Con Matías Quer, Ariel Mateluna, Manuela Martelli.
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Una amistad convertida en Historia de Chile
Gonzalo (matias quer) esta a solas en el enorme living de una casa ostentosa. Al mirar por el balcón se percata de que un grupo de hombres está cazando y matando perros callejeros. Impactado, vuelve y golpea la puerta de un dormitorio mientras llama insistentemente a María Luisa (Aline Kuppenheim), su mamá, para contarle el incidente. El que abre, furioso y semidesnudo, es un tipo argentino de apellido Ochagavía. Su mamá, en segundo plano, está desnuda sobre la cama.
Así se reafirma la filosofía de esta cinta chilena dirigida por Andrés Wood ( Historias de fútbol, La fiebre del loco ), que sitúa una relación de amistad preadolescente a pocos días del fin del gobierno de la Unidad Popular: los más pequeños, desde cualquier punto de vista, no son capaces de entender las cosas de los grandes.
Gonzalo, rechazado por sus compañeros del siútico colegio Saint Patrick, entabla, paralelamente, una muda complicidad con Pedro Machuca (Ariel Mateluna), un chico venido de una población marginal al mismo establecimiento, y que forma parte de un programa de integración del excéntrico padre McEnroe (Ernesto Malbrán). La drástica diferencia social y económica de los chicos se diluye, y terminan compartiendo las odiosidades y encantos de ambos mundos.
Entre esos elementos, el de mayor magnetismo es Silvana (Manuela Martelli), vecina de Machuca, con la que explorarán algo más que un tarro de leche condensada.
Podría decirse que la película está entre lo aleccionador y lo doctrinario. Sin lugar a dudas que su opción política es clara. Pese a eso, es una historia tejida con delicadeza y claridad, que no deja ningún detalle fuera, desde las renoletas hasta la escasez de cigarrillos, y que fundamentalmente exhibe el dolor de una fractura mucho mayor, que a todos los de 25 años hacia arriba nos cae como un mazazo.
Y ese impacto tiene que ver con la capacidad de Wood para crear lo verosímil. Técnicamente, prefirió planos cerrados en las escenas de protesta e intervino digitalmente los planos abiertos. Cuidó minuciosamente la puesta en escena y le otorgó una sutil sensación sepia al resultado de la imagen. En definitiva, estamos en 1973 como si fuera hoy. Y eso duele.
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