A lo largo del siglo XIX, con el romanticismo como realidad circundante, la orquesta se fue ampliando lenta y sostenidamente. Con esta transformación, se hicieron imprescindibles directores especializados que fueran capaces de conducir ese nuevo tipo de obras ciclópeas. Entre los primeros que no fueron meros marcadores de tiempos, posiblemente Hans von Bülow haya sido el más notable. Pero, además, Bülow también parece haber sido uno de los fundadores de la célebre casta de los directores con altas cuotas de divismo, por demás intolerantes, un poco dictatoriales y, sin adentrarnos en diagnósticos de alta psicología, un tanto histéricos también. Entre las muchas pruebas testimoniales de su severidad puede recordarse que Cesar Cui, el compositor ruso y también crítico musical, le dijo, haciendo mención de su barba candado, "usted no se afeita pero siempre tiene una navaja en la boca". Prueba de su vehemencia es la frase que le dispensó su admirado Brahms cuando recordó que "los elogios de Bülow arden como sal en los ojos". Sin embargo, son mucho más contundentes y frecuentes las evidencias que dan cuenta de su altanería y el maltrato con el que trataba a los músicos con quienes tenía que trabajar o, en su caso, lidiar. Después de haber escuchado a una pianista interpretando Mazeppa , el estudio de Liszt en el cual se describe el galope de un caballo, le manifestó que la única condición favorable que le veía para ejecutar esa pieza era que ella tenía, precisamente, el alma de un caballo. Pero con los tenores tenía un asunto casi personal. En un ensayo, frente al que encarnaba a Lohengrin, sin anestesia, dictaminó: "Usted no es el heroico caballero del cisne (Schwan) sino el del cerdo (Schwein)", para concluir, casi filosóficamente, "un tenor no es un hombre sino una enfermedad".