
Callejeros cerró el festival con amigos
Fuerte operativo de seguridad
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SAN ROQUE, Córdoba.- Policías: 500. Seguridad privada: 400. Helicópteros: 2. Cacheos: múltiples. Ver a tu banda favorita, bueno... Eso es incalculable. Es que hay cosas que se pueden mensurar, pero otras son indescriptibles. En la jornada de anteayer, la tercera y última del séptimo Cosquín Rock, las previsiones y la paranoia se sentaron a la misma mesa de Defensa Civil, el jefe de policía de Córdoba, la Cruz Roja y la organización. Juntos diseñaron un operativo extraordinario de seguridad, que contrastó con el clima relajado de los días anteriores. El objetivo: asegurarse de que el público que llegara en gran número para ver principalmente a Callejeros estuviera contenido en todo momento, tanto dentro como fuera del predio.
Desde que Callejeros confirmó su intención de volver a tocar tras la tragedia de Cromagnon, que el 30 de diciembre de 2004 les costó la vida a 194 personas, otra historia comenzó a escribirse. Las noticias de sus posibles shows y las denegaciones para tocar de intendentes y jefes comunales se convirtieron en casi la única información que rodeaba a la banda. La otra, claro está, tenía que ver con los avances concretos en la investigación por el esclarecimiento de la tragedia.
Así fue como el show "del regreso" del 21 de septiembre en el Chateau Carreras y el realizado posteriormente en La Rioja se convirtieron en las únicas oportunidades para ver a la banda de Villa Celina. Mientras tanto, las sensaciones de los viejos seguidores, los nuevos, los sobrevivientes de Cromagnon que siguieron acompañando al grupo y los que nunca le perdonarán lo sucedido aquel día siguieron su curso.
"¿Costó llegar, no? Vamos a disfrutarlo en paz", dijo Patricio Santos Fontanet y, acto seguido, Callejeros comenzó con un set que duró 90 minutos, pero que tuvo varios capítulos. Más tarde, el cantante fue hasta el escenario temático para sumarse al show de La Covacha y, para el cierre, integrantes de Callejeros, Jóvenes Pordioseros y El Bordo se unieron en escena a Los Gardelitos -programados para el cierre- para improvisar un final juntos ("Vicioso, jugador y mujeriego") pero, sobre todo, para ponerle el corolario al mensaje que todas las bandas dieron desde temprano: estamos unidos y pensamos seguir estándolo; Callejeros debe continuar con su carrera y los que estén en desacuerdo deberán aprender a convivir con esto. ¿Estaremos listos?
Desde el escenario no se apeló al recuerdo de las víctimas. En palabras secas, se entiende, esas que se pronuncian entre tema y tema. Porque en el contenido de las canciones, las letras con destino de presagio y los tributos posteriores se daban la mano.
Con pertenencia
Una multitud de 35 mil personas completaba el panorama en comunión con la banda. Y ese comienzo de las 19.45 con "Daño" desató lo demás. Llantos desencajados, lágrimas, broncas, insultos soltados al aire... En fin: manifestaciones de una espontaneidad espeluznante. Entonces, sí, después de comprobar lo que minutos antes de entrar al predio se nos cruzó por la cabeza, era hora de manifestarlo. En lo social, Callejeros había pasado a convertirse en lo más cercano posible al fenómeno protagonizado por los Redonditos de Ricota. En lo musical, en cambio, seguían a años luz del Indio Solari y compañía.
Temprano, El Bordo subió al escenario principal con la clara señal de "hacerle el aguante" a Callejeros. Hizo lo suyo, alargó su participación para darle tiempo a la gente que entrara al predio para ver a la banda de Villa Celina y, cuando se quedó con las manos vacías, se retiró.
La organización sacó a una banda del tercer escenario y la llevó al principal para seguir haciendo tiempo: Perro Ciego, salteños de rock clásico que lucieron ajustados y sonaron mucho mejor que el grupo que los precedió. Finalmente, Callejeros tomó la posta, interpretó en una hora y media temas como "Sonando", "Una nueva noche fría", "Si me cansé", "Presión", "9 de Julio" y "Prohibido"; invitó a escena a Eli Suárez, guitarra y voz de Los Gardelitos, así como también a los vientos de Dancing Mood y a los cordobeses de La Coca Fernández. Pero también agradeció una y otra vez el apoyo de las bandas amigas y se pronunció poco y con bastante desprolijidad. "Es una felicidad tener el escenario a disposición para poder entretenerlos y divertirlos, que es la finalidad de todo esto, ¿no?", dijo Fontanet.
Cielo Razzo, Jóvenes Pordioseros y esos padrinos de esta nueva generación de bandas que son los Ratones Paranoicos se encargaron de la continuidad. Sólo Juanse y los suyos entregaron razones musicales de peso. Por suerte, para el cierre había quedado un grupo que también contaba en su poder con elementos más duraderos que los del aguante: Los Gardelitos, un trío de guitarra, bajo y batería con el Zorzal Criollo como leit motiv , su fundador como guía (el ya fallecido Corneta Suárez), y el sudoeste de Buenos Aires como karma reconvertido en inspiración para sus letras ("Anabel fuma marihuana, Anabel tiene una hermana, que está sola, triste y deprimida y mira la tevé").
Hubo muchas banderas. Es el legado del rock futbolizado que sobrevive a las bengalas, y es entendible que esto suceda. El apego y la pertenencia por estos grupos que se suelen reunir en la denominación vacía de "rock barrial" tiene su respuesta en la pertenencia, en la necesidad de aferrarse a algo que se distancie del gris inalterable de la vida cotidiana. Por eso, los términos "misa", "religión", "comunión" y "liturgia" son algunas de las partes de un rompecabezas complejo de armar, pero, sobre todas las cosas, aún más difícil de esclarecer.
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