
Músicas y matices del Litoral
Recital de Raúl Barboza (acordeón) . Con Horacio Castillo (guitarra). El miércoles, a las 21.30, en Notorious, Callao 966. Próximas funciones: los martes y miércoles de febrero.
Nuestra opinión: muy bueno
El gancho promocional de esta serie de actuaciones de Raúl Barboza tiene que ver con sus últimas producciones discográficas. El último año, el acordeonista argentino radicado en Francia editó en nuestro país un disco de improvisaciones con el pianista y compositor de música contemporánea Oscar Edelstein y otro, Confidencial , (grabado en París y en Buenos Aires) con una serie de piezas que interpretó en solitario, con acordeón o con guitarra (instrumento que pocas veces utiliza frente al público).
Claro que esta seguidilla de shows no tiene que ver exclusivamente con ninguno de estos trabajos. Barboza hace un poco de todo lo que ha pasado por su carrera: desde su hit "Tren expreso" hasta clásicos como "La calandria" y temas propios más recientes.
Barboza no ofrece un concierto integrado por estas publicaciones discográficas a modo de presentación en vivo. Más bien prefiere recorrer elementos de su historia, de situaciones de viajes o de reflexiones varias, mediante una especie de show de café concert (pero sin remates chistosos) con su particular estilo de hablar pausado, que suena muy natural dentro de su propuesta.
A través de ese decir tranquilo y agradable y de su acordeón intenta pintar el litoral argentino con ritmos y espacios. Empieza con el pie de arpegios que le da su compañero de escenario Horacio Castillo. Se mete en un chamamé dulzón. Todo suena muy tonal. Ya habrá tiempo para las disonancias, aunque probablemente en este ciclo no sean muchas.
Al parecer, el acordeonista opta por la armonía más amigable para decorar melodías. Y nadie podría negar su capacidad para hacerse amigo de los silencios y los matices (esos matices que tanto le reclamaba su padre). Y ahí están en esa especie de amplia dinámica que se manifiesta desde que pega el acordeonazo hasta que sólo deja que se escuche la respiración del fuelle cuando se cierra, sin notas.
Habrá melodías con recuerdos de infancia ("Estibador", por ejemplo, dedicada a su padre), o inspiradas en el agua que arrasa con todo como respuesta de la naturaleza cuando se la maltrata. Habrá valses con giros de canción francesa que se disuelven cuando los músicos adoptan la acentuación de la música del Litoral. También habrá otro vals ("Ferviente ilusión") que es una composición de esencia bandoneonística y tanguera. Después, un rasguido doble de Ernesto Montiel y más tarde, un chamamé alegre y furioso (bien llevado entre la botonera de Barboza y las cuerdas de su siempre preciso socio) para los que saben bailar, aunque el espacio entre las mesas y sillas no permita mayor movimiento que el de caminar con mucho cuidado para no chocarse con alguien. Hay que imaginar el baile. Por la manera como está tocada esta composición, será fácil lograrlo.
En esta serie de shows, Barboza no parece buscar otro objetivo que el de tocar su música. Se limita a hacer lo que sabe. Y esto no significa que su desempeño sea menos bueno que cuando está sobre el escenario de un teatro, en plan de estreno discográfico o cuando tiene algún otro proyecto para compartir con el público local, en alguna de esas escapadas que cada año hace de Francia a la Argentina.
La prueba está en el silencio y la atención que se crean entre el público desde que empieza su actuación.
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