
Ser otro en unas canciones
"Calamaro querido!", "El regreso" y "Tinta roja", en los primeros puestos
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Cuatro de los diez discos más vendidos de las últimas semanas en la Argentina llevan la marca de Andrés Calamaro. Los dos primeros puestos del ranking de ventas están ocupados por "Calamaro querido! (cantando al Salmón)", álbumes en los que sus canciones están interpretadas por una variedad de artistas argentinos y extranjeros; en el noveno lugar está "El regreso", registro en vivo de sus presentaciones en el Luna Park en abril del año pasado, y en el décimo, "Tinta roja", donde Calamaro versiona tangos clásicos. Entre los cuatro superan más de 150 mil las placas vendidas con su nombre como estandarte.
Esto no sólo muestra la renovada vigencia de uno de los más talentosos compositores del rock argentino y más allá, sino que también revela el gusto por la interpretación de canciones ajenas, una experiencia que parece haber tomado ahora una gran intensidad.
Las dos placas que le cantan al Salmón tienen varios aciertos y algunos intentos fallidos. Brillan la interpretación que Gieco hace de "Algún lugar encontraré"; la felicidad grupal que los siempre incasillables Cadillacs encontraron en el estudio en el que se reunieron expresamente para grabar "La parte de adelante"; la belleza bordeando en la fragilidad de Fito Páez, pura voz y piano, para hacer "Crímenes perfectos"; la intensidad de Joaquín Sabina en "Todavía una canción de amor"; el desgarro de Vicentico para "Para no olvidar" o la extrema prolijidad de Pedro Aznar en "Media Verónica".
Pero este gusto por el tributo y el homenaje no termina aquí. También hay otro proyecto, que tomó forma en la Red y no tiene edición material, propulsada por la página www.camisetasparatodos.com, en el que participan Estelares, Bicicletas y Falsos Profetas (su versión de "Sin documentos" supera ampliamente las dos editadas en el disco doble) y Federico Kempff, entre otros.
Pero no es sólo Andrés Calamaro el objeto de honores. A esto habría que sumar "Versionado", en el que Fantasmagoria, Pampa Yakuza, Infierno 18, Smitten, Azafata y La Cruda, entre otros, toman temas de Pappo para recrearlos con bastante imaginación y lejanía del original. Se prepara también "Que sea rocka", en el que grupos más "del palo" hacen temas de Riff. Y, además de algunos discos ya editados ("Inconsciente colectivo", de Fabiana Cantilo; uno a Virus, por grupos platenses, "Música ligera" con canciones de Soda Stereo en versión lounge, y siguen los ejemplos) se preparan sendos álbumes para Luis Alberto Spinetta y Don Cornelio y la Zona y el mismo León Gieco tiene en gateras sus versiones de clásicos y no tanto del género.
Los 40 años del rock
Se trata, parece, de paladear palabras y melodías. Sentir que, convertida en instrumento, la voz es un medio para transmitir lo que otro escribió pero el cantante sintió y que ese movimiento de "la interpretación" le permite al que canta, al que pone cuerpo y voz ser otro por un rato.
El rock en general y el argentino en particular ha sido reacio durante muchos años a la idea de cantar canciones ajenas, bajo el imperativo sesentista e individualista de la importancia de crear, de componer, de traer lo propio al mundo.
El rock se distinguió así del resto de los géneros musicales. Claramente de la música académica, pero también de buena parte de la música popular; del folklore tradicional, que toma como máximo tesoro el canon forjado con los años y cuya transmisión, durante buena parte de su historia, fue oral, y de allí la importancia de la repetición que impide el olvido. En el mismo tango, el intérprete, el cantor, sólo ocasionalmente era el responsable de esas palabras que cantaba. Para ello estaban los poetas del tango, y ningún cantor se sentía frustrado por no ser a la vez compositor.
Pero ahora que el rock anda cumpliendo 40 años (el año pasado, por la edición del primer disco de Los Gatos Salvajes; el próximo, por la del simple "La balsa", primer éxito "comercial") la fuerza de ese número que comienza a darle chapa de permanencia, parece estar provocando efectos inesperados.
Y fue así, diría el cuento, como por la fuerza del número 40 (ese que, para los estudiosos del significado místico que los guarismos ocultan para revelar, significa el cambio de un período a otro y los años de una generación y que ejemplifican con los 40 días y 40 noches que duró el diluvio; los 40 años en el desierto; los 40 días de Moisés en el monte Sinaí y los 40 días de ayuno de Jesús) que el rock argentino decidió cantarse y sumarse así a la tradición de la música popular.
El cuento podría tener moraleja: la de que hay que cuidarse de que el placer no se convierta en trampa y que el rock pierda esa fuerza de cambio que supo ser su marca de origen, que mirar para atrás no lo vuelva estatua.
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