
Mercedes Sosa, esa amiga del alma
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"Acústico", recitales de la cantante Mercedes Sosa junto a su cuarteto instrumental: Nicolás Brizuela (guitarra), Popi Spatocco (piano), Carlos Genoni (bajo), Rubén Lobo (percusión) y Beatriz Muñoz (coros). Invitados: Laura Albarracín (canto), Luiz Carlos Borges (acordeón) y Walter Ríos (bandoneón). Sonido: Itelman, Alejandro Goñi y Enrique García. Luces: Teddy Goldman, Boletti y Carlos Rivadeneira. Producciones: Fenix Entertainment Group. En el teatro Gran Rex.
Nuestra opinión: excelente.
En este primer recital acústico con su grupo -el cuarteto que integran Brizuela, Spatocco, Genoni y Lobo-, Mercedes regresa para echar una mirada retrospectiva a un cancionero que permanecía escondido en la conciencia colectiva de toda una generación.
Aproximadamente cuatrocientas canciones forman -lo dijo Mercedes esa noche- el bagaje de su repertorio. Y es ardua tarea poder escoger entre el enorme espectro que tiene por centro el folklore, pero que se ha expandido al acoger el tango, el cancionero del pop rock argentino y las temáticas latinoamericana y ecuménica.
En algún momento la enorme cantante podía darse el gusto de recalar en aquellas canciones de la época más prolífica e inspirada del folklore argentino y de América latina, de la que ella fue protagonista insoslayable.
Para esto, nuestra más genial intérprete de la música popular ha optado por asumir y plasmar dos parámetros esencialmente musicales: lo acústico en lo instrumental y la media voz en el canto, que, sumados a la elección de esta añeja temática, convierten el encuentro en antológico.
Como si faltara algo, a Mercedes se la ve feliz, distendida, locuaz, como si estuviera cantando en rueda de amigos, gastando bromas y humoradas, mientras habla de la vida de los artistas y de sus avatares por el mundo.
Nuestra cantante también ha trascendido -aquí y en el mundo- como símbolo de la renovación folklórica e incluso de la vanguardia. El Nuevo Cancionero, de la que fue uno de sus geniales artífices, la condujo por arduos caminos del melodismo, empeñada al mismo tiempo en rescatar la mejor poesía popular de su tiempo.
Como para dar fe de estos desafíos, Mercedes inicia su recital con la zamba "Bajo el azote del sol". El sinuoso melodismo y la inspiración poética son el pórtico de esta nueva propuesta. La canta desde su asiento, cubierta con poncho rojo y negro y cobijando con su mano izquierda el bombo.
Aquella impronta grabada por el Cuchi Leguizamón desde Salta y por Rolando Valladares desde Tucumán emerge entre las sinuosas notas, que escapan de todo convencionalismo para convertirse en modelos de la proyección vanguardista. Una de ellas, la honda vidala "Canción de las cantinas", justamente de Valladares, emergerá por ahí como otro de los más entrañables recuerdos
La intérprete ha querido también ofrecer aquí, sin proclamarlo, un tributo a Chacho Muller, el inspirado músico poeta de la Mesopotamia. El desfile de su cancionero se inicia con "La niñez", prosigue con "Botecitos", se prolonga en "Pescadores de mi río" y concluye con "Ay soledad", repartidos a lo largo del programa. Un melodismo no transitado y letras enriquecidas por imágenes son prueba cabal de las exigencias de Mercedes. Habrá momentos en que alguna canción se yerga con no buscado signo autobiográfico, como la milonga pampeana "Para cantarle a mi gente", donde el trío, sin batería, ofrece las mejores garantías para la creación de climas empáticos con cada tema. Y también aparecerá como autorreferencial "Traigo un pueblo en mi voz", que reivindica la libertad.
Descubrir lo popular
A lo largo del encuentro se van descubriendo significados y prototipos estéticos que son garantía de rigurosa selección y al mismo tiempo alejados de cualquier tentación populista. Basta advertir que, en momentos en que la chacarera se ha constituido en el ritmo más meneado por los jóvenes folkloristas, Mercedes nos acerca apenas dos: las contundentes "El manco Arana" y "La del 55". Por otro lado, elige temas tan representativos de su personalidad como la otrora famosa "Zamba del chaguanco" -estrenada por ella-, muestra sus exquisitas inclinaciones artísticas al rescatar la bellísima zamba "Allá lejos y hace tiempo", donde su grupo logra uno de los mejores arreglos de la noche, y repasa amorosamente el "Poema N° 15", de Neruda ("Me gusta cuando callas porque estás como ausente"), con música de Víctor Jara, desgranada con maravillosa media voz.
Llegarán regalos para la conciencia colectiva, como "Marrón", de Damián Sánchez; "El cosechero", de Ayala; "Ñangapirí", de Tarragó Ros; "Serenata para la tierra de uno", de María Elena Walsh, y el valsecito "Juancito caminador", un 3x4 que imprime atmósferas de Kurt Weill.
Habrá espacio también para el tango "Grisel", de Mores; el delicioso vals de Troilo "Romance de barrio", la tierna "Oh, melancolía", de Rodríguez. Y en medio de ellas, dos que corean todos con devoción: "Una canción posible", de Víctor Heredia", y la enternecedora, imperecedera "Sólo de trata de vivir", de Litto Nebbia.
Apenas una sola canción de testimonio se colará, con todo su patetismo: la estremecedora "Galopa Murieta", con versos de Neruda.
Su cuarteto instrumental ha evidenciado prolijidad en la mayor parte de los arreglos, en especial la dosificada participación de un bajo (guitarrón) que no aturde, y los sutiles golpes de la batería, a los que habrán de incorporarse inspirados pasajes del piano y de guitarra. También hacen gala de musicalidad el acordeonista brasileño Luiz Carlos Borges y el bandoneonista argentino Walter Ríos. El encuentro había sido abierto por la hoy histriónica cantante Laura Albarracín junto a Giuliano en guitarra, Concilio en bajo y Sánchez en batería con cinco temas.
Mercedes se ha prodigado en la media voz, enriquecida por sutiles cadencias y elocuentes silencios. Su voz sigue siendo espléndida, incomparable. Su estilo se ha refinado y alcanzado una madurez insuperable en la plasmación del carácter, el sentido y el significado intrínseco de cada canción. Como nunca, Mercedes evidenció su enorme felicidad de cantar. Por eso, cuando en el final ella entona, espléndida, "Un son para Portinari", el teatro entero le entrega su corazón, como a una compañera del alma.
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