Lollapalooza 2019: cómo es volar en el helicóptero que traerá a Lenny Kravitz al festival

La actriz Clara Alonso voló en helicóptero al Lollapalooza
La actriz Clara Alonso voló en helicóptero al Lollapalooza
Silvina Ajmat
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29 de marzo de 2019  • 16:47

Cada vez que un helicóptero cruza el cielo un puñado de historias sobre la supuesta importancia del pasajero a bordo invade la imaginación de quien lo ve. Las opciones siempre son parecidas: el presidente, un empresario influyente, un futbolista, o una estrella de rock. No es difícil idealizar la situación. Mientras la inmensa mayoría del mundo se somete a la pérdida irremediable de minutos de vida en una autopista agobiada por el tránsito, el calor, el mal humor, y el tufo citadino, hay quienes viajan en apenas unos minutos. Minutos versus horas. Paisaje urbano, de torres altísimas, de parques verdes, de calles que parecen minúsculas, y de Río de la Plata, versus fila de autos en una mole de cemento.

Quiénes son los que cortan el cielo con las palas de una hélice y llegan antes que todos, llegan cuando quieren, disfrutan el viaje. Qué hicieron. A quién le ganaron.

Un hada madrina hizo su truco en esta edición del Lollapalooza para dotar de ese lujo excluyente en la carrera contra el tiempo a un grupo de personas que no responde a ninguna de esas categorías: ni presidentes ni empresarios, ni futbolistas ni estrellas de rock. El grupo, conformado por los ganadores de un concurso de Budweiser, algunos periodistas e influencers - Clara Alonso, Andrés Gil y Meme Bouquet, entre otros-, se reunió este mediodía para cumplir con el rito que todas las estrellas que pasarán por el festival de música realizarán antes de sus recitales: primero, llegar a un helipuerto ubicado en Costa Salguero; luego, esperar al helicóptero que por cosa de Mandinga, o de las comunicaciones, llega justo en el momento en que uno entró al predio; para los novatos en el arte de volar -a esta altura, todos los presentes-, escuchar las recomendaciones, que comienzan por el clásico ajustarse el cinturón de seguridad, colocarse los auriculares que permiten a los pasajeros interactuar -el ruido hace imposible conversar-, agacharse al subir y al bajar, y de ninguna manera levantar los brazos.

La actriz de Violetta e influencer Clara Alonso advierte a todos sobre esta última recomendación: dice que hay un caso conocido de un hombre que perdió cuatro dedos por levantar la mano cuando las hélices todavía se batían a toda velocidad.

Todo pasa muy rápido. El helicóptero se posa, las hélices no se detienen, aunque la intensidad baja, una persona se acerca y conduce al grupo, que se acerca agachado, temeroso y excitado, al interior del vehículo que tiene dos filas de asientos enfrentados y cinco butacas. Antes de que todos pudieran sacar sus celulares del bolsillo para registrar el hecho, ya está despegando. Hay sol y el pasto se ve muy verde. El Río de la Plata logra su gris más celeste. La ciudad es una maqueta preciosa, parece prolija, pulcra, impoluta. Allí en el aire las noticias de la devaluación, de la crisis, de la brecha social, de la desigualdad de posibilidades, parecen un mal sueño, y estar en las nubes excede el sentido figurado. Qué extraño goce el del privilegio. Qué egoísta y sin embargo adictivo. Como esa vista de la ciudad desde el aire. Como esas ganas de retener para siempre una imagen bella en las retinas.

El helicóptero nunca alcanza la altura suficiente como para perder señal en el celular. Los cinco pasajeros toman imágenes y las comparten mientras improvisan teorías sobre aquellos que viven sus vidas trasladándose de esa manera maravillosa. Que visitan amigos así. Les llevan regalos, total pueden cargarlo todo. Que van volando a jugar un partido de golf y vuelven a sus casas. Que se llevan una cerveza bajo el brazo. Que Lenny Kravitz, el domingo, en ese mismo asiento, seguramente relajará la cabeza hacia atrás escuchando buena música en vez de estar como ellos, filmando, posteando sin parar.

La Panamericana señala que el destino está cerca. El Hipódromo de San Isidro se ve a una distancia que parecen dos pasos, que en realidad equivalen a un par de kilómetros y que en términos temporales se traducen en apenas 30 segundos. El aterrizaje es en el Campo de Polo. La adrenalina se mezcla con la desilusión y los pies en la tierra nunca sonaron tan literales.

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