Mumford & Sons, entre la solemnidad y la canción melódica

Alejandro Lingenti
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30 de noviembre de 2018  

La carrera de Mumford & Sons cambió para siempre en 2012: ese año hicieron la inoxidable "Maggie's Farm", con Bob Dylan, en la ceremonia de los Grammy y el mundo se enteró de que el legendario autor de "Like a Rolling Stone" los veía con muy buenos ojos. De inmediato, en apenas un par de semanas, las ventas de su disco debut, Sigh No More, y su primer single, "The Cave", se multiplicaron. Se convirtieron en un éxito en los Estados Unidos (fueron, de hecho, la primera banda británica desde la aparición de Coldplay que logró vender más de un millón de copias de un disco en ese mercado no siempre tan generoso con la música inglesa), pero también el blanco de los dardos envenenados de buena parte de la crítica, que los calificó despectivamente como los "Coldplay con banjo" (en los mejores casos, porque también los compararon con Take That). Nacida al calor de la escena folk del oeste de Londres (Laura Marling, Noah and the Whale, Johnny Flynn, Emmy the Great), esta banda creció tocando en la sala Bosun's Locker, ubicada en el área de Fulham, y consiguió en un tiempo relativamente corto una notable proyección internacional, apoyada en un estilo convencional y amable que encajó perfecto en los cánones de la radio comercial.

En Delta la novedad viene por el lado de la producción. El repertorio se sigue ajustando a esa cruza calculada entre el folk de raíz norteamericana (cada vez más diluido, de todos modos) y pop liviano que es característica definitoria del grupo, pero sumándole a la clásica instrumentación vintage de Mumford & Sons un tratamiento digital que busca aggiornar su sonido. El responsable de esa módica vuelta de tuerca es Paul Epworth, productor conocido por sus trabajos con Adele y Rihanna, es decir, un alfil de la industria. El objetivo notorio fue grabar un cuarto disco que cambiara un poco el panorama habitual, pero sin arriesgar demasiado, más allá de que en los primeros contactos con la prensa para promocionarlo los integrantes de la banda hayan hablado con insistencia de "una nueva etapa". Las letras de Marcus Mumford, hijo de un matrimonio que lideró durante años un oscuro culto Pentecostal en el Reino Unido, giran en torno a temas muy concretos: drogas, soledad, frustración, muerte... Y por lo general destilan más solemnidad que atrevimiento.

Si hay una banda que indudablemente forma parte del árbol genealógico de Mumford and Sons es U2, otros clientes de Epworth y ascendencia directa de los benditos Coldplay. Hay una inclinación por el tono pesadamente reflexivo y la catarsis épica que los identifica y ciertamente les marca un límite que podrían sobrepasar si se animaran a probar más veces con temas como "Darkness Visible", en el que crean un ambiente denso, sugestivo y poderoso para complementar el fantasmagórico recitado del poema narrativo de John Milton Paradise Lost con el que se luce el invitado Gill Landry.

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