El fado, un misterio que Misia intenta develar
La cantante portuguesa trae su particular e intensa interpretación del nostálgico género a la sala sinfónica del CCK
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Misia entró en los libros de historia de la música de Portugal con su primer disco, en 1992. Fue un punto de quiebre, el comienzo de una nueva época para el fado. La escritora lusitana Augustina Bessa definió su manera de cantar de forma certera: "Esta mujer tiene una espina clavada". Después de haber grabado y colaborado con artistas de distintas disciplinas como Iggy Pop, Maria Bethânia, el cineasta Patrice Leconte, la actriz Isabel Huppert, la fotógrafa Sophie Calle y el bailarín Bill. T. Jones, el presente de Misia está envuelto de una sensación de beatitud. "Lo que quería hacer en el fado ya lo hice. Estoy contenta con lo que tengo. Podría cerrar la puerta e irme", confiesa en Buenos Aires, donde llegó para presentarse en el CCK con dos programas distintos: Para Amalia, ayer, y Do primeiro fado ao último tango, hoy.

Misia contempla el horizonte recortado por el Río de la Plata, que se ve desde el ventanal de La Cúpula, como queriendo descubrir el sentimiento de saudade de los inmigrantes que vinieron a esta ciudad. Ella es hija de la diáspora. Nació en Oporto, se crió con su abuela en Barcelona y de adulta se mudó a París. Siempre se sintió un poco extranjera, una viajera en permanente tránsito, como el fado. "Siempre me sentí en la periferia, en el borde, como quien dice corrida de foco. El hecho de ser hija de madre catalana y padre portugués me hace estar en el fado de una manera especial. Una de las imágenes que más me identificaron en mi vida fue en Hong Kong, en un mercado de aves. Las aves estaban dentro de jaulas pero colgadas de los árboles. Ésa soy yo, me dije. El pájaro está en un árbol, pero en una situación que no es nada natural".
-¿Cómo es la conexión con una ciudad de historia inmigrante como Buenos Aires?
-Me han pasado cosas sorprendentes aquí. La primera vez que vine fue al San Martín, hace como 20 años. Recuerdo que cuando puse el pie en el escenario oía gritar "diosa", "diva", como si estuvieran esperándome. Fue rarísimo. Después fuimos a un sitio llamado Gandhi, donde había tango y unos señores de una mesa se dieron vuelta y se pusieron a cantar una de las letras de mi fado. Una historia de amor verdadero con Buenos Aires.
-El disco Para Amalia es un tributo a Amalia Rodrigues, algo que se había negado a hacer en sus comienzos como cantante.
-Me pareció más prudente y honesto no empezar mi camino cantando los éxitos de Amalia o vistiéndome como ella. Cuando empecé busqué poetas, compositores y sonoridades originales y canté algún tema de Amalia como "Lágrima", pero sin apoyarme en su repertorio. Ahora, tras 25 años de mi propio camino, me atreví a hacerle un regalo personal. Amalia era más que una artista de fado. Fue una artista del mundo antes de tiempo. Cantó en portugués, pero también hizo rancheras, boleros, tangos, canciones napolitanas, sicilianas, canciones en inglés y francés. Agotó todos los adjetivos.
-Después de una voz como la de Amalia, ¿cómo se canta el fado?
-No soy una persona a la que le gusta mostrar mucha voz. Soy una voz personaje, no una voz performativa. No le doy atención a la voz, es un instrumento sólo para la emoción. Nosotros somos médiums. Lo importante es lo que dices con la voz. Voces como la de Jacques Brel no dirías que tienen una voz bonita, pero lo importante es lo que está contando, lo que produce. Yo soy de esa escuela. No es circo. A veces sólo hace falta que se escuche una respiración.
-Pero a la vez hay un cierto signo trágico que envuelve su personaje sobre el escenario.
-Yo soy igual abajo que arriba del escenario. Lo que pasa es que en el escenario puedo ser mucho más de todo. Puedo ir de Medusa a Bambi. Soy ese tipo de mujeres intensas y volcánicas como Violeta Parra.
-Una vez dijo que el fado es como caminar en medio de la neblina.
-Sí, es como una bruma. Cuando lo canto voy a lugares que no conozco de mí. El fado es un misterio que toca sitios que están en mi infancia. Es una música que escuchaba a los seis años y de alguna manera cuando canto voy a esos lugares. Toca cosas que siempre estuvieron ahí. Es epidérmico, telúrico, es todo eso. Me sorprende siempre, porque es incontrolable.







