"Buenos Aires, I am a star!" El ex líder de The Smiths y la voz de una generación que jamás quiso crecer se reencuentra en Buenos Aires con la oscuridad de su propio mito; crónica y fotos
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"¿Se sienten perdidos?" "¿Se sienten solos?" "¿Como si a nadie le importase?" Uno no puede sentirse ni siquiera engañado porque esto es Morrissey en su fase más frágil, "Alma Matters", el corte más épico en todo Maladjusted (1997), su declaración de guerra sobre hacer lo que carajo quieras con tu vida a pesar del resto del mundo. Y todo en GEBA por casi una hora y media en 18 canciones se reduce a eso: Steven Patrick Morrissey a sus 52 de edad, en camisa sudada y jeans contra el resto del mundo, con una backing band que suena demasiado bien. No podemos dejarlo solo. OK, es el fin de su mini-gira por Argentina: Mendoza, Córdoba, Rosario. Pero el público casi sold-out no acompaña demasiado. No fue como su debut porteño en el Luna Park, año 2000, un hecho descomunal, o su vez anterior, Personal Fest 2004, un exceso de hits en guitarra. Es decir, o casi nadie se sabe la letra de "Alma Matters" o casi nadie está de humor para cantarla. Y el aplauso es flojo. Morrissey, que horas antes había hecho forrar con toallas el piso de su baño privado en el backstage, de vez en cuando lo recrimina. .
"Buenos Aires, I am a star!", fue lo que dijo al salir. Validó su propia estrella de inmediato: "First of the Gang to Die", "You Have Killed Me", o la hermosa "You're The One For Me, Fatty", de Your Arsenal (1992), la prueba viviente de que los gorditos merecemos amor. Esa banda, vestida en sus casacas que dicen "We hate William and Kate" no puede resultar tan sólida: Boz Boorer sigue ahí casi 25 años años después, el heredero de la primer ola psychobilly británica -puede que vuelva a mediados de año con su vieja banda, The Polecats-, más el trueno Fender del bajista Solomon Walker o Gustavo Manzur, que puede con todo: trompetas, sintetizadores, guitarra acústica y hasta acordeón. Y el catálogo Smiths explotó fuerte: "There Is a Light That Never Goes Out". Moz tiene la voz intacta para esto, quizá mejor que antes, mientras se aferra a la jirafa del micrófono y se quiebra en plena frase sobre la experiencia universal de ser joven, de amar demasiado, de que no te amen de vuelta y de no tener los cojones necesarios para reclamarlo. Sin embargo, hay críticas instantáneas: "Eh, ¡pero no agita!", "Está viejo", "¡Es un amargo!". Chicos, ya no es 1986 ni tiene un montón de gladiolos en el bolsillo del culo, a pesar de una foto de la era Viva Hate (1988) sea casi lo único en la pantalla durante todo el show. "Everyday Is Like Sunday", el clásico de ese disco sobre el pueblito costero que la bomba nuclear se olvidó de arrasar -que no es un pueblito sino un estado mental- viene justo después.
"When I Spoke To Carol", de Years of Refusal, su último LP de estudio, es una canción enorme, entre el redoble extremo del baterista Matt Walker y el staccato en acústica de Boorer más trompetas a cargo de Manzur. No se puede no bailar, y es precisamente ese sonido Morrissey que entra en un estadio mediano y nada más. Y lo que sigue es una indulgencia en Morrissey mismo, la oscuridad de su propio material, o su reverso más trágico. "Ouija Board, Ouija Board", sobre amigos muertos disponibles a través de médiums y brujería, duele bastante. Pero "I Know It's Over" es el punto más trágico en todo lo que hizo The Smiths precisamente. Moz se olvida del primer "oh mother", o no se escucha. El resto es una interpretación increíble, casi seis minutos de lamentación pura en una de las canciones más hermosas de todos los tiempos: el coro final parece interminable. En "Let Me Kiss You", Moz lo siente y se nota: su camisa azul vuela al público, mientras habla de abrir los ojos y encontrarse con alguien que despreciás físicamente. O "Meat Is Murder", más oscura que nunca, mientras la pantalla recorre filmaciones vintage de un matadero y la culpa de comer de vez en cuándo en McDonald's se siente por un momento. Es decir, ese catering 100 por ciento vegano no es un chiste. Manzur y Walker se enfrentan y los graves te arrancan las tripas en venganza. Es un audio bastante devastador. Morrissey puede ser así de doom metal.
Al terminar, la misma reivindicación que en Córdoba cuatro días atrás: que las Malvinas son argentinas, que todo el mundo lo sabe excepto el gobierno británico y que no culpemos al pueblo británico por ese tipo de decisiones. Más Smiths en fase gigante, entonces: "Please, Please, Let Me Get What I Want". ¿Alguien vio Pretty In Pink? ¿La escena de Duckie acostado en la intimidad de su pocilga mientras se autotortura un poco más con esa misma canción porque Molly Ringwald lo niega por un cheto buenote? Bueno, es eso mismo casi tres décadas después. Jesse Tobias dobla en guitarra el solo final en mandolina de Johnny Marr y los aplausos vuelan. "How Soon Is Now?" vuelve en versión Manchester 90s, para su final en crescendo y un aura de pista de baile para chicos sensibles que, indefectiblemente, se vuelven a casa solos y se quieren morir.
OK, Moz se va, ¿qué pasa? ¿No hay canciones rápidas de The Smiths al menos? Hay suficientes punks en la audiencia esta vez. Mendoza, por ejemplo, tuvo su cierre con "Still Ill", la recriminación máxima de Moz a una Inglaterra que jamás lo consideró como un miembro orgánico. Buenos Aires termina como "One Day Goodbye Will Be Farewell", de Years of Refusal. Está bastante bien, pero no es un clásico. Apenas termina, Moz se escapa a un auto que lo espera en el backstage. Ni siquiera hay una reverencia final.
Por Federico Fahsbender
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