
Chavela Vargas hizo vibrar al Luna Park
"Chavela Vargas canta al pueblo argentino". Músicos: Miguel Peña y Carlos Allende (guitarras). Estadio Luna Park.
Nuestra opinión: muy bueno
Desde el vientre de la tierra, la energía de su canto emerge por su garganta como un trueno y se proyecta a través de sus brazos en cruz. Parece tan cercana y a la vez tan lejana que su figura puede tornarse irreal. Pero está ahí, desnuda en ese grito primal y desmedido con sabor a tequila y rabia de amor, secundada por dos guitarristas, cubierta por su poncho rojo y sacramentada por su orden de chamana indígena.
La letra erótica y salvaje de "La Macorina" enciende la fragua de su canto. Como un susurro al oído, Chavela repite y gime al público eso de: "Ponme la mano aquí Macorina, ponme la mano aquí", un son que cimentó su leyenda negra. Un Luna Park lleno la ovaciona de pie durante varios minutos. La escena será una constante a lo largo del concierto.
Chavela devuelve tanta emoción con un intenso concierto cercano a las dos horas. Con ternura y cariño replica los exabruptos de un público que parece querer sacarle el protagonismo con sus comentarios. Ella los deja mudos con esa voz que electriza el aire cuando canta esos boleros fatales o las rancheras como "Un mundo raro", de José Alfredo Jiménez, donde se define: "Y si quieren saber de mi pasado/Es preciso decir otra mentira/Les diré que llegué de un mundo raro/Que no sé del dolor, que triunfé en el amor/Y que nunca he llorado". A cada tema le sigue una explosión del público.
Ella oficia un pequeño ritual. Se concentra antes de cada canción, como si le prestara el cuerpo a esa historia de tres minutos. Se ancla con sus pies bien a tierra. Apenas algunos gestos con sus manos, que a veces se mueven ondulantes, se elevan hacia arriba o entrelazan como en un rezo profundo. El temblor aparece con cada quejido vital, cuando se desangra en esas historias de amores desencontrados, experiencias existenciales y sentimientos a flor de piel que surgen en "Soledad", "Vámonos", "Luz de luna" o "Amanecí en tus brazos".
La artista, que se hace acompañar por el público en algunos temas, invita al escenario a la folklorista Negra Chagra. Juntas hacen una increíble versión del tema de Facundo Cabral "No soy de aquí ni soy de allá". Mientras que otra amiga, la bailaora Sara Baras le rindió tributo con su baile flamenco.
Ceremonia
Sin escenografía y con unos arreglos florales, más adecuados para otro tipo de ceremonias, Vargas llenó con su sola presencia el amplio escenario. La puesta despojada y dos correctos guitarristas equilibran la desmesura de su voz, que genera un magnetismo irresistible. Por algo las siete mil entradas para este concierto gratuito se agotaron en apenas dos horas. Por algo su figura sigue generando comentarios.
Pero a la vez la cantante se para sobre la mitificación de su figura, el templo sagrado en el que la quieren encerrar, para mostrarse sencilla, pícara y humanamente carnal. Dialoga con el público y le dedica piropos: "Todos son míos y yo soy de todos". La parte mística aparece con la música. A veces sus canciones duelen como puñales o son un pasaje a un mundo con sus propias leyes. Por ejemplo, en "Las ciudades", juega en su interpretación con un tono de borracha empedernida, cantando sus penas de amor en un mostrador de cantina. Así, logra que cada tema tenga una atmósfera diferente y en su voz todos resulten creíbles.
"Premio Nobel"
Dentro de su repertorio de boleros sobresale su versión de un tema al que, según ella "habría que darle el Premio Nobel": "Canción de las simples cosas", de César Isella. La honda búsqueda emotiva hace de su recreación de ese tema uno de los puntos más emotivos de la noche. Chavela reinventa la canción y le da un nuevo significado. Es una manera más de homenajear a un país al que dice que ama profundamente. "Desde que la señora Argentina me presentó a su hijo Buenos Aires supe que nos íbamos a enamorar", dice, con su poética forma de hablar.
En la última intensa media hora del concierto la cantante recurre a esos temas emblemáticos de su historia artística. Los que fueron redescubiertos en las películas de Pedro Almodóvar y la volvieron la sacerdotisa del canto mexicano, siendo costarricense. Así extrae de sus recuerdos la emoción primaria de "El último trago", con todo el público coreando la canción. Después hace "La llorona", una de sus creaciones más bellas en su simplicidad y cadencia. Al límite del compás la intérprete susurra cada uno de los versos logrando un silencio de misa. De golpe, con un giro de su voz, toda su expresividad sale nuevamente a la luz para terminar con todo el público explotando en una ovación de varios minutos.
Sin dar descanso, la artista arremete con la ranchera "A puro valor", que emociona con una letra que identifica la experiencia de Chavela. "A puro valor he cambiado mi suerte/hoy voy hacia la vida y ayer iba a la muerte." Y cerca del final y entrando en los bises se despacha con el clásico "Volver, volver", otra vez acompañada por un coro multitudinario, al que agradece con una frase contundente: "También el dolor se canta cuando no se puede llorar". El final perfecto de su concierto es con "Piensa en mí" y una copla de Yupanqui que regala al público a modo de despedida: "Hay algo más importante que Dios, y es que nadie escupa sangre para que otro viva mejor".






