sé si está calculado o no, pero en la última imagen de la tarde, Salazar se aleja cantando: “I can’t get no…”.
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