
Memorias de García Velloso
Bienvenida sea esta reedición de las "Memorias de un hombre de teatro", de Enrique García Velloso, hecha por el Fondo Nacional de las Artes en su colección "Autobiografías, memorias y libros olvidados", dirigida por Horacio Salas. La edición original -impreso por la Editorial Guillermo Kraft en 1942- se había vuelto prácticamente inhallable.
El verano último me referí en una de estas columnas a las "Memorias" de García Velloso, al evocar uno de sus capítulos, dedicado a la locura de Pablo Podestá. Don Enrique (1880-1938) encarnó a la perfección cierto tipo de escritor y periodista, prácticamente extinguido hoy, capaz de abordar con solvencia -e impecable estilo- diversos temas, desde los espectáculos hasta la moda, desde la crónica legislativa hasta el apunte mundano, y entrevistas a los más variados personajes. Aparte de su fundamental actividad como dramaturgo (escribió 120 obras; a los dieciocho años estrenó nada menos que "Gabino el mayoral", considerado el punto de partida de todo un género, el sainete porteño), promovió la creación de la Sociedad de Autores, hoy Argentores, fue -como su padre- catedrático de literatura y gramática españolas, y concertó y dirigió uno de los primeros films argentinos de largometraje, "Amalia" (1914), sobre la novela de Mármol, interpretado por destacadas figuras de la alta sociedad porteña, en la cual "Vellosito" (así apodado por su exigua estatura) se movía con total naturalidad.
Sus "Memorias", escritas con una prosa veloz y exacta, y con un perfecto equilibrio entre el humor y la emoción, son un aporte valiosísimo a la historia del teatro argentino, y también una fascinante crónica de su tiempo. Por estas páginas desfilan, además de los entrañables hermanos Podestá y tantísimas otras personalidades de la escena nacional, muchos personajes que dieron color y sabor al período de transición del siglo XIX al XX, en la Argentina de las vacas gordas y en el mundo. Hay un retrato fascinante de la estrella del cine mudo, Pearl White, protagonista de vertiginosos films de acción en episodios, y otro no menos atractivo de una gran actriz francesa, Ivonne de Bray, que quienes peinamos canas (en mi caso es un decir) alcanzamos a ver en el bellísimo "Eterno retorno" de Jean Cocteau, allá por 1945.
Es interesante comparar, a poco más de medio siglo de distancia, el efecto causado por el capítulo "Rubén Darío, íntimo" en los dos prologuistas que el libro ha tenido, casualmente llamados ambos Ricardo, y apellidados, uno Rojas, el de 1942, y el otro Halac, el actual. Rojas encontró que daba "una visión más bien penosa del poeta nicaragüense: esto podría sugerir al vulgo ideas equivocadas sobre el alcohol y el talento lírico", y aconsejaba leer, al respecto, sus propios libros. Halac lo considera una joya. Quien firma esta columna suscribe esta última opinión.





