
Manuel Pizarro, el embajador del tango
A pesar de lo que sugiere el título "Canaro en París", un instrumental formidable que celebra el apellido como si los hermanos hubieran tenido importancia decisiva en la consagración del tango en Francia, y de que Francisco lo afirma en sus memorias -"fui el precursor de ese movimiento musical argentino y quien abrió la primera brecha en las sendas internacionales"-, lo cierto es que recién viajó en 1925, no causó mayor sensación que quienes venían actuando desde hacía años y, de los tres Canaro que fueron, sólo Rafael se quedó por mucho tiempo.
No con tanta anticipación como creía Proust, que hizo bailar el tango a sus personajes cuando no existía, la música porteña llegó a París antes que a otra ciudad del mundo, bien representada por creadores como Villoldo y el matrimonio Gobbi -su hijo Alfredo es el único gran artista del género nacido allí- y se estableció definitivamente después de la Gran Guerra, cuando Manuel Pizarro, que había llegado con otro bandoneonista, Genaro Espósito, para tocar por unas pocas semanas, acabó anclado en Marsella y organizando la primera orquesta típica genuina que se escuchó en Europa.
Pizarro era nacido en el Abasto -Billinghurst y Lavalle; pasado mañana se cumplen ciento diez años-, estudió bandoneón con Juan Maglio y colaboró frecuentemente con un virtuoso considerado el tigre del instrumento, Eduardo Arolas, romántico personaje al que ayudó más que nadie y terminó dando sepultura en Saint-Ouen, pero, al contrario de Espósito, nunca había dirigido una orquesta en Buenos Aires.
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Eso es lo que vuelve admirable la figura de quien durante varias décadas fue sinónimo de tango en Francia, su enorme empeño para triunfar a los veinticinco años con una música bailable de mala fama, sin hablar el idioma ni conocer a nadie, convertir un modesto cabaret de Pigalle -El Garrón- en el templo indiscutido del género y construir, a la manera de Canaro aquí, una eficiente cadena de orquestas a cargo de los cuatro hermanos que llevó de la Argentina.
Rivalizó con varios compatriotas: Espósito, Juan Deambroggio, conocido como Bachicha, y Eduardo Bianco, otro tanguero de novela que fue su competencia más seria, pero el "pizarrismo", como denomina Alain Boulanger al circuito de salones y teatros animados por sus agrupaciones, resultó imbatible después de octubre de 1928, cuando Carlos Gardel, la sensación de París desde la noche misma del debut, se volvió una presencia habitual en las actuaciones del antiguo vecino de barrio con el que compartió escenarios y al que le grabó tres de sus tangos, incluido el notable "Noches de Montmartre".
Hasta que en 1940 la llegada de los alemanes lo impulsó al error de volver a su país, Manuel Pizarro grabó más de trescientos títulos para sellos de primer nivel, pero, con excepción de Oscar Zucchi, los historiadores del género, reacios a escuchar hacia afuera o admitir estilos alternativos, no lo valoran como lo que fue -un protagonista de la guardia vieja lanzado a la aventura de crear una opción aceptable del tango en mundos musicales muy exigentes- y, si lo mencionan, es como un llamado a pie de página, confundido con otros presuntos falsificadores.
La mayor parte de esos discos están perdidos o encerrados en colecciones inaccesibles, pero en los pocos que han reaparecido, la "Orchestre Argentin", que nunca salió de Europa, suena tan digna como la mayoría de las que se podían escuchar en el Río de la Plata, con una original valorización de las partes cantadas por el propio Pizarro o la extraordinaria Alina De Silva.
Después de una odisea de varios meses llegó a Buenos Aires para enterarse de que no tenía cabida en el tango de la década del cuarenta -lo único importante en ocho años fue una aparición en la película "La rubia Mireya"-, pero tampoco resultó feliz el retorno a un París donde se bailaban otros ritmos, sin un franco, con su casa usurpada y una panadería en lo que había sido la dirección del lujoso "Chez Pizarro" en la preguerra.
Sólo le quedaban el bandoneón, un nombre sin sospechas de colaboracionismo y el tesón de siempre, suficientes para reciclarse como un número secundario por otras tres décadas y terminar sus días en Niza, en 1982, sin que nadie le discutiera nunca el rango de "embajador del tango" que él mismo se adjudicó.







