El romanticismo sin cursilerías y con muy buen humor

Jorge Luis Fernández
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14 de agosto de 2017  

Armando Manzanero y Alejandro Lerner / Presentación de A dos pianos tour / Sala: teatro Gran Rex / Función: el viernes / Nuestra opinión: bueno

Dos planos, dos voces y repertorio imbatible
Dos planos, dos voces y repertorio imbatible Crédito: DIEGO SPIVACOW / AFV

"Hoy va a ser todo romántico, ¿OK?", dijo Alejandro Lerner al iniciar su tanda, tras la apertura de su compadre en el romance, el mexicano Armando Manzanero. "Si están de novios, agárrense de las manos. Y si hay alguien solo al lado agárrenle la mano, también." Lerner estaba de buen humor, pero era innecesario aclarar que se trató de una noche romántica; su promocionado concierto a dos pianos con Manzanero era como la versión bolerística del dúo Barenboim-Argerich, aunque tampoco debió tomarse la consigna al pie de la letra. Detrás de los dos pianos había una banda de guitarra, batería, bajo y dos teclados, que acompañó al dúo la mayor parte del tiempo. De hecho, el conjunto inició el show acompañando a Manzanero, que se paseó por el escenario ante un público enardecido, cantando "Somos novios", mientras tiraba besitos al público.

Tras el ritmo salsero de "Aquel señor" (donde destacó el baterista Manuel Caizza), Lerner salió vigoroso a escena con "Dame", y la banda pareció Earth, Wind & Fire sin la sección de vientos. Después hizo una gran intro al piano de "Cuando una mujer", que descolló por sus acordes jazzeros, spinetteanos. En "Verte sonreír" se desdobló la imagen del cantante con la de su propio yo mucho más joven, en pantalla gigante, cantando en sincronía desde el videoclip de la canción, en la cama junto a una muchacha. Lerner estaba presto para el humor, pero también para la nostalgia. El verdadero concierto a 2 pianos llegó con "No hace falta", quizá la mejor composición del argentino, que intercaló versos con Manzanero. Pese a haber pasado la barrera de los sesenta, Lerner aún sigue cantando bien, y en "No hace falta" están todos los ingredientes que lo hacen un compositor identificable, esa condensación de soul, Beatles, rock nacional y bolero, con dosis equilibradas.

Manzanero arrancó su segundo set con "Contigo aprendí". Sus acordes quebrados de jazz suscitaron una ovación del público, que siguió con desafinado destino la canción desde el primer verso. Cuando se cansó del coro desafinado, el mexicano se levantó del piano e hizo el primero de varios stand-up. Contó que es oriundo de la península de Yucatán, que su sangre es mayormente indígena, más precisamente maya, excepto por la de algunos españoles que alimentaron a sus antepasados. Después afloró su irredimible corazón romántico; contó una enseñanza de su abuela: "El buen amor te ocupa toda la vida y todo el cuerpo", y arremetió con "Nos hizo falta tiempo". Pero su mejor aporte fue una rendición despojada de "No sé tú": solo con su piano y su voz cascada, Manzanero dejó en offside a la más internacional y popular versión pomposa de Luis Miguel.

A dúo, Manzanero y Lerner interpretaron una pasatista versión de "Esta tarde vi llover". Hubo un paso de comedia entre ambos y el argentino presentó a la banda, en la que destacaba el inoxidable Gringui Herrera en guitarra eléctrica. Pidió que lo aclamaran como si fuera Arjona y entregó una versión en ritmo de reggae de "Secretos". Le siguió "Hope", el corte difusión de Auténtico, su nuevo disco, ganador en los últimos premios Gardel. "Hope" es una buena canción que, con infusión del tesoro beatle, rescata al mejor Lerner de los años ochenta. Tras una destacada intervención de Herrera en guitarra hawaiana, Lerner empezó a jugar con sus chicas como un antihéroe romántico; dialogó con el público, hizo cantar a los señores en "Después de ti"; su humor parecía no tener freno.

La nostalgia se apoderó del concierto tiempo después. En pantalla gigante se proyectaron diversos encuentros entre Juan Alberto Badía y Alejandro Lerner mientras la banda interpretaba "Todo a pulmón"; el cantante, conmocionado, recordó a Badía como un cruzado del rock nacional contra viento y marea, y luego se levantó del piano para cantar a capela y sin micrófono las últimas estrofas de la canción. Fue un oasis en medio de una noche destinada al romanticismo más inveterado, sazonado por un humor imprevisible, espontáneo. Lo más destacable del recital fue que los dos artistas, pese a sus décadas en el mundo de la música, no parecen dispuestos a ser tomados en serio. Y eso, en una escena que navega entre lo cursi y una vanidad disfrazada de profesionalismo, vale más de lo que ofrece a simple vista.

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