Holliger, gran maestro del oboe
1 minuto de lectura'
Concierto de la Camerata Bern (Suiza). Solista y director: Heinz Holliger (oboe). Programa: Sinfonía para cuerdas N° 10, en si menor, de Félix Mendelssohn; Divertimento en mi bemol mayor, Hob. 11.6, de Franz Joseph Haydn; Concerto para oboe, cuerdas y bajo continuo Op. 1, en do menor, de Alessandro Marcello; Passacaglia concertante para oboe y cuerdas, de Sandor Veress, y Quinteto para cuerdas en sol mayor, Op. 111, en transcripción para conjunto de cámara, de Johannes Brahms. Organizado por el Mozarteum Argentino con patrocinio de Capsa-Capex. Teatro Colón.
Nuestra opinión: muy bueno.
Después de escuchar las obras de Mendelssohn y Haydn, ejecutadas por el conjunto de cuerdas visitante, nació la presunción de que la clausura de la temporada del Mozarteum Argentino no estaría a la altura de las circunstancias ni del nivel general del ciclo.
Es que la Camerata Bern dejó escuchar debilidades sonoras en la fila de primeros violines y ausencia de temperamento, empuje rítmico y expresividad, aun durante el sereno y hermoso movimiento adagio del Divertimento de Haydn, bien ejecutado por las violas, violoncelos y el contrabajo (una dama elegante, Katherina Steuri, exacta en el ritmo y afinación). Pero eso no alcanzó para elevar la calidad ni para justificar los buenos antecedentes anunciados en los datos sobre la agrupación.
Aparición prodigiosa
Pero de inmediato, como por arte de magia, se produjo el milagro cuando apareció la personalidad del maestro Heinz Holliger, el mismo tantas veces apreciado en infinidad de registros discográficos, aquel que desde hace tiempo se ubica como uno de los mejores oboístas del mundo en la actualidad.
Bastaron sólo dos frases del primer movimiento del Concerto para oboe, cuerdas y bajo continuo, Op. 1, de Alessandro Marcello -uno de los dos célebres hermanos (el otro fue Benedetto) que elevaron a un plano superior el estilo barroco italiano-, para ratificar su excepcional calidad de virtuoso.
Pero no era el virtuosismo del instrumentista que domina todos los recursos técnicos con infalibilidad, que es otra cosa, sino el del artesano que realiza una faena para estar al servicio del arte musical en profunda unidad espiritual con el autor.
Entonces, los matices e intensidades, los cambios de coloración del sonido, la regulación del aire en clase magistral de concentración, dominio muscular y resistencia y su clarísima articulación fueron factores que Holliger puso al servicio de la expresión y del estilo.
Pero, además, dejó en claro que su arte está sustentado sobre la base de la suma de aptitudes innatas y conocimientos humanísticos adquiridos a través de la lectura y de una dedicación metódica e intensa.
El efecto en el público
El adagio de la misma obra provocó honda emoción, tan cálida y unánime como se manifestó ante el silencio profundo del público. Ahí fue evidente que música de alto nivel es posible con toda clase de instrumentos. Quizá por esa razón aparecieron en la memoria los nombres ilustres de Landovska, Segovia, Zabaleta, André, Graf (clave, guitarra, arpa, trompeta, flauta) y ahora el de Heinz Holliger y el oboe, compartiendo el sitial de los grandes virtuosos.
Como no podía ser de otro modo, el público reaccionó con calor y hubo un agregado, cosa inusual al terminar una primera parte de programa. Lo cierto fue que se escuchó una joya para oboe solo, una de las seis "Metamorfosis para Ovidio", la denominada "Pam", de Benjamin Britten, en una ejecución impecable del artista suizo.
Música de Veress
La segunda parte se inició con una composición sumamente interesante del compositor Sandor Veress (nacido en 1907, alumno de Bela Bartok y Zoltan Kodaly): Passacaglia concertante para oboe y cuerdas, dedicada a Holliger, interesante por su renovador lenguaje y riqueza de ideas melódicas y sonoras.
Si excelente había sido el solista con la obra del barroco, aquí alcanzó la cima de su actuación, no sólo por permitir conocer a un autor sustancioso sino por manifestar con soltura toda la gama de posibilidades del instrumento de doble lengüeta y sonido pastoril.
El denso aplauso fue reconfortante, porque hacía mucho que una obra moderna no era recibida con tanta aceptación como en esta oportunidad, detalle que aumentó el interés por conocer más de Sandor Veress. De inmediato agregó dos obras para oboe que resultaron ser pequeñas obras maestras, inspiradas, bellas, escritas por un músico superlativo. "La cigarra y la hormiga" y "Berceuse", de una colección de piezas breves, a cual más placentera, del inolvidable director de orquesta Antal Dorati.
Por último, la Camarata Bern ofreció el Quinteto para cuerdas, Op. 111, de Brahms, en una ejecución sumamente decorosa, y agregó, como un regalo oportuno y deseado, justamente una obra de Veress, la cuarta de sus danzas de Transilvania, rítmica y vigorosa, ideal para clausurar la última noche del ciclo del Mozarteum Argentino, que será inolvidable por la presencia de un artista de la jerarquía de Heinz Holliger.




