Morrissey, un artista irreverente y con agenda propia

Morrisey en el Direct Tv Arena
Morrisey en el Direct Tv Arena Fuente: LA NACION - Crédito: Rodrigo Néspolo
Alejandro Lingenti
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8 de diciembre de 2018  • 03:53

Fiel a su política de buscarse problemas aun con aquellos que lo adoran, Steven Patrick Morrissey se ganó en los últimos años la antipatía de unos cuantos fans y también de una parte importante de los medios de su país con una serie de declaraciones provocativas sobre los inmigrantes en Europa, el feminismo y los supuestos valores de la derecha racista británica. La recepción de su último disco, Low In High School (2017), estuvo muy determinada por esos malestares, que de algún modo obturaron la posibilidad de diferenciarlo más claramente de su antecesor, World Peace Is None Of Your Business (2014), también producido con criterios muy discutibles por el norteamericano Joe Chicarelli, pero notoriamente menos inspirado y eficaz.

Morrissey parece haberse hecho cargo de ese rechazo: en la lista de temas que armó para esta serie de shows fuera de Europa en la segunda mitad de 2018 -que incluyó el de este viernes en Buenos Aires- hay más temas de Viva Hate (1988), su debut solista, que de su última producción. Aunque, justo es decirlo, las elecciones de lo más reciente de su cosecha no son malas: "I Wish You Lonely", una canción hermosa y con todas sus señas de identidad más reconocibles, y "Spent The Day In Bed", edificada sobre la base de un teclado adictivo y orientada a despotricar contra la pesadilla de las obligaciones laborales sin insinuar ninguna solución proactiva porque, se sabe de sobra, no hay actitud más prototípica de Mozzer que la de refugiarse en la cama.

Dueño de un catálogo riquísimo, Morrissey tiene mucho para elegir y juega con esa ventaja, picoteando en diferentes etapas de su carrera en solitario y regalándoles a los persistentes fans de sus años iniciáticos con The Smiths dos clásicos ("How Soon Is Now?" y "William, It Was Really Nothing") y una sutileza ("Is It Really So Strange?").

De hecho, hubo en este reencuentro con el público argentino en el Direct TV Arena de Tortuguitas (un estadio impecable para quince mil personas pero al que es bastante complicado llegar, tanto en automóvil como en transporte público) temas de casi todos los discos solistas ( Vauxhall and I, Maladjusted, You Are The Quarry, Ringleader of the Tormentors, Y ears of Refusal) y hasta un single del '95 , "Sunny", que en su momento EMI lanzó a las apuradas para aprovechar el envión de Southpaw Grammar, un disco que Morrissey había editado con RCA antes de retirarse de esa compañía.

La selección no fue para nada obvia ni complaciente, pero sirvió para probar que el repertorio del mancuniano es realmente impresionante. Demostración categórica en ese sentido fue la afortunada aparición de "Life Is a Pigsty", una catedral de art-rock cargada de épica en la que Moz desplegó todos los matices de su voz única, todavía en condición irreprochable.

Sereno y atildado, pero también afectuoso (firmó la tapa de un vinilo que le acercó una fan, regaló dos de sus prendas al público), Morrissey también supo cómo descolocar una vez más a los que insisten, con una solemnidad a esta altura un poco agotadora, en exigirle una conducta intachable y, sobre todo, previsible: luego de amenizar la previa del concierto con una selección de videos superecléctica (de los italianos Giuda y Massimo Ranieri hasta Edith Piaf, pasando por David Bowie y Patti Smith), se animó a mostrar imágenes del escritor y activista negro James Baldwin -a pesar del revuelo que causó una remera con su rostro y una leyenda considerada ambigua que llegó a vender en algunos shows- y también imágenes de las recientes protestas de los "chalecos amarillos" en París. No es novedad. Moz siempre tuvo su propia agenda.

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