Maidenmanía: con la pasión, la pertenencia y el fuego sagrado intactos

Crédito: Santiago Filipuzzi
En los últimos 27 años, la banda se presentó en 11 oportunidades en Buenos Aires, a través de las cuales construyó una relación sólida con un público tan cálido como fiel
Diego Mancusi
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14 de octubre de 2019  

"Hubo un tiempo en el que usar una remera negra con efigies de monstruos o calaveras, o escuchar música atronadora, era tomado como un signo de inmadurez, de incultura o incluso de violencia. No fue poco lo que se discriminó al heavy metal. Es una satisfacción con cierto gusto a revancha que hoy, en una institución como el Congreso, se reconozca a esta gran banda". César Fuentes Rodríguez, periodista con larga trayectoria en el ámbito del rock pesado, presentaba así a Iron Maiden en el acto en el que se los distinguió como visitantes de honor de nuestro país, el pasado viernes en el Palacio Legislativo. Un rato antes, en la previa, sonaba "The Number of the Beast", en el Salón de los Pasos Perdidos. "Logramos meter las remeras negras en el Congreso", celebraba César, y la diputada Victoria Donda, impulsora de esta iniciativa, coincidía: "Publicaron cualquier cosa por esto. Si era Pavarotti en vez de Iron Maiden, seguro que no pasaba".

Hay una palabra que define mejor que ninguna otra este vínculo de Maiden con la Argentina que termina (por ahora, claro) con un homenaje de la política y otro Vélez colmado: hermandad. Hasta 1992, la banda inglesa había pisado una sola vez Sudamérica: en 1985, cuando tocó en Rock in Rio. De allí en más, cada vez que incluyó a Sudamérica en sus giras siempre pasó por Buenos Aires. La última vez que no lo hizo fue en 2006-2007, con el A Matter of Life and Death Tour.

"La actitud rebelde del metalero siempre se mantiene. Lo ves en el pelo largo, los tatuajes, la campera de cuero negra y las tachas, que es como su uniforme. Ese uniforme genera un compromiso, un discurso y una actitud asociada a la libertad en el rock", decía el Ruso Verea a LA NACION hace unos días. Ese compromiso del metal nunca es circunstancial; por el contrario, es una de las últimas grandes muestras de coherencia resistente a archivos en tiempos de placeres efímeros, modas, distracciones y panquequeadas: gente de más de cincuenta con el mismo chaleco -ahora raído- que usó para ver el debut del grupo en Buenos Aires, el 25 de julio del 92, en Ferro.

Crédito: Santiago Filipuzzi

Así, el metalero siempre ve en otro metalero a un hermano, uno que sufrió las mismas miradas de reojo. Pero si hablamos de "hermandad" entre Maiden y su audiencia argentina más que de "fidelidad" es porque ellos mismos eligieron abolir la asimetría banda-público para estar en el llano cuando hiciera falta, como lo haría cualquier soldado del heavy con uno de sus pares. De eso hablaba Marcelo "Corvata" Corvalán, bajista y cantante de Carajo, invitado al acto en el Congreso: "Hay un montón de la parte humana en esto. Cualquier seguidor de Maiden y cualquier músico admira el laburo de ellos como personas, por todo el esfuerzo que hicieron durante años, eso de venir prácticamente gratis para poder hacer gira en Latinoamérica, sabiendo de la mala situación. El reconocimiento es a la lealtad, al honor que ellos tienen como músicos y su relación con nosotros".

El beneficio es mutuo. La banda se encuentra con un público que no solo no duda un segundo en comprar entradas con o sin crisis (de hecho, el vocalista Bruce Dickinson dijo en el Congreso -y luego lo repitió en el show- que lamentaba no poder tocar en un lugar más grande, pensando en los que se habían quedado afuera de la única función local de este tour), sino que además le sostiene con fervor futbolero un concierto en el que el hit se festeja casi igual que ese tema oscuro escondido en un disco menor. Y el público obtiene incluso más de lo que va a buscar: actitud, rock bien interpretado (el triple ataque de guitarras Murray-Smith-Gers no pierde solidez, la base Harris-McBrain es un cronómetro y Dickinson canta como si tuviera treinta) y un componente teatral insoslayable.

Este -el despliegue escénico, el histrionismo, la fantasía- es el último de los factores que explican el éxito de Iron Maiden en la Argentina. Si bien la presencia "del palo" es amplia dominadora, la frutilla del postre en términos de convocatoria es ese otro espectador, el del crossover, el que llega atraído por el fenómeno y el espectáculo.

En momentos en los que se compran entradas para festivales sin siquiera saber qué artistas van a tocar, la experiencia es algo que algunos valoran incluso por encima de la música en sí. Y para experiencia nada como un show de Iron Maiden, en el que Dickinson cambia de vestuario unas siete veces, espadea con un Eddie de tres metros y dispara fuego con un lanzallamas mientras un demonio del ancho del escenario asoma frente al telón, que cambia en casi todas las canciones. Eso, ayudado por un repertorio que no le escatima a la comedia musical, con relatos pormenorizados e interpretaciones operísticas de historias de terror, batallas aéreas o mitos griegos. El metal en general y Maiden en particular han llenado agujeros no solo emocionales, sino incluso educativos. "Gracias a bandas como ellos tuvimos más contacto con la historia, el cine, la mitología y la literatura de lo que muchas veces nos ofrecieron los programas escolares", decía César Fuentes Rodríguez en el homenaje. Es mucho lo que Maiden le ha dado al fan argentino, y la contraprestación es estar siempre.

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