Una comedia familiar pero al revés: cuánto daño puede hacerle a un hombre su propia familia
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Los hermanos Levy debutaron como realizadores hace sólo un año con el documental Novias, madrinas, 15 años. En él, abrían las puertas del comercio paterno para presentar con una sonrisa a un querible y curioso elenco de hombres que dedicaron su vida a vestir mujeres, al mismo tiempo que, con gesto serio, establecían que no continuarían con esa herencia familiar.
Así colocaban en el mapa cinematográfico al barrio porteño de Once y su historia, que poco había sido revelada para los espectadores más allá de las películas de Daniel Burman, producidas -al igual que las de los Levy- por Diego Dubcovsky. Pero al igual que en el trabajo de otros grandes realizadores, como Ana Katz y Martín Rejtman, en Masterplan el humor judío apenas toma prestado algún elemento de su cultura. Nada de bromas sobre el Holocausto, las madres, la culpa o la avaricia. Sólo un protagonista inseguro y algo hipocondríaco. Un hombre que quiere recuperar lo que le fue usurpado. Marcelo (Alan Sabbagh) se deja arrastrar por su cuñado (Pablo Levy) en lo que parece ser un plan tan simple como perfecto: usar su tarjeta de crédito para realizar todo tipo de compras y luego denunciarla como robada para evitar pagar. Un crimen sin víctimas, pero que pronto se cobrará a su primer y único perjudicado: el mismo Marcelo.
Masterplan es una comedia familiar, no porque esté dirigida a la familia sino porque se ríe de la amenaza que ésta pueda llegar a significar para la libertad de un hombre. Frente a la inmediatez de su casamiento y en efecto dominó, Marcelo va perdiendo su auto, su departamento y hasta su novia, multiplicando sus inseguridades y su paranoia hasta sumergirse en el ridículo, literalmente. Una extraña relación se establece en medio de la desesperación. El linyera que toma posesión de su auto y lo convierte en vivienda se transforma en un extraño aliado. Es un loco lindo el personaje, y el actor, Andrés Calabria (uno de los empleados de Novias...), toda una revelación. Se trata de un hombre que apenas puede expresarse oralmente pero que personifica lo que Marcelo, sin saberlo, necesita. La herencia de Martín Rejtman y Ana Katz se hace visible no sólo en el humor de los personajes: el film parece continuar la tradición de Silvia Prieto o El juego de la silla. Pero más que copiar atributos, los hermanos Levy (Pablo formado en el teatro, Diego en la fotografía) toman un cine independiente nacido hace ya veinte años y lo procesan con nuevos giros de comedia.
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