Monjes chinos, en un vibrante show
"Los monjes guerreros Kung Fu del templo Shaolin".Luces: Javier Hasso. Sonido: Tomas Wade. Sistemas de iluminación y sonido: Teddy Goldman. Stage manager: Roberto García. Dirección: George Hartman. Luna Park. Nuestra opinión: muy bueno.
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Hasta hace dos años era impensable que un grupo de monjes iniciados del templo Shaolin de China pudiera subirse sobre un escenario y hacer giras por el mundo. Mil quinientos años de clausura, misterio y una buena cantidad de leyendas hacían imposible imaginar semejante acontecimiento.
Pero parece que los aires de globalización llegan a todas partes, sin diferencias, y trastruecan el orden que estaba establecido.
Entonces, no es reprochable que el Luna Park se llenara de gente ansiosa por encontrarse con las fuentes sagradas que alimentan el kung fu, arte marcial de defensa que, en Occidente, la mayoría cree conocer a través de Bruce Lee y de David Carradine. Nada más lejos.
Lo que se vio sobre el escenario del Luna Park no se parece prácticamente en nada a lo que hacían aquellos héroes del celuloide.
Con suma austeridad, la escenografía reproducía la entrada al templo chino. Un relator en off contaba la historia del templo milenario y los avatares en la vida de los monjes. Pero lo que estaba presente continuamente, tanto en el relato como en la actitud de los Shaolin, era el fuerte -y la palabra queda estrecha- basamento filosófico budista zen, principio y fin de cualquier virtuosismo físico.
Con pleno control
Como espectáculo, se persigue una estructura que va hilvanando diversas rutinas -entre ellas, la del dominio del Qi Gong (fuerza vital), que les permite controlar el dolor y la concentración de toda la energía en un solo punto del cuerpo-, ceremonias, lucha con armas tradicionales y ejercicios que imitan los movimientos de los animales. En el medio se escuchaban palabras de Lao Tsé, principios religiosos y máximas de no violencia. El único adorno eran las luces, que reforzaban el clima de concentración, y una suave música new age.
Este grupo de hombres delgados, de cabeza rapada y ojos rasgados, domina la energía -y cuando se habla de energía se hace referencia a la totalidad, física, espiritual y mental- de una forma que es imposible sustraerse a su fascinación.
El público percibe su influjo, pero a la vez se desconcierta. No sabe si debe aplaudir o permanecer en silencio, porque hay algo que indica que se debería optar por lo último. Sin embargo, la gente desea recompensar el privilegio de verlos, y entonces aparece el batir de palmas, unas veces con la mesura que da el respeto; otras, con un entusiasmo eufórico.
Son dignos, sencillos, austeros, y el show hace honor a los valores que enarbolan. Nada de actitudes circenses ni de efusiva ostentación de poder. Todo está montado en procura de no alentar la banalización. Sí están exaltadas la belleza, la constancia y el poder de la voluntad.
Y hay una frase que queda reverberando: "Lo rígido y lo fuerte son parientes de la muerte. Lo frágil y flexible son amigos de la vida".





