Babasónicos y el viejo truco de apelar a la carta sorpresa
La banda presentó en directo Impuesto de fe, el disco en vivo en el que sus clásicos adquieren nuevas formas e instrumentaciones
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"Me los imaginaba más ruidosos, pero lo voy a disfrutar así." Parado sobre el lateral izquierdo del escenario, Adrián Dárgelos sacaba sus propias conclusiones sobre la reacción del público tras los primeros seis temas del show de Babasónicos en el Ópera. Y si bien es cierto que en la primera de sus cinco presentaciones en el teatro (entre anoche y el viernes, más dos fechas anunciadas para agosto) la audiencia estuvo más contemplativa que eufórica, el espectáculo que devolvió a la banda a la avenida Corrientes demanda una cuota extra de atención, con el riesgo de no poder apreciar el cuadro en su totalidad.
Impuesto de fe, el álbum que sirve como argumento de estas jornadas, es un disco en vivo en el que, lejos de la recreación fidedigna, Babasónicos echó mano de su propio repertorio y lo desmenuzó o engrosó, dependiendo del caso. Ese mismo espíritu gobernó su show en el Ópera, en el que la mayoría de las canciones se definieron por oposición a sus originales. "El colmo" estuvo dominada por la fragilidad del diálogo entre la voz de Dárgelos y la guitarra acústica de Mariano Roger, en un clima de absoluta fragilidad sólo quebrantado cuando el resto de sus compañeros se acoplaron al último estribillo. Y fue sólo el principio.
Después de sendas versiones de "Irresponsables" y "El pupilo", Babasónicos se zambulló en "Su ciervo" (Dopádromo, 1996), y lo hizo a su manera. Lejos de la descarga distorsionada de la original, la interpretación estuvo más cerca de una bossa nova oscurantista, un concepto ampliado desde su propia letra y que tuvo su correlato un par de temas más adelante en "Sin mi diablo", que sumó ritmos y percusiones tribales a su esqueleto rítmico. Este mismo esquema de repaso azaroso es el que hizo posible que en la lista -y en el disco- se sumase "Vampi", de lo más reciente de su cosecha, y que sea celebrado con el mismo ímpetu que un clásico, porque ya se perfila como tal.
Lejos de la grandilocuencia visual de otras oportunidades, esta vez Babasónicos dejó que la música funcionase como el hilo narrativo de su propio espectáculo. Más allá de un arsenal que incluía gongs, xilófonos y sets de percusión, su puesta en escena fue sobria y efectiva, basada en juegos de luces. Esa simpleza alcanzó su punto máximo cuando Dárgelos y el guitarrista Mariano Roger se quedaron solos en el centro del escenario y, sin aporte de terceros, desgranaron una versión preciosista de "Como eran las cosas". Casi en reflejo, el dúo mantuvo el mismo formato para "Celofán", tal como fue grabada en Romantisísmico, pero no faltó mucho para que sus demás compañeros se acoplasen y llevasen la canción a otro terreno.
La aparición de Impuesto de fe se engloba en una suerte de celebración por sus veinticinco años de carrera. Pero allí donde cualquier otro grupo hubiera hecho un repaso fidedigno por una lista de grandes éxitos, la lógica babasónica llevó las cosas por terrenos bastante distintos. Así fue como, además de distintas relecturas de sus canciones más representativas, durante el show aparecieron figuritas difíciles de su cancionero como "Letra chica" (un outtake de la reedición de Mucho), "Shambala" (que titula a un EP de 2015 que tuvo una tirada limitada en vinilo) y la barroca "Casualidad", cantada por Diego Uma. Más adelante, el tono melodramático de "Camarín" se convirtió en un experimento sonoro de oscilaciones y ruido blanco que, una vez que retomó su curso, encontró a Dárgelos cantando de pie frente la primera fila del pullman.
La relectura en clave ranchera de "Soy Rock" y el popurrí de "Zumba", "Yoli", "¡Viva Satana!" y "La roncha" fueron la confirmación de que la búsqueda y la reinvención son a esta altura una constante en Babasónicos, con una pieza que en cinco minutos alternó entre folk psicodélico, sexploitation y el western como parte de un todo coherente y variopinto que desató una ovación. A la reacción del público le siguió el agradecimiento de la banda con los brazos en alto, casi sin mediar palabras. Como el propio Dárgelos lo dejó en claro más temprano al justificar sus escasas intervenciones: "Hablar, qué tentación. Silencio, qué maravilla".
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