
Buenos Aires, ciudad musical
Cuando, hace unas décadas, llegué a Buenos Aires y empecé a despabilarme y a frecuentar el medio en el que habría de sentirme luego como pez en el agua, oía decir que esta capital de la Argentina era uno de los grandes centros internacionales de la música. Claro, yo lo aceptaba, por el respeto que me suscitaban las personas que así opinaban, pero también porque la realidad se me imponía. Las formidables orquestas que llegaban hasta aquí, los instrumentistas, cantantes y directores de orquesta que nos hacían tocar el cielo con las manos, la audición de obras de una belleza e imponencia inauditas, las entidades musicales (algunas desaparecidas, otras llenas hoy de proyectos futuros) y un público fervoroso, todo contribuía a hacer de esta ciudad un paraíso de la cultura musical. Y como si eso fuera poco, este Teatro Colón que, por su acústica e imponencia, nos envolvía y nos unificaba en una radiante felicidad. Un Colón al que íbamos -e iremos- no para "ser vistos", sino para hacer nuestra vida más digna y feliz.
De todas maneras, siempre me preguntaba por aquellos años, sin atreverme demasiado a expresarlo, si era totalmente aceptable lo de "gran centro musical", cuando la "grandeza" venía de afuera. La de "adentro" permanecía a veces (no siempre, es cierto) relegada. Tenía ya entonces la sensación de que sólo podríamos estar seguros de la importancia musical de Buenos Aires cuando esa magnificencia fuera fruto auténtico de nuestros propios valores y esfuerzos.
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Desde hace unos años, sometidos como país a turbulencias sin cuento, vengo encontrando la respuesta a aquellas sospechas. Sin perder de vista los niveles, a menudo insuperables, de perfección que encontramos en los países del primer mundo, en cuanto a orquestas, conjuntos de cámara, teatros de óperas y organización responsable de esas actividades, es posible ser ecuánimes al aceptar que es impresionante el número de emprendimientos que se nos ofrece diariamente en esta ciudad, así como la calidad de muchos de nuestros intérpretes, el entusiasmo para crear nuevos conjuntos de cámara, como está ocurriendo, y la creatividad de los compositores. Es una pena que algunos aficionados de ayer se hayan recluido en sus casas, a falta de aquellas inolvidables vivencias, y prefieran como única opción el consuelo del disco y el espectáculo filmado. Porque la experiencia del momento, en música, es digna de ser vivida, con el añadido de que contribuimos con nuestra participación a crear un humus cultural cada vez más fecundo.





