
Gilberto Gil, brasileño y universal
Presentación de "Electroacústico" , recital de Gilberto Gil. Anteayer, en el teatro Gran Rex.
Nuestra opinión: muy bueno
Como buen tropicalista, Gilberto Gil es un políglota que conversa con géneros y músicas que se mixturan en su delicioso caldo bahiano, donde aparecen la frescura rural del baión y el forró y la vibración del reggae y el pop beatle. Eso envuelve a sus conciertos de una energía especial que termina poniendo a todo el público en la misma frecuencia festiva.
Fuera del teatro, todavía resonaban los ecos de las marchas en contra de la visita de Bush. Adentro, Gilberto hizo su propio manifiesto. Su discurso fue musical y contundente. No ofició de ministro de Cultura de Brasil, sino que apareció sobre el escenario del Gran Rex vestido íntegramente de blanco, liviano y ágil, con sus dreadlocks atados con una colita, su guitarra naranja y la sonrisa franca y amplia, como la de un niño, que contagió enseguida a todos.
Su música tiene el delicado equilibrio entre la cadencia bahiana y la incorporación del rock anglo, incluido de una forma tan natural como su identidad afro. Comienza cantando los temas de su último CD, "Electroacústico", para reivindicar su origen y condición de artista popular con las canciones "Refavela" y "Andar con fe", ambas dedicadas a los sectores más humildes de Brasil.
En "Chuck Berry fields forever", comienza con sus citas musicales a otros géneros, su referencia indirecta a su exilio londinense en los años setenta, su mutación eléctrica y bilingüe y su falta de prejuicio para sonar brasileño y universal. Desde esa plataforma salta hacia otros clásicos de la música popular. Encara con una deforme versión del tango "Cambalache" como una manera de exorcizar su propia tarea en el mundo de la política, y canta: "El que no llora no mama y el que no afana es un gil", señalándose y logrando la aprobación de la gente.
Lejos de querer aparecer como un hombre escéptico, Gilberto apela a su humor y a su propia versatilidad para contraponer ese pensamiento con "Imagine" de Lennon, en una exquisita cadencia bossa nova que muestra su otro costado cuando dice: "Dirán que soy un soñador, pero no soy el único".
La plasticidad musical de su banda le permite pasar del sonido eléctrico y roquero al más puro samba tradicional, con pandeiro y mandolina incluidos, para homenajear a Chico Buarque con "A Rita" y recordar "Aquele abraço", una gema de Gil de los sesenta. Pero el tributo grande de la noche llega cuando se sumerge de lleno en el repertorio de Bob Marley, que plasmó en el notable CD "Kaya N’Gan Daya", editado en 2002, para levantar al público de las butacas y ponerlo a bailar.
Con el groove de los Wailers y una pátina sonora esencialmente de una banda nordestina, Gilberto arremete con clásicos como "Rebel music", "Could you be love", "Positive vibration", "Is this love", "Three little birds" (incluido en "Electroacústico") y el clásico "No woman, no cry", pero en portugués, para darles su propio carácter bahiano y a la vez transmitir el sonido jamaiquino y la filosofía rastafari, de regreso a la tierra prometida para los africanos. Fue el punto más alto de un concierto que pasó por el recuerdo del maestro del baión Luis Gonzaga, del grupo Paralamas con "Alagados" y clásicos de su cosecha, como "Loco por ti América". A lo largo de dos horas de concierto, Gilberto Gil repasó buena parte de las transformaciones, influencias y relecturas sobre la MPB, con la intensidad y la buena vibración que le sabe poner este gurú multifacético, alegre y festivo, guerrero zmubí y ministro de la nación bahiana, que a la vez se muestra como un ciudadano del mundo.
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