Martes, a las 23
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Jugando a las damas
El nuevo unitario policial de Pol-ka monta una realización impecable sobre guiones regulares.
Canal 13 suele hacer de la calidad su bandera. Mientras sigue cada vez más lejos de liderar las mediciones de audiencia, al punto de que debió resignarse a luchar por el segundo puesto con Canal 9, es la emisora que apuesta más sistemáticamente a la ficción y a los productos elaborados para cubrir el horario central. La “calidad” en Canal 13 suele estar dada por cómo entiende “calidad” la productora Pol-ka: historias de género con relatos clásicos, buenos actores y un cuidado cinematográfico en la puesta en escena y en el soporte fílmico. Mujeres asesinas, como antes Botines, es puntualmente eso: casos policiales auténticos protagonizados por mujeres fatales y bien recreados por un elenco de renombre (Nacha Guevara, Cecilia Roth, Inés Estévez, entre otras).
“Monja”, el primer episodio, se ocupó del caso de Marta Odera, la religiosa que ultimó de 161 puñaladas a Marta Fernández, una vividora y actriz fracasada que abusaba de ella. La diferencia evidente de esta entrega con el resto de la programación televisiva es que el realizador Daniel Barone se permitió algunas florituras visuales que se apartan de lo estrictamente funcional. Barone salió a buscar imágenes elegantes para enriquecer la tira y demostrar que hay buen ojo. El guión, en cambio, fue por el camino contrario y se limitó a los hechos lavados. Los momentos más intrigantes quedaron sin desarrollo: ¿cómo llega una monja a compartir su techo con una vividora que la golpea? ¿Cómo es que un día se convierten en amantes? No hay respuesta alguna para estas preguntas. Sólo se ve la presentación de la monja y sus dudas ante la fe, la presentación de la abusadora, el encuentro, los primeros signos de violencia, más violencia, el asesinato. Fin. Lo más interesante de una ficción que habla de la realidad es que puede renunciar a documentar un suceso para aventurarse en interpretaciones posibles: no ser la reproducción de lo que pasó sino una lectura. Si aquí la hubo, se perdió en la agónica duración (44 minutos) del episodio.
De esto surge lo siguiente: hay un problema cuando la pretensión de hacer cine choca con las características de la tele. ¿Se puede contar una historia con sutileza y complejidad argumental en tres cuartos de hora con dos cortes incluidos? Así como el cine creció cuando dejó de tener la pretensión de ser teatro filmado, el llamado cine de qualité, y se concentró en desarrollar las posibilidades propias del medio, la televisión (y más una con medios tan escasos como la nuestra) se pone mejor cuando no tiene la pretensión de ser cine, cuando en vez de querer ser tevé de qualité –y los unitarios de Pol-ka lo son– busca su forma propia. Desde luego que cuando la pantalla está copada por chicos haciendo malabares, la tevé de qualité no sólo es bienvenida, es imprescindible.
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