Luis Romero: "Es el mundo emocional el que nos iguala"

El director vuelve al Cervantes con otra obra de Pedro Gundesen sobre el episodio en que un camión que transportaba vacas volcó y cientos de personas las carnearon
Federico Irazábal
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23 de octubre de 2016  

La trama podría llevarnos a 2001, o a un par de semanas atrás tan solo. Un camionero en las afueras de Rosario sufre un accidente y toda su carga, varias decenas de vacas prestas a ir a un matadero, quedan desparramadas por el campo. Un centenar de personas se abalanzan sobre los animales que se convertirán, más temprano que tarde, en sus presas y próximo alimento. Esa imagen dio la vuelta al mundo. Sirvió para determinados medios de comunicación como imagen que simbolizaba el hambre y la crisis que acabó con un Presidente renunciando. Quince años después el episodio, o parte de él, volvió a repetirse. Marca atemporal de la argentinidad: el hambre, la pobreza y esa violencia que marca el inicio de nuestra literatura, con la célebre obra de Esteban Echeverría y que, por alguna razón, pareciera no querer abandonarnos.

Esta vez es el Teatro Nacional Cervantes el que vuelve sobre esa imagen a partir de la obra de Pedro Gundesen, un autor que irrumpió en nuestra escena teatral en 2012, cuando ese mismo teatro elige para representar en el marco del ciclo "autor novel" su obra Argentinien. Fue allí y de la mano de Luis "Indio" Romero que tomamos contacto con este autor que venía de vivir largos años en el extranjero y con una exitosa carrera en un mundo muy alejado al arte. Fue con esa obra y con esa dupla que su nombre trascendió entre el público y le permitió ganarse algunos de los premios más importantes al teatro argentino. Varios años después, Gundesen volvió a aquel director (tuvo una experiencia en el medio de la mano de Manuel Iedvabni) para ofrecerle una nueva obra. Y juntos volvieron al teatro que los vinculó para ofrecer el proyecto. De esa gestión se estrenó Kilómetro Limbo, con Osvalso Santoro, Claudio Rissi y Cristián Aguilera.

El "Indio" Romero, tal como se lo conoce en el medio, es un director en algún punto inclasificable. Con un profundo recorrido y reconocimiento en el teatro independiente y oficial, también supo imponerse en el comercial, muy puntualmente con su bellísimo montaje de Casi normales. "No me interesa clasificarme dentro de circuitos -dice en una conversación con LA NACION-. Me siento un director que busca materiales que lo desafíen, que algunas veces puede aceptar propuestas porque necesita vivir y pagar los impuestos, y que otras los genera desde el deseo más profundo. Pero en un caso y en otro, cuando me veo involucrado en alguna obra lo hago con idéntica profesionalidad".

-¿Qué tiene que tener un material para que decidas montarlo?

Básicamente tiene que desafiarme. Soy de los directores que están convencidos que es importante el conocimiento y la formación, pero que con eso solo no alcanza. Para mí es muy importante encontrarme con materiales que me permitan desarrollar una idea y un concepto, pero lo que verdaderamente me deslumbra es cuando me encuentro con materiales que emocionalmente tienen una potencia que desborda.

-Sin embargo, en tus montajes se percibe un trabajo bastante formal...

Sí, coincido. Pero no es eso necesariamente lo que me moviliza. Es más, diría que esa parte aparece al final de todo el proceso. Me gusta tratar de entender o de descubrir qué es lo que requiere el material, no imponerme ante ese texto con mis obsesiones y mis búsquedas sino hacer un trabajo inferencial. Creo que todo texto dramático con el que trabajo arriba a ciertas zonas y yo, como director, debo encontrar el camino para que los actores lleguen a ellas. Eso es un trabajo intelectual, pero que requiere que uno se encuentre con la emoción porque es, en definitiva, ahí donde está el punto en común entre todos nosotros. Yo puedo ser más o menos inteligente que vos, pero es el mundo emocional el que nos iguala. Y en ese sentido creo que el actor es una suerte de médium que se pone al servicio de ese juego de irradiar algo que iguala, que equipara. Y esa es la fuerza que yo encuentro en el teatro.

-El TNC difunde el estreno enfatizando en que se trata de una obra sobre la argentinidad. ¿Creés que existe tal cosa?

-Es algo verdaderamente difícil de señalar, pero me gusta que esté presente como desafío. Esta obra forma parte de una trilogía junto con Argentinien. Y al haber dirigido dos de las tres me gusta tratar de entender lo que tienen en común y lo que tienen de singular. Y eso no me lleva a decir que la argentinidad sea tal o cual cosa sino más bien a una pregunta en torno al tema, a una especie de punto que estará siempre en fuga pero que precisamente por ello se vuelve atractivo intentar capturar. Por un lado te diría que esta obra tiene todo de la argentinidad, pero no podría emitir una línea sobre el tema con el rigor de la verdad. Podría apenas intentar asomarme y ver que por un lado se basa en un hecho real, y que él apunta a una violencia no institucionalizada, y que por ende se vuelve despiadada. La imagen de ese camión y de esa gente carneando vacas en el medio del campo me resulta desgarradora. Entiendo el horror del matadero, de la carnicería. Pero ese horror, al estar institucionalizado y ritualizado, aparece más legitimado. La carnicería fuera de la carnicería inaugura otra cosa que está muy próxima al horror. La obra irradia una confusión constante, y eso creo que es algo también muy argentino.

-¿Es una obra, en este sentido, muy política?

Sí, lo es, pero si entendemos por tal cosa algo que también está en contacto profundo con lo humano. Porque por fuera de la trama es una obra que habla de los vínculos y del enorme poder transformador que estos tienen. Un ser humano en contacto con otro ser humano es capaz de llegar a lugares previamente insospechados. Eso es algo que me resultó atrapante en todo el proceso del montaje.

Kilómetro Limbo

De Pedro Gundesen.

Teatro Nacional Cervantes, Libertad 815

Viernes y sábados, a las 19, y domingos, a las 18,30.

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