
Un solo disco le bastó para cambiarlo todo. Criatura de diseño o asociación ilícita, esa malformación llamada Sex Pistols todavía hace temblar al rock & roll.
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Cinco semanas antes de la inducción al Salón de la Fama del Rock and Roll, John Lydon estaba sentado en un restorán cercano a su casa de Los Angeles, y se puso a cantar una canción alegre. Era una tarde tibia, y Lydon, con 50 años recién cumplidos, llevaba puesta una chaqueta de vinilo, un gorro de pescador, zapatillas de lona, medias de Union Jack y una sonrisa exagerada que parecía tan espontánea como consciente. Una versión más ruda de la misma cara que, dos décadas más joven, asomaba desde una remera ajustada a su panza. "Te estoy observando", decía. El gorro tenía un agujero de quemadura de cigarrillo.
Estaba hablando del humor en los Sex Pistols, el cual dijo se perdió en todos los que vinieron después. Este punto nos llevó por la pendiente resbaladiza hasta la canción. "Somos un music hall", dijo, elevando la frente. "Es parte de la cultura británica. Uno se cría cantando en los pubs, hay un piano en el rincón, es todo un proceso. Uno puede cantar canciones de hace doscientos años y todos las conocen, así como podés cantar algo nuevo y todos lo conocen también, porque encaja con todo. Básicamente: las canciones de Sex Pistols se prestaban a ser cantadas."
Era un hombre maduro, dedicado a explicar y reanimar lo que había hecho a los 19, y se tomaba la tarea con el entusiasmo forzado de un presentador de circo, haciendo de hombre común cuando fuera necesario. Con todo el legado de los Sex Pistols, dijo, ninguna compañía estaba interesada en contratarlos en estos tiempos, aunque en las reu-
niones él seguía siendo Johnny Rotten. Le pregunté qué tenía planeado hacer Sex Pistols en 1975. "Atacar. Atacar. Sin recriminaciones ni estrategia defensiva. Sólo atacar: «Todos ustedes están equivocados, no tienen ningún derecho a decirnos quiénes somos, o cuál es nuestro lugar». Atacar."
"Yo creo que aporté una cuota de honestidad brutal a la música que no creo que estuviera antes. Lo más cercano que describe lo que sentía, y cuál era mi cultura, podría ser «Working Class Hero», de John Lennon. Era sobre la complacencia: «No, no sé cuál es mi lugar, y nadie me va a decir tampoco cuál es, yo lo averiguaré solo, gracias: no estoy feliz de ser un trabajador esclavo, tengo un cerebro. Sí, tengo una pala, pero también tengo un cerebro, y me gusta usarlo»."
Una mujer joven pasó por la vereda y pidió un cigarrillo, y él le disparó: "No, comprate", antes de aprovechar la ocasión para sacudirse una abeja que aparentemente lo molestaba. "No me gusta que los chicos que pueden comprarse las cosas anden mendigando. Es un abuso." Fue un edicto más en el curso de una tarde cargada de frases amigables o no tanto sobre Green Day, el Salón de la Fama del Rock and Roll, Virgin Records, Courtney Love, los zoológicos, Malcolm McLaren, los pantalones acampanados, las cirugías faciales, la escuela católica y los Ramones, todos temas que exudaban familiaridad en la benigna brisa del Pacífico.
"Inducidos", dijo, a propósito del Salón de la Fama. "Eso es lo que se hace con los caños de calefacción central, se los induce. Es la industria de la música perpetuando el smoking y el moñito, es inaceptable. Es una forma de no libertad. Es nosotros versus ellos, y nosotros vamos a ganar."
"Sos un moralista", le dije, porque ésa, después de todo, era otra dimensión de los Sex Pistols.
El se mostró ofendido, pero sólo un instante. "No, son valores. Yo hago esto porque tengo valores. Hace unos años habría usado la palabra "moral", pero la habría usado mal. La moral está basada en la religión, y ciertamente yo no tengo nada que ver con eso."
L
a historia de sex pistols comienza por el final, el 14 de enero de 1978, en el Winterland Ballroom de San Francisco. Sid Vicious, el bajista de la banda, había descendido al papel de una emergencia caminante, con la frase "gimme a fix" [rescatame] en el torso desnudo y una sensación de rigidez en cuanto a su destino como un sex pistol. "Quiero ser como Iggy Pop y morir antes de los 30", había dicho antes en esa gira, y aunque Iggy sigue entre nosotros, Sid murió poco más de un año después, a causa de una sobredosis de heroína que le proveyó su madre. El guitarrista, Steve Jones, estaba harto de la inutilidad de Sid y del desdén descarado de Lydon. A esa altura, Lydon despreciaba abiertamente al representante, la banda y el estado de cosas. "No me gusta el rock, no sé por qué estoy en esto", había dicho en la radio esa tarde. "Sólo quiero destruir todo." Y el manager, Malcolm McLaren, estaba harto de la cada vez más calcificada rutina del grupo. Se los había imaginado destruyendo a la industria del espectáculo, pero la industria del espectáculo era todo lo que tenían. "Cuando diseñás cosas así, pensás que sos el amo de tu propio destino", dijo más tarde. "Pero al final estás creando un Frankenstein sobre el que perderás el control."
Incapaz de oírse a sí mismo sobre el escenario, Lydon miró a la multitud, mitad desafiante, mitad Anticristo. Aunque entonces no lo sabía, sería su último día como Rotten por varios años, porque McLaren había declarado ser dueño del nombre. Tenía 20 dólares en el bolsillo, ninguna tarjeta de crédito ni pasaje de avión, ni plan, ni futuro.
En otras palabras, los Sex Pistols estaban siendo los Sex Pistols, y eso se les estaba viniendo encima, con la claridad de las famosas últimas palabras de Rotten: "¿Alguna vez tuviste la sensación de que te estaban estafando?".
Durante su existencia pública de 26 meses, los Sex Pistols lograron un álbum, un puñado de singles, unas pocas docenas de presentaciones en clubs, una tibia y profana aparición en tevé, varios arrestos, dos despidos de compañías discográficas, algunas repentinas inhabilitaciones y un tipo de baile (el pogo, inventado por Sid). Cuando asustaban al público inglés, tres de los miembros vivían con sus madres y uno vivía en una sala de ensayo sin agua caliente porque no podían pagar sus propios hogares; Rotten escribió "God Save the Queen", la canción más famosa de la banda, en la mesa de desayuno de la casa de sus padres, mientras esperaba que le sirvieran un guiso de porotos. Sus mejores shows convocaban un par de cientos de personas o menos, e incluso en su último show, en el cavernoso Winterland, se repartieron 67 dólares cada uno. Habían desaparecido antes de que cualquiera de ellos cumpliera los 23 años.
Nadie destruyó tanto con tan poco.
Su inducción al Salón de la Fama del Rock and Roll, el 13 de marzo en una ceremonia a la que no concurrieron, aportó un legado que ha tomado distancia de la hipérbole de su breve y caótico recorrido. De sus contemporáneos, los Buzzcocks escribían mejores canciones, los Ramones eran más perfectos conceptualmente y The Clash tenía menos conflictos internos. Los Siouxsie and the Banshees se vestían mejor. Pero fueron los Pistols quienes respiraban la promesa viral de que los elementos del punk, incluyendo sus propias desubicaciones, representaban algo más: un rechazo no sólo hacia el trabajo y las reglas, sino hacia los rebeldes de la generación previa, que eran absorbidos por la nueva industria del placer. "Odio a los hippies y lo que defienden. Odio el pelo largo. Odio las bandas de pub... quiero que la gente salga y empiece algo nuevo, que nos vea y empiece algo nuevo; si no, estoy perdiendo el tiempo", dijo John en la primera entrevista a la banda, cuatro meses antes de su primer show. No podía saber lo lejos que lo llevaría su provocación. Cuando un presentador de la televisión británica le anunció a los televidentes: "El punk rock (...) para muchas personas es una amenaza más fuerte a nuestro estilo de vida que el comunismo ruso o la hiperinflación", incluso lo kitsch de la frase resultó profético: en 1991, trece años después de la ruptura de los Pistols, los visitantes al Budapest poscomunista verían el graffiti de ¡sid vicious! en la plaza Vorosmarty, donde la nueva cultura joven reclamaba su identidad con el lenguaje más fresco que conocía.
Para Brian Warner, que escuchó a la banda cuando era un estudiante en la Heritage Christian School de Canton, Ohio, los Pistols eran como el mapa del tesoro de un pirata, señalando el camino hacia su futuro como Marilyn Manson. La canción era "Anarchy in the uk", el primer single de la banda. "Me pegó como lo más aterrorizante que había visto en mi vida, y eso que era un chico que conocía a Kiss", dice Manson. "No creo que las bandas que después se presentaron a sí mismas como punk rock hayan entendido realmente: si estaban tratando de ser como Sex Pistols, nunca lo lograron, porque no se trataba de sonar igual o de tener el pelo como ellos. Para mí era la mirada en los ojos de Johnny Rotten y las letras. El era alguien a quien yo tenía tanto miedo de conocer como el que mucha gente me tiene a mí, porque él parece el tipo de idiota que la gente me adjudica a mí mismo: alguien a quien no le importa cuánta gente capta su sentido del humor."
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n un cafe de west hollywood, Steve Jones tiene su propia visión sobre el significado de los Sex Pistols y el Salón de la Fama. Era media tarde y él acababa de terminar su diario programa de radio, Jonesy’s Jukebox. Tenía puesta una remera negra de Anarchy, los ojos cansados y un leve malestar por quebrar su promesa de no tomar más café. "¿Cómo te fue con John?", preguntó. "¿Estuvo dándole?" (Lydon había dicho, afectuosamente: "Steve piensa que pensar es un problema".) Jones ha vivido en Los Angeles los últimos 25 años, sobrio desde hace quince, pero tiene poco contacto con Lydon.
"¿Qué pensás que deberíamos hacer?", preguntó, respecto del Salón de la Fama. "¿Pensás que es una vergüenza que vayamos? Yo creo que estaría bueno que fuéramos y tocáramos. Eso sería lo más punk que podríamos hacer. Y dejar que la gente hable. Yo creo que no ir no es punk. Es lo más obvio. Es la mentalidad de hace veinte o treinta años. Yo ahora quiero hacer dinero. No me interesa eso de venderse. ¿Venderse? Nos vendimos hace años, cuando firmamos con la Warner Brothers. Eso es un montón de mierda. Yo quiero hacer plata. Nunca hicimos plata. Todos los demás hicieron plata. Green Day ganó millones de dólares copiándonos, y todos estos idiotas también. Lo cual está bien, pero yo quiero hacer un poco de plata. Pero si John no va yo no voy."
Sonrió pensando en las viejas diferencias jamás resueltas. "Odio estar en Sex Pistols", dijo, más con humor que maldad, como si formara parte de un viejo matrimonio. "Sólo quiero llevar una vida fácil y normal. Nunca es así. Es como una familia disfuncional."
A los 50, Jones está tiernamente atento al movimiento de cualquier figura femenina en las veredas del Boulevard Santa Mónica, y más que deseoso de compartir detalles sobre su experiencia con el Viagra o los poderes curativos de las artes amatorias. Lo que no quería compartir, hasta hace poco, es que incluso durante los días en los Pistols él secretamente siempre prefirió a las bandas colosales y mainstream como Queen, Boston o Journey que a las bandas de la escena punk. Con la inducción al Salón de la Fama, dijo, había estado pensando en quién merecía el reconocimiento de los Sex Pistols. "Quisiera agradecer a mi horrible padrastro por haber abusado de mí, lo cual tuvo mucho que ver con que yo estuviera en Sex Pistols, formara Sex Pistols", se corrigió, como si todavía tuviera que demostrarlo. "Porque si yo hubiera sido un buen chico con buenos padres, probablemente no habría tenido el deseo de tocar la guitarra furiosamente."
En el circo que fue Sex Pistols, Jones y Paul Cook, el baterista, nunca lograron la atención que tuvieron John, Sid o Malcolm, e incluso entre la banda, a menudo eran desestimados como "laterales".
Para Jones, hijo de una peluquera y un boxeador profesional que se fue de la casa cuando él tenía 15 años, los Pistols nacieron del rock and roll clásico, que a su vez nace de opciones limitadas y el escape que ofrecía el delito. "No me sentí querido de niño", dice en el documental de Julien Temple, The Filth and the Fury (2000), uno de los tantos momentos en los que el miembro más dramático de la banda revela el verdadero daño infantil que ha sufrido. "Me retrasaron un año en la escuela porque era muy estúpido."
Entonces se fugó por el delito, o al menos se preservó. Robaba ropa de tiendas en las que compraban ídolos como Rod Stewart o Bryan Ferry, luego progresó y le robaba la ropa directamente a las estrellas: un saco de piel de la casa de Ron Wood, ropa y una tevé de la de Keith Richards, dos guitarras de la de Rod Stewart, un equipo de sonido en un recital de Bowie, y varias baterías, micrófonos y demás. Al principio no era que quisiera aprender a tocar, sólo quería ser parte de la acción. "Yo era como la versión barata de las estrellas de rock", dijo. "De hecho, tenía la misma ropa que ellos. Me enorgullecía de mi guardarropa, incluso cuando tenía 12 y era skinhead. Todos los equipos que robé fueron mi comienzo como músico. Yo quería ser parte de la música, era eso. Y ese era el único modo que conocía, robar equipos de música. Y ropa."
Una de las tiendas en las que robaba era un negocio de ropa en Kings Road que tenían Malcolm McLaren y su socia, Vivien Westwood, donde había un jukebox y un sofá en el que la gente podía recostarse. Sex, como se llamó la tienda, era un destino ineludible para las estrellas de rock a las que les importaba la moda y un lugar de encuentro para los jóvenes del Londres de mediados de los 70. Los diseños de Westwood, que incluían equipos sadomaso y esvásticas, predecían algunas de las contradicciones que luego hubo en los Sex Pistols: ellos apostaban a la liberación a través de la constricción del placer, no la libre circulación; y se burlaban del consumismo y del materialismo mientras abrazaban la forma más pura del materialismo, el fetiche. Cuando Jones y Cook tomaron los instrumentos robados, le pidieron a McLaren que fuera su manager, aunque su limitada experiencia como representante de los New York Dolls –él los había vestido de cuero rojo y les había puesto la insignia comunista– era un desastre.
"Yo no quería ser su manager", dijo McLaren más tarde. "Lo hice más bien para que Steve Jones no robara de nuestra tienda."
McLaren, nacido en 1946, era un estudiante del rock and roll de los 50 y del dandismo de clase obrera de los British Teddy Boys, llamados así por su revival del estilo eduardiano. En los crispados fines de los 60 aportó un intelecto chispeante que combinaba la teoría del pop, la política en broma y una visión del capitalismo fashion. McLaren amaba los eslóganes pegadizos y las promesas de calamidad. La idea de Sex Pistols, dijo, surgió en la tienda. "Yo vendía máscaras de goma y las ataba al jukebox mientras sonaban temas de Muddy Waters o Iggy Pop", contó, hablando desde su oficina en París. "Esto ya había sido una idea antes de los Sex Pistols, ya estaba estallando. Y los Sex Pistols dieron la plataforma para que fuera vista por fuera del nicho de la pequeña tienda. Lo llevó al dominio de los medios. De ese modo yo forcé, manipulé y creé Sex Pistols, y al hacerlo supuse que se convertirían en atracciones fatales, en personas a las que sería peligroso conocer. Me gustaba la idea de que tocaran siempre como si estuvieran al borde de colapsar en el caos y el desastre. Y pensé que una vez golpeados por ese desastre, serían aun el doble de excitantes." McLaren habla en párrafos largos y discursivos, y aun así su relato de Sex Pistols no es más plausible que el de Rotten y el music hall, y tiene la virtud de capturar los sentimientos que la banda eludía. A diferencia de Lydon, él es un hacedor de mitos, no un rupturista. "Yo no veía a Sex Pistols como un grupo", dijo. "Suena gracioso. Uno los veía como una idea. Era una idea en constante movimiento. Al revés que un escultor con su espátula o un pintor con la pintura, esto era mucho más orgánico porque eran reales, pero seguían siendo una idea, y fueron usados como una idea."
Años antes de los Sex Pistols, él los presagió en un manifiesto para un film de la escuela de cine. "Sean infantiles", escribió McLaren en el manifiesto, que aparece citado en la exhaustiva nota "England’s Dreaming: Anarchy, Sex Pistols, Punk Rock, and Beyond", de Jon Savage. "Sean irresponsables. Sean irrespetuosos. Sean todo lo que esta sociedad detesta." Cualquier otra cosa que fueran, desde el momento que se formaron en el negocio de McLaren en el verano de 1975, los Sex Pistols eran ese manifiesto hecho vida.
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a historia de los sex pistols comienza al final porque sus orígenes han sido refutados por casi tres décadas. Ese es uno de los problemas más perdurables de la banda, objeto de demandas, acusaciones y reclamos infundados: ¿de dónde salieron? ¿Eran la banda de Malcolm o la de Rotten –una proyección de la máquina comprometedora, abiertamente manipuladora que operaba detrás de una cortina como la del Mago de Oz–, o eran la máquina igualmente manipuladora de mierda que comenzó desde atrás del micrófono? La batalla por el control era una parte explícita del show. Incluso en los primeros tiempos, Rotten basureaba a McLaren desde el escenario: "Conseguime una cerveza, Malcolm, conchita", y McLaren le contestaba en el mismo tono: "Andá a cagar, conseguítela solo".
Tres décadas más tarde, Lydon sigue en batalla. "Si querés saber quién hizo qué cosa con Sex Pistols, preguntale a los Sex Pistols", dijo, mirando a través de la gente que caminaba por Marina del Rey. Luego de que la banda se separara, Lydon pasó ocho años persiguiendo por pagos a McLaren, y su tono todavía carga la amargura de la caída. Una vez fue a la televisión y le deseó la muerte a McLaren. "Es un gran puterío", dice ahora. "La diferencia es que yo lo hago con sentido del humor. No podría desperdiciar esfuerzos en él. Me alegro de que esté vivo. No le deseo la muerte a nadie."
Pero es una característica del punk el estar siempre dándole vueltas a su propia historia, y McLaren dio vueltas más atractivas y prolíficas que la mayoría. Su falta de modestia es refrescante. En un e-mail, le pregunté qué quería que hicieran los Pistols. "Yo simplemente quería que destruyeran la industria de la música tal como la conocíamos", dijo cuando hablamos por teléfono. "Esa era la base para hacer cualquier cosa, porque ése era el modo en el que podíamos cambiar la cultura. Y siendo un estudiante de Artes leal, y por lo tanto un gran romántico, eso es lo que yo quería hacer. Quería destruir las reglas, el control, la mentira y la falsedad de todo. Quería promover la falla como una búsqueda creativa y noble. Sentía que era el único modo de cambiar las cosas, de volverse menos temerosos." En el transcurso de su promoción y autopromoción, él dijo: "A través de Sex Pistols descubrimos los medios y su poder. Los medios en esa época eran relativamente naif. Y aunque eran muy pero muy conscientes de lo que hacían, se convirtieron en nuestros amantes, nos dejaban controlarlos, porque como amantes los seducíamos con nuestras historias, y ellos las sacaban en tapa porque vendían. Era tan simple como eso. The Sex Pistols fue una idea que todo el mundo quería odiar, amar, y crearon una brecha generacional." Tanto como la música de los Pistols, este juego abierto con los medios anticipó el mundo pop en el que vivimos hoy. Si hay algunos pocos Rotten verdaderos hoy en día, cada comienzo tiene su McLaren.
Para los planes pop de Malcolm, Lydon aportó el resentimiento por haber crecido siendo pobre e irlandés en el barrio de Finsbury Park, al norte de Londres. Hijo de un operador de grúas y una madre a la que le gustaba Alice Cooper y los Stooges, él adquirió su distintiva mirada ruda y su joroba de una meningitis espinal de infancia que lo dejó en coma durante seis o siete meses. Dice que modeló el personaje de Rotten por el malévolo jorobado de Sir Laurence Olivier en Ricardo III, y seguramente todos dijimos alguna vez mentiras peores. Pero había imperativos estratégicos más a mano. Con una infancia dura, poca visión y un sentido del humor oscuro y agresivo, juntó un grupo de amigos similares, todos llamados John, a quienes los unía el aburrimiento y la desesperación. Cuando sus padres lo echaron de la casa después de que se cortajeara el pelo y se tiñera el resto de verde, se mudó al bulín de un amigo de la escuela llamado John Beverley, a quien él bautizó Sid por un hamster que había tenido de mascota. Eran adolescentes que vivían solos sin electricidad ni agua corriente, ganando dinero por apagarse cigarrillos en las muñecas a cambio de cinco libras esterlinas. "Aliviaba alguna clase de presión el solo recordarme que estaba realmente vivo, y que todo este caos estaba sucediendo de verdad", dice John ahora. Sid era un clon de Bowie, una víctima de la moda. Se arreglaba el cabello metiendo la cabeza en el horno, y portaba los signos de un origen negligente: una vez, cuando un amigo lo vio hirviendo una jeringa para inyectarse speed, él le explicó: "Es de mi mamá".
En el verano de 1975, Lydon entró en Sex con una remera de Pink Floyd que había decorado con la frase "yo odio" antes del nombre de la banda. Aunque no tenía ambiciones musicales, uno de los socios de McLaren lo vio con el carisma negativo que la banda necesitaba, que hasta el momento consistía en Jones, Cook y un empleado de la tienda llamado Glen Matlock. Para su audición, Lydon cantó "Eighteen" de Alice Cooper con un duchador junto a la rocola del negocio. Fue un caos... y entró. Sid, quien sentía que le habían prometido el puesto, se convirtió en el fan número uno, un sitio de honor en una escena en la que los fans eran tan centrales como los músicos.
La Inglaterra de la que emergieron era inflamable, estaba lista para el cambio. Más de un tercio de la gente menor de 25 cobraba seguros de desempleo. Como la subcultura del hip hop que se formó en Nueva York en esos mismos años, el punk se creó menos como un estilo musical que como la reivindicación de una generación que se estaba volviendo económicamente prescindible, temida por los propios padres que habían fallado.
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estidos con ropa de sex o con trajes hechos con bolsas de basura –un guiño a una huelga de basureros que dejó la ciudad cubierta de pilas de bolsas pudriéndose–, los Pistols lograron convocar la cobertura de los medios y a un público que inmediatamente formó sus propias bandas: Billy Idol y Generation X, Siouxsie and the Banshees, los Buzzcocks. En homenaje a los problemas de sinusitis crónicos de Lydon, el público demostraba su afecto bañando al músico en un fusilamiento de escupidas.
"Era fantástico, era toda una escena", dijo Jones sobre los primeros shows. "La gente venía con pantalones acampanados, y a la semana siguiente aparecía con alfileres de gancho. Uno sabía que estaba en algo completamente diferente. ¿Cuánta gente forma una banda y no pasa nada? No sólo fue exitosa, sino que fue disparadora de muchas otras bandas, de una moda y de todo lo demás." El guitarrista Keith Levene, quien luego tocó con Lydon en su banda posterior, Public Image Limited, vio a los Pistols en el club Nashville de Londres y renació en el pogo. "Ellos hicieron borrón y cuenta nueva", le dijo al periodista Greg Whitfield. "Nunca antes había visto algo así. Era una noche fría y lluviosa. Yo entré en el Nashville desde las calles de Londres y desde ese momento mi vida se transformó: supe que era Eso... Había una ira, un cinismo, una especie de oscuridad, una energía nihilista, pero también un montón de mal humor. Los dos queríamos ver la muerte del rock and roll, y echar a patadas al fantasma del rock de una vez por todas; echar al fantasma y enterrarlo."
Las multitudes cantaban triunfales junto a los Pistols, en el demente music hall de Lydon, "I’m a lazy sod" y "no future for you". La escena obliteraba al mundo exterior invalidando cualquier perspectiva que pudiera tener. ¿Qué crédito podía darle alguien de afuera a una masa de jóvenes de apariencia insana gritando: "We’re pretty/ pretty vacant/ and we don’t care" [estamos bien/ bien desocupados/ y no nos importa]?
Era, en retrospectiva, no la revolución pero sí el comienzo de un gran salto cultural, el que dio inicio en un mismo quiebre social y desesperanzado al punk y al hip hop. En 1979 Margaret Thatcher, la dama de hierro del partido conservador inglés, fue elegida primera ministra en base a promesas de cortar los subsidios sociales que sostenían a gran parte de la generación punk. Los seguros de desempleo que los Pistols habían mimado en el escenario estaban ahora en el centro de la política británica. Al año siguiente Ronald Reagan se convirtió en el presidente de los Estados Unidos, comenzando el movimiento hacia la derecha que domina la política norteamericana hasta hoy. La caída de Sex Pistols, incluyendo la muerte de Sid en 1979, se daba en un clima más duro que en el que habían declarado que no había futuro.
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ncluso despues del ultimo show en Winterland, habría otros finales: la sobredosis de heroína –no fatal– de Sid esa misma noche, la separación de la banda unos días después, con Rotten y McLaren intercambiando acusaciones en público, la sobredosis letal de Sid en febrero de 1979, la demanda legal de Lydon a McLaren que duró ocho años, acordada en 1986 por 880 mil libras y los derechos de propiedad intelectual, y las terribles declaraciones de Lydon sobre el legado de la banda en 1989: "Yo ya no reconozco la importancia de Pistols. Ya fue, terminó. Las únicas personas interesadas en Sex Pistols son los yuppies, porque finalmente Never Mind the Bollocks se consigue en cd. Queda muy bien entre John Denver y Barry Manilow". Y finalmente, como prueba de que el fantasma de Pistols no debía ser ya temido, estuvo la extraña aparición de Lydon, en 2004, en el reality show inglés I’m a Celebrity … Get Me Out of Here!, un final que parecía dejar claro que no se necesitaban más finales.
Volviendo atrás en esta historia, Lydon pensó que la línea "no hay futuro" merecía una pequeña explicación. Pero primero, pongámonos al día con su vida en California. Después de un programa en VH1, Rot-
ten TV, que duró sólo tres episodios, en la actualidad él se entretiene con tiburones, primates o insectos como conductor de documentales sobre la vida salvaje, una serie que incluye diez capítulos sobre insectos llamados John Lydon’s Megabugs. Además, practica surf (muy mal, según él).
Desde 1979 está casado con Nora Forster, una alemana heredera de un imperio editorial, doce años mayor que él. La hija de Nora, Ariane, o Ari-up, lideraba la banda femenina punk reggae The Slits, que giró con Pistols. "Eso era verdadero punk para mí, porque eran mujeres defendiendo sus derechos", dijo Lydon. A los 14, Ari, con la pollerita corta y salvajes serpientes de cabello, escandalizaba a la gente como ni siquiera John había podido hacerlo. Sus mellizos, ahora de 21 años, viven con John y Nora. Le dicen "abuelo", una identidad que le gusta llevar. "He hecho reuniones entre padres y profesores", dijo. "Lo cual solía molestar muchísimo a los mellizos. Pero lo siento, no deberían avergonzarse de mí, deberían avergonzarse de sus malas notas, vagos. La educación es un gran don, y no estudiar y decir que ser inteligente no es cool es una estupidez. No crean eso. Son los chicos tontos tratando de influenciarte."
Lo cual nos lleva a la letra de "No future". Fue pensada como un llamado a la acción, dijo, no a la resignación –no hay futuro al menos que vayas y crees uno, entonces carpe diem, etcétera. "No es terminar con todo, no hay futuro, punto final –dijo– no, es puntos suspensivos... Hay que levantarse y hacer el esfuerzo uno mismo. Nadie va a hacerlo por uno. No esperes que te lo sirvan en bandeja. Eso es Green Day. Con el género listo para ellos, tenían una buena situación con la compañía discográfica, y mucha plata para producir videos. Hay que ganarse las alas en la vida para poder volar."
Jamie Reid, quien creó la cargada gráfica de los Pistols, una vez definió el punk como "muy entrenado en el engaño" y la verdad aquí, supongo, es la genuina necesidad de Lydon por oponerse. Le da un marco y un contexto. Incluso en los días de los Pistols sus declaraciones contra los hippies y los pantalones acampanados parecían más contra los estereotipos mediáticos de los hippies –un adversario conveniente que se obtenía gratis de noche por televisión– que contra ellos mismos. La descalificación era el estilo característico de la banda, incluso entre ellos. Una vez McLaren dijo: "[Era] el único grupo formado sobre la base de odiarse unos a los otros pero detestando aún más a todos los demás". Era parte de su identidad. Incluso ahora, dice Jones, "a John lo quiero, pero él no es alguien con quien pasaría mi tiempo." La continua cadena de quejas se extiende hacia el resto de los personajes. La verdad, diría Reid, reside en el acto de marcar límites y a la vez ser democrático; una engañosa paradoja, pero un legado del punk que ha perdurado aunque la música se haya desgastado.
Es justo decir que ninguno de los Pistols, McLaren incluido, quiso que la banda fuera lo que fue, y cada uno trabajó activamente para prevenirlo. Jones y Cook querían que fuera una banda de rock potente; Lydon quería disonancia; McLaren quería una huelga permanente. "Si hubiera sido por mí, habría sido una banda noise, insoportable", dijo Lydon. "Supongo que fue temor, realmente: cuando dudábamos, sacábamos un montón de ruido. Inseguridad. Lo admito sin problemas. Nos preocupaba que las canciones no se sostuvieran. Pero lo hicieron." En parte le deben su éxito, y su legado, a las imposibilidades individuales para imponer su voluntad.
Incluso con esta fragmentaria historia, hay restos que deben ser anotados como legado de Sid. La gente que enfatiza la influencia de McLaren en los Pistols, se pone bajo una luz opaca; aquellos que enfatizan la de Sid se mantienen iluminados. Sid sigue estando tan poco asimilado a la historia de la banda como la banda lo estuvo a la historia de los 70. Pero, sin él, Sex Pistols no habría sido Sex Pistols. Sid tocaba una sola canción del álbum, y muchas veces no estaba enchufado sobre el escenario, pero de algún modo era el Pistol perfecto. "Sid aportó el caos, el desastre, y lo hizo con muchísimo arte, y a veces pasó inadvertido", dijo McLaren. "Era un maravilloso fabricante de poses, pero que buscaba problemas, y se metió en problemas. Buscaba la aprobación de Nancy Spungen. Era como si la tuviera tatuada en la frente."
Sid era el más hostil sin causa, y el más universalmente marginado, incluso por los demás integrantes. Era el desclasado entre los desclasados, un salto meteórico al fondo de la escala social. En una entrevista radial en diciembre de 1977, Sid dijo que los demás complotaban en contra de él. "Porque dicen que no sé tocar nada y que soy estúpido", dijo, dando una justa impresión de lo que era. Rotten, que también estaba en el programa, dijo: "Eso no es un complot, ¡es un hecho!", protestó. "¡Por favor! No te hagas lo que no sos, pedazo de basura."
Si Rotten y McLaren eran los cerebros en los Pistols, y Cook y Jones las bolas, Sid era otra cosa. Era puro símbolo, adaptable a las necesidades del mercado, a los guardianes públicos y a los fans. Incluso antes de unirse a la banda, su comportamiento entre el público produjo gran parte de la primera notoriedad del grupo. Cuando lo encerraron por arrojar un vaso durante un show de The Damned, Westwood le mandó un libro sobre Charles Manson, lo cual ayudó a construir un psicópata aun más perfecto. "Una de las cosas en las que creo después de estar preso es en la libertad personal total", escribió en una carta desde la cárcel, como si fuera menos preso bajo su identidad como un sex pistol. Hijo de una madre hippie perdida, Sid era la viva imagen de los ideales de la generación del 60: cuanto más fallara, mejor. Su mejor momento tal vez permanezca irrealizado: en una película que iba a filmarse sobre la banda, dirigida por Russ Meyer, había una escena en la que Sid se come una barrita Mars de entre las piernas de su madre, que sería interpretada por Marianne Faithfull. Pero sus verdaderas debilidades eran catárticas: los dos singles que la banda grabó tras la separación, con Sid como cantante, vendieron más que cualquier otra cosa que hubieran hecho antes.
"Yo no quería a Sid en la banda, porque él no sabía tocar", dijo Jones. "No entendí lo que hacía McLaren en ese momento. Todo se trataba de la imagen de la banda. No creo que le prestara atención a la música. El creía que igual podíamos componer canciones." Lo que obtuvieron fue una imagen tan potente que incluso con toda esa autodestrucción no eludía ráfagas de conciencia. Ninguna imagen fue fabricada con tanta transparencia como la de Sid, y aun así la sangre en el escenario fue siempre real. El era el punto en el que la violencia metafórica del punk se convertía en algo real, pero también donde la violencia real se revertía hasta ser pura vanidad. Sólo Sid podría haber llevado con gracia la remera que Westwood y McLaren crearon tras el asesinato de Nancy Spungen, cuando ya no se podía decir que la negatividad del punk fuera teatral o irónica, ni que obedecía a las intenciones de sus descubridores. "Ella está muerta, yo estoy vivo, yo soy tuyo", decía la remera, publicitando una muerte real y un probable asesinato como un acto a celebrar.
En The Filth and the Fury, Lydon solloza en voz alta por el fin de su amigo y su decidida autodestrucción. "Sid fue arrojado al fondo", dice Lydon ahora. "El pobre tonto. ¿Qué mierda podía hacer? Las drogas aliviaron sus fobias. Y las usaba como muletas, pero las muletas se convirtieron en lo que era. Eramos demasiado jóvenes para darnos cuenta de eso, y no había adultos alrededor que se sentaran con nosotros y fueran sensibles a lo que nos pasaba." Sid solía cargar a John: "Vas a pasarte el resto de la vida con gente alrededor preguntándote «¿Vos antes no eras Johnny Rotten?»", pero al final no tuvo razón. En cambio, dijo Lydon, "la gente me pregunta: «¿Vos no sos el que se murió?». Y mi respuesta siempre es: «Sí».".
El día que viajé para encontrarme con Lydon y Jones, los Rolling Stones tocaron en el entretiempo del Superbowl para más de 90 millones de espectadores. Pink Floyd había sido noticia esa semana sólo por anunciar que no volvería a girar. Green Day estaba de regreso tras realizar shows en estadios en Australia. Los enemigos que los Sex Pistols atacaron por ser tan gigantes son más gigantes que nunca, y las herencias que ellos hicieron posibles son incluso menos underground que los viejos enemigos. El año pasado en Rolling Stone, Billie Joe Armstrong, de Green Day, dijo: "Never Mind the Bollocks es la raíz de todo lo que sale por las radios modernas", lo cual demuestra que uno no puede elegir a sus herederos. Hablando sobre el paso de los años, Jones dijo tibiamente: "Los Pistols ahora parecen blandos, si uno mira atrás. Poco amenazantes. Pero no porque ahora haya algo más sorprendente, sino porque uno simplemente se acostumbró. Es sólo rock and roll".
Para Lydon, los enconos han reescrito la experiencia vivida siendo un Sex Pistol: la falta de dinero, la exposición, la animosidad, la destrucción de su amigo de infancia, la sensación de ser demasiado joven para detenerse. "Ese año y medio en los Pistols fue el asesinato de todos nosotros", dijo. "Todos tenemos recuerdos sombríos de esa época. Es como si nos hubieran tirado al fondo y allí quedamos, aún teniendo que viajar por Londres, aún teniendo que saltar las vallas, sin pasaje por no poder pagarlo, sabiendo que en cualquier momento seríamos arrestados por evasión, y aun estando en los periódicos como enemigos públicos número uno, siendo blanco permanente. En cada esquina había pandillas que querían lastimarnos. Tengo muchas cicatrices de esa época. Me clavaron una navaja acá", dijo, levantando la mano izquierda, donde fue apuñalado por "God Save the Queen".
"Eso era el punk", dijo. "No era un carrito de helados. Era el infierno."
Sobre el término en sí mismo, que desató muchas disputas transatlánticas, él dijo que principalmente había resultado una carga. "El término ahora es un punto de partida para la gente, pero lo que no entienden es que al principio fue un nombre falso. Fue levantar una bandera falsa, y formó una institución y una categoría en la música, lo cual era algo contra lo que nos oponíamos a muerte. Lo único que queríamos era ser individuos y expandirnos en ese nivel."
La tarde pasaba. Como consecuencia de la inducción al Salón de la Fama del Rock and Roll, los Sex Pistols habían contratado a un costoso publicista de la industria de la música, quien arregló unas sesiones fotográficas, entrevistas telefónicas, lanzamientos de prensa… toda la maquinaria. Ese fue parte del dilema de la banda desde el comienzo, como lo fue para Nirvana y para legiones de rockeros independientes después de ellos: para derrocar al sistema había que unirse a él, pero una vez que se unían, ¿qué?
El año pasado Lydon armó un compilado de sus canciones con los Pistols, Public Image y temas surtidos y proyectos solistas. Ningún sello de los Estados Unidos lo quiso. Las grabaciones que realiza en el estudio de su casa no son escuchadas. La industria que "perpetúa el mito", ha dicho, no tiene interés en que él se sume. "No hay espacio para mí en este momento", dijo. "Me copiaron tanto que ya tienen suficientes copias y no me necesitan."
Pasó un camión del que Lydon dijo le recordaba a su padre, quien aún trabaja en la construcción, en Inglaterra. A su modo, Lydon, también, sigue en eso. Esta tarde, eso significó filmar dos promo para su programa sobre la naturaleza, reconociendo que ha sido nominado para ser premiado por una sociedad naturalista inglesa de la que no recuerda el nombre. A lo largo de nuestra conversación, dejó en claro que le encanta eructar a todo volumen. Le pregunté si eso era parte de hacer de Johnny Rotten frente a un entrevistador. El me miró desconcertado. "No, estás totalmente equivocado", dijo. "Estoy siendo yo mismo. Es parte de mi cultura. Leé los diarios de Samuel Pepys. Eructar era parte de la sociedad británica. Una reacción física honesta. Si lo sentiste como una ofensa, no deberías. Deberías estar complacido de que alguien está siendo sí mismo."
Tomó sus anteojos oscuros y se puso de pie. Apenas había tocado sus ostras fritas.
"Espero que haya estado bien", dijo. "Avanza en el camino y tus enemigos estarán siempre detrás de ti. Es un dicho irlandés tradicional, que yo usé en una canción." Y se fue.
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