De los pubs al calor de las masas, la vertiginosa carrera de Soda Stereo

Con su banda emblemática, conquistó América latina e impuso una nueva manera de hacer rock en el continente
Sebastián Ramos
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5 de septiembre de 2014  

Interior. Bar Einstein. Principios de los años 80. Roberto Pettinato, barbudo saxofonista de Sumo, se acerca a Gustavo Cerati, cantante de Soda Stereo de raro peinado nuevo, y vaticina: "Ustedes van a ser como los Beatles; nosotros vamos a ser los Rolling Stones".

Soda Stereo fue la primera banda en replicar la beatlemanía en América latina y su influencia en el rock en castellano fue sin dudas tan potente como lo fue la de los cuatro de Liverpool para los anglohablantes.

Luego de dos años deambulando por pubs de la Capital Federal y el Gran Buenos Aires junto con grupos como Los Twist y Sumo, el trío accedió a la posibilidad de grabar su primer álbum, Soda Stereo (1984). "En las primeras presentaciones que hicimos, nos hicieron firmar un contrato tan leonino como cualquiera -dijo Cerati sobre aquel primer hito discográfico de la banda-. Horacio Martínez [que descubrió a otros talentos nacionales como «Tanguito»] nos ofreció grabar nuestro primer disco, pero quería que hiciéramos covers de los años 60, amplificar su propio gusto por esa época new wave. Nosotros estábamos totalmente en contra y la posibilidad de grabar el álbum quedó congelada casi un año, hasta que Federico Moura los convenció."

El cantante de Virus se convirtió así en el productor de un álbum que fue signo de los tiempos durante la primavera alfonsinista y que incluyó hits urgentes de pista, como "Mi novia tiene bíceps", "Dietético", "Sobredosis de TV", "Te hacen falta vitaminas" y "Un misil en mi placard".

Un año más tarde, Nada personal fue el disco que encendió la mecha y marcó a fuego la década de los 80. Por sonido, por actitud y también por esos peinados que desafiaban la ley de gravedad gracias a una mezcla de jabón, cremas y aceites. Con este disco, Cerati se recibió de comunicador pop social, comprometido con el tiempo mediático que se presentaba ante sus ojos. Nada personal y la firme convicción de bailar hasta cambiar la piel.

De allí en más, álbum tras álbum, la banda incorporó texturas, investigó sonoridades de aquí y de allá, tomó prestados estilos definidos y devolvió canciones con sello propio. Con Signos (1986), su tercer álbum, el trío dio el salto creativo y conceptual que lo desmarcó del resto de los grupos argentinos contemporáneos. Con ese disco, además, Cerati pasó de ser considerado un niño frívolo amante del baile discotequero a ser visto como un inteligente y retorcido compositor de canciones introspectivas. "Sin sobresaltos", "El rito", "Prófugos", "Persiana americana", "En camino" y "Final caja negra" son algunas de sus creaciones más oscuras.

Los últimos años de la década de los 80 los encontró de gira permanente, con conciertos récord en el país (dos veces en la 9 de Julio, ante más de 100.000 personas) y con un álbum grabado en Nueva York, producido por el puertorriqueño Carlos Alomar (reconocido por su trabajo, entre otros, con David Bowie), con groove funky y su primer (y único) rap escondido en uno de sus temas. Eso sí, con la contradicción como materia prima de su obra, el disco giraba conceptualmente en torno a cierta nostalgia porteña. Ésa fue su Doble vida (1988), el álbum de la foto de tapa tomada frente a la Plaza de Mayo que incluyó el himno-canción dedicado a Buenos Aires: "En la ciudad de la furia".

"Me verás volar por la ciudad de la furia, donde nadie sabe de mí y yo soy parte de todo", cantaba Cerati en esa suerte de carta de amor que le escribió a Buenos Aires después de vivir en estado de sodamanía latina permanente. "Después de tanto tiempo fuera de casa, yendo de acá para allá, cuando volví, redescubrí la ciudad. Y me volví a enamorar de ella." Desde entonces, Buenos Aires se rebautizó por siempre "la ciudad de la furia".

Los años 90 abrieron con Canción animal, la vuelta a las raíces más rockeras y un hit implacable: "De música ligera". Dos años después, llegaría la experimentación psicodélica-beat de Dynamo (1992), probablemente el punto más alto compositivamente. "Personalmente, lo pasé mejor en los 90 -reconoció Cerati, diez años atrás-. Ahí recuperé el sabor por hacer música y empecé a preocuparme menos por el sistema que la rodea. Dynamo, Colores santos [con Daniel Melero], Amor amarillo [su primer álbum solista, aún en Soda Stereo] marcaron la recuperación del valor por la música que la dureza de los años 80 no nos dejaba sacar a la luz."

Final y regreso

A mediados de la década de los 90, la banda volvería a los estudios de grabación por última vez y Sueño Stereo (1995) llegaría como una suerte de final anunciado. "Estábamos muy alejados personal y musicalmente -dijo Cerati, tras la separación-. Entre nosotros flotaba la idea de que podía ser la última grabación. Nos dimos cuenta de que todo nos estaba costando demasiado."

Las "gracias totales" estaban a la vuelta de la esquina (aquel concierto en el estadio de River, en 1997, dejaría además de un álbum doble en vivo, aquella frase eterna) y pasarían diez años hasta que esa burbuja en el tiempo que fue la gira de regreso de Soda Stereo los volviera a juntar para dar una vuelta más.

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