Adolfo Abalos, la esencia del folklore

A los 86 años, el pianista prepara su nuevo disco
Gabriel Plaza
(0)
4 de diciembre de 2001  

Lo que Horacio Salgán es al tango y lo que Enrique "Mono" Villegas al jazz, Adolfo Abalos lo es respecto del folklore. Músicos que siempre quisieron al piano tanto como a su familia. Adolfo es un ejemplo de esa fidelidad a su instrumento. "No puedo estar un día sin tocar el piano", dice sentado al teclado que hay en la casa de su hijo Amílcar. Con 86 años, Adolfo Abalos sigue activo, compone y ofrece conciertos que siguen siendo una cátedra de folklore.

El músico viajó desde Mar del Plata, su residencia permanente, para recibir la distinción como Ciudadano Ilustre de la Provincia de Buenos Aires y dar uno de sus esporádicos conciertos, en el teatro Alvear, ante una sala llena, donde mostró alguna de sus legendarias composiciones y los temas de su próximo disco.

Durante la charla con LA NACION, en la casa de su hijo, Abalos, uno de los pioneros en introducir el piano en el folklore, recuerda las insólitas experiencias junto a los Hermanos Abalos, la amistad con Villegas, su pasión por la bioquímica, el nacimiento de sus composiciones más recordadas y devela los secretos del folklore tocando el piano, siempre con esa tranquilidad santiagueña, sin apuros y con muchas pausas.

Lo primero que anuncia es la preparación del segundo volumen de "El piano de Adolfo Abalos", con composiciones inéditas de folklore y tango. "El otro se vende bien, así que quisimos hacer la segunda parte con temas nuevos de folklore y dos tangos, todas composiciones que salieron en el último tiempo y no son conocidas, pero que son tan lindas como las que hice antes, nada más que la gente siempre se acuerda más de las primeras como "Agitando pañuelos", que todavía hoy se sigue cantando en todos lados", cuenta entusiasmado, en esta nueva etapa. Después de sesenta años con Los Hermanos Abalos con los que difundió por el mundo gatos, escondidos, zambas y chacareras, el pianista está iniciando un camino solitario bastante postergado, a partir de la edición de su primer disco el año pasado. "Siempre estuve con ellos y no quería hacer otra cosa por mi lado, hasta que después de mucho tiempo los hermanos más fumadores se enfermaron, el grupo se disolvió y entonces en esa soledad comencé a hacer mi música", cuenta Adolfo.

Abalos mantiene desde siempre una rutina diaria frente al piano. "Cuando uno viene con esta naturaleza hay que seguir haciendo cosas. Yo me siento al piano y por ahí surge un tema de tango o folklore. Es algo misterioso, como si alguien me dictara las cosas. Entonces tomo el lápiz, si me gusta lo dejo y si no lo tiro, pero son más las cosas que guardo. Igual, si veo algo que se me parece a otra cosa no lo toco. Uno después de mucho tiempo tiende a repetirse."

Crecido en una familia donde su mamá y su tía tocaban el piano y sus hermanos bailaban todas las danzas folklóricas, don Adolfo imaginaba otro destino. "Yo pensaba que mi vida iba a ser así -extiende las manos-; por un lado iba a tener el piano, por el otro la bioquímica y un laboratorio. Me recibí de farmacéutico, que era algo que me gustaba mucho y me había preparado para eso. Pero un día mi hermano Machingo me llevo a tocar a Radio El Mundo, para hacer un dúo. Después, llevamos a mis otros hermanos para darle más fuerza al conjunto y fue tremendo. Así empezamos."

El pianista pertenece a una generación de musiqueros santiagueños que introdujeron el folklore en otros ámbitos y marcaron un camino de docencia. "Todo lo que hicimos junto a los Abalos fue tratar de escribir el folklore como tenía que ser, porque había muchos músicos clásicos que sabían música, pero no sabían cómo se traspasaban fielmente esos ritmos al papel. Era como zapatear, y ellos no sabían bailar folklore; así que tampoco lo podían entender. Nosotros, en cambio, tocábamos y bailábamos sin pensar, era algo natural."

-¿Y era un grupo disciplinado o muy bohemio?

-Eramos de todo, porque el folklorista tiene que zapatear, tocar, enseñar y trasnochar. Nos levantábamos tarde y nos acostábamos tarde.

-¿Cuál fue el secreto para durar tanto tiempo juntos?

-Cada uno tenía su rinconcito y nos dividíamos los lugares. Machaco estaba para tocar la guitarra, pero también podía tocar el piano; Vitillo era el que más le gustaba tocar el bombo; Machingo se encargaba de las danzas y yo tocaba el piano, pero podía reemplazar a los otros, mientras que Roberto hacía las relaciones públicas y recopilaba leyendas. Era una cosa hermosa.

Los recuerdos se le vienen todos juntos. Comenta sin dramatismo la vez que viajaban por la ruta y el conductor se quedó dormido. "Dimos tantas vueltas que después no sabíamos la dirección para donde teníamos que seguir." O ese aterrizaje forzoso en avión, donde también venían Mariano Mores y Waldo de los Ríos. "Fue un día después del 25 de mayo de 1967. Habíamos ido a tocar a la embajada de Paraguay. El avión aterrizó de panza y fue a parar varias cuadras más allá. Nosotros llegamos a salir y todo explotó. De ésas nos pasaron unas cuantas misteriosas. Siempre tuvimos un Dios aparte."

La nostalgia santiagueña aparece cuando su hijo Amílcar le acerca un disco que el Mono Villegas hizo con toda la obra de Abalos en piano. "Villegas era un gran músico y una muy buena persona. Me acuerdo de una vez que se le dio por tocar toda la música clásica que estaba escrita. Tardó tres años. Un día vino a mi casa y gritaba como loco: "¡Terminé!"."

El destino musical los unió cuando compartieron aquel espectáculo antológico "El piano en tres dimensiones", donde también participó el maestro Horacio Salgán. "El encuentro no se pudo repetir porque todos vivíamos en diferentes lugares y teníamos otras obligaciones, pero fue una experiencia muy linda; los teatros se venían abajo cuando tocábamos a seis manos, jazz, tango y folklore."

De ese encuentro surgió una amistad muy profunda. Tanto que el Mono Villegas le dejó como herencia un piano para Marina Abalos, la hija menor de Adolfo. "Ahora ella es mi heredera, como mis otros hijos músicos. Lástima que repiten lo que nosotros ya hicimos. Es difícil inventar cosas nuevas. Pero estoy tranquilo porque también hay mucha gente que sigue mi camino, ya que he dejado mucha música escrita que se sigue tocando. Sé que mis composiciones me van a sobrevivir."

-¿Por qué piensa que sus composiciones se mantienen vigentes?

-Porque son lindas. El folklore debe mirar y tratar de imitar a los anteriores que dejaron cosas muy hermosas, pero con una nueva forma auténtica. Quizá tratando de acercarse a ellos, uno logra cosas bellas. Siempre hay que tener en cuenta que ellos nos están mirando desde arriba, por eso hay que conocer bien a los mayores, los que nos dejaron la sensación de la música para hacer cosas nuevas.

Adolfo Abalos vuelve al piano, se pone a jugar con las teclas. Toca zambas, canta vidalas, entona un tango suyo y un poco de jazz. "Se va armando", acota cuando se suma con la guitarra su hijo Amílcar. De repente deja las manos quietas, se queda pensando y suspira. "Bueno, la música es una cosa misteriosa y cuando uno ha nacido músico, no hay caso, hay que seguir adelante."

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Espectaculos

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.