
Donde hubo fuego, cenizas quedan
The Doors, con Ian Astbury en voz, actuaron anteanoche
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"La música es tu única amiga... hasta el final" ("When The Music is Over", 1967, The Doors).
Anteanoche, cerca de 25 mil personas se juntaron en Vélez para ver: un eclipse, un espectro de estrella de rock, un imitador y dos músicos mayores de 60 años que alguna vez compusieron una música maravillosa, distinta, fuera de su época. Y también se acercaron a este combo circense de miércoles a la noche para aprobar o desaprobar con el pulgar al hombre que intentará, sabiendo ya la travesía imposible, reemplazar lo irreemplazable.
"¿Cómo será ver a The Doors sin Jim Morrison?" fue, durante el último mes, la pregunta obligada para quienes al menos hayan escuchado un par de veces aquella frase retorcidamente sincera de "When The Music is Over". The Doors con Ian Astbury, cantando la poesía rebelde del finado Jim Morrison, en Buenos Aires. Con una noche de eclipse lunar especial para románticos, aspirantes a astrónomos, hombres lobo y adoradores de cultos a bandas con jóvenes rockeros muertos devenidos poetas malditos.
Así las cosas, Ray Manzarek y Robby Krieger (tecladista y guitarrista de The Doors, de 65 y 58 años respectivamente) salieron a escena después de 30 años a tocar aquellas canciones. Una detrás de otra, empezando por "Roadhouse Blues".
Momento intenso número uno: el ex cantante de The Cult se parece mucho a Morrison. Lo imita; parece una performance. Actúa bien, pero actúa. Se viste de Rey Lagarto y sus gritos (una de las artes que mejor aprovechó en vida el señor Morrison) no entran en el mismo lugar que en el disco doble en vivo de The Doors... Bueno, confirmado: Ian Astbury no es Jim Morrison.
Sin dar respiro, momento intenso número dos: el pueblo rockero argentino quiere saber de qué se trata. Muy lindo el eclipse justo arriba del escenario, pero desde el fondo no es lo mismo. Las primeras filas exclusivísimas (con valor de $ 200) vuelan por el aire y la cancha que se intentó vender como anfiteatro vuelve a ser cancha. Con fogata incluida y mucha gente decepcionada.
¿Jóvenes bailando alrededor de una pequeña fogata al compás de "Break On Through"? Las 25 mil personas que llegaron al estadio por cierto no lo esperaban, pero también vieron la escena, como en la película de Oliver Stone, pero filmada en Liniers, en vivo y en directo. Llegan los bomberos, la banda no se detiene (en esos veinte minutos de caos Krieger se salvó por muy poco del desubicado lanzamiento de restos de sillas rotas) y todo intenta normalizarse.
Arriba del escenario, un tipo cada vez más parecido a Jim Morrison, con el mismo registro de voz, acompaña a dos viejitos en estado de trance (ni ellos mismos se habrán atrevido a pensar en tanta euforia, en un lugar tan lejos de su hogar, tantos años después) en sus delirios psicodélicos repletos de códigos de cultura rock. Uno detrás de otro: "Love Me Two Times", "Moonlight Drive", "People Are Strange", "When The Music´s Over". "Peace Frog", "L.A.Woman", "Riders On The Storm", "Light My Fire".
Canciones de más de diez minutos, un pianito que incluso un vietnamita podría reconocer muy a distancia, acordes perfeccionados por la leyenda y un baterista joven, de ajustado timing para hacer olvidar, no sin cierta nostalgia, al borroneado por la historia John Densmore.
Fueron dos horas de concierto de un grupo de rock que, a mediados de los años 60, se inventó a sí mismo musicalmente y que, desde 1971, despierta pasiones extramusicales como ninguno. En especial, en un país como la Argentina, con una extensa trayectoria de adoración rockera masiva hacia artistas como The Rolling Stones, Creedence, The Ramones, AC/DC o, sin ir tan lejos, Sumo y los Redondos.





