
Los sonidos de Jordi Savall
El músico catalán dará dos conciertos en Buenos Aires
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Las imágenes de "Todas las mañanas del mundo" nos traían a Gérard Depardieu y a Jean-Pierre Marielle protagonizando a Marin Marais y a Monsieur de Saint Colombe. Los dos músicos del barroco francés, hacia 1650 y viola da gamba y, palabras mediante, se desencontraban y discutían sobre las conductas y los objetivos que debe perseguir un músico, mientras desgranaban, exquisitamente, lamentos, folías y danzas de sus autorías. Pero el responsable de las bellezas musicales, una parte esencial de ese film maravilloso e inolvidable de Alain Corneau, fue Jordi Savall, que así alcanzó un momento de masividad casi insólita para un intérprete de viola da gamba.
Sin embargo, la historia de Savall arranca unos cuantos años antes cuando, luego de egresar como chelista del Conservatorio de Barcelona, en 1965, comenzó a interesarse por la música antigua. Marchó hacia Bruselas y luego se radicó en Basilea donde ya, definitivamente, cambió al chelo por la viola da gamba. Lo que vino después podría ser la crónica inabarcable de una carrera admirable.
Como instrumentista y director de distintos conjuntos, comenzó a difundir un material absolutamente olvidado y atrapante de compositores como Cererols, Coperario, Marais o Ferrabosco, extendió su campo de labor, originalmente renacentista y barroco, hasta los relegados tiempos de la Edad Media, por un lado, y hasta el clasicismo, por el otro, contribuyó significativamente a instalar el inmenso legado español a la literatura musical europea y, desde la viola da gamba fue ampliando su repertorio hasta músicas para distintos tipos de ensambles, lo que implicó la fundación de varios conjuntos que, a pura música, todos siguen en pie. Por lo demás, antes y después de las más de 500.000 copias vendidas de "Todas las mañanas del mundo", sus registros discográficos se multiplicaron fecundamente y conforman uno de los corpus más celebrados de la música antigua, con un centenar de compactos que le han valido numerosos premios internacionales.
Ahora, para ofrecer dos concierto para Festivales Musicales, el gran músico catalán llega a Buenos Aires junto a su esposa, la soprano Montserrat Figueras, y a su primer ensamble, el Hespèrion XX, fundado por ambos en 1974 y en cuyo nombre se funden simbólicamente el nombre antiguo de la península ibérica, con la calificación numérica de un siglo que, por entonces, era sinónimo categórico de modernidad y al cual, por razones de actualización harto comprensibles, le han debido sumar una unidad.
Anticipando este regreso, LA NACION dialogó con Jordi Savall, que, cordial, elocuente y seguro, habló sobre su presente y su próxima visita. "El sábado pasado, hemos ofrecido un concierto muy especial en homenaje a un ministro socialista que fue asesinado por ETA hace cuatro años. Presentamos el «Te Deum»", del catalán Doménec Terradellas , que no había sido interpretado nunca más desde su estreno, hace más de 250 años, el "Stabat mater", de Arriaga, una sinfonía de Boccherini y una obertura de Sor".
-Desde la música antigua, usted ha avanzado consistentemente hasta obras del clasicismo europeo y español. ¿Piensa llegar hasta más adentro del siglo XIX y abordar obras románticas?
-Hemos llegado hasta Arriaga y, a pesar de que siempre puede haber sorpresas, por ahora le diría que no.
-La semana que viene, en el Teatro Avenida, usted va a retroceder varias centurias para interpretar otro tipo de repertorio. ¿Esto implica algún tipo de dificultad especial?
-No es sencillo. Hace falta un tiempo de preparación y de adaptación. Afortunadamente tenemos algunos días y un largo viaje desde España hasta la Argentina que nos será muy provechoso.
-El espectáculo que harán en Buenos Aires se llama "El paraíso perdido". ¿Qué material incluye?
-Es un concierto en el cual presentamos canciones del repertorio judío sefaradí y algunas de las cantigas de Santa María, de Alfonso el Sabio, provenientes de dos mundos aparentemente muy diferentes, pero que, sin embargo, tienen raíces comunes en la España medieval. En aquella época convivían musulmanes, judíos y cristianos y hay elementos comunes de estas tres culturas en la ciencia, en la literatura, en la arquitectura y en la música. Escarbando, en ambas colecciones se encuentran las raíces profundas de la música española.
-Más allá de las similitudes que señala, hay diferencias sustanciales en el modo en cómo nos han llegado.
-Por supuesto. Las cantigas de Alfonso el Sabio han pervivido a través de la escritura y las canciones sefaradíes por la tradición oral. Pero hay que tener en cuenta que la notación de las melodías de Alfonso es muy cercana a la del canto gregoriano y, por lo tanto, no indica ningún ritmo definido y está muy lejos de ser exacta. Obviamente, tampoco tienen ninguna instrumentación indicada. Consecuentemente, son melodías para ser recreadas a través de la interpretación. Algo similar ocurre con el repertorio judío sefaradí. Lo único que tenemos, y con muchas variaciones según las distintas comunidades, es la melodía de estas romanzas, que se han perpetuado a través del canto, de generación en generación, y que deben ser recreadas de un modo similar, ya que también carecen de elementos agregados.
-¿Cuál ha sido la fuente de estas canciones?
-No hemos hecho el trabajo de campo por nosotros mismos sino que nos hemos basado en estudios musicológicos realizados sobre grabaciones de los años 30 y 40 y que, además, se han completado con estudios literarios. Muchos de los textos son romances y canciones antiquísimas que se encuentran en manuscritos de los siglos anteriores a la expulsión de los judíos de España, y posteriores también.
-En lo musical, ¿qué es lo que usted hace con las melodías de estas cantigas y canciones?
-Tratamos de restituirles la vida en el sentido de los ministriles, los trovadores y de los músicos de la época que cantaban y se acompañaban con instrumentos. Nunca hemos pretendido hacer un tipo de arqueología. La música está en las antípodas de la arqueología. No intentamos hacer lo que se hacía en aquellos tiempos sino que tendemos a aproximarnos con el máximo respeto a estas músicas buscando su significado, sus raíces, su carácter, su contenido espiritual y expresivo y dándoles el máximo de sentido a través de nuestra interpretación. Los instrumentos que utilizamos, que no son los mismos para las cantigas que para las canciones, acompañan y apoyan las melodías, las ornamentan, las improvisan y, por supuesto, no les buscamos implicancias armónicas que, en aquellos tiempos, no tenían. Igualmente, y en esto también los repertorios se emparientan, unas y otras poseen una belleza musical que invita a poner lo mejor de nosotros mismos para revivirlas con el mayor fervor y del mejor modo posible.
Junto a Hespèrion XXI
Para hacer la "Misa en si menor", de Bach; las "Vísperas", de Monteverdi; las cantigas de Alfonso X; el "Stabat Mater", de Arriaga; las danzas de Lully, o las "Ensaladas", de Mateo Flecha, se necesitan distintos tipos de ensambles. Savall así lo entendió y, a medida que sus horizontes musicales se ampliaban, fue fundando diferentes agrupaciones, obviamente, todas historicistas en sus integraciones y enfoques interpretativos. En 1974, comenzó con Hespèrion XXI, el conjunto de cámara especializado en música antigua con el cual llegará a Buenos Aires la próxima semana. En 1987, nació La Capella Reial de Catalunya, un grupo que incluye un número pequeño de solistas instrumentales y un conjunto de cantantes, imprescindible para hacer óperas barrocas españolas o el "Stabat mater", de Arriaga. Por último, dos años después, formó Le Concert des Nations, una orquesta barroca más amplia con la que llega hasta las sinfonías de Beethoven.
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