Sublime lirismo e inigualable técnica

La violinista alemana, rodeada de la orquesta que dirige
La violinista alemana, rodeada de la orquesta que dirige Crédito: M. Parpagnoli
Concierto de Anne-Sophie Mutter, directora y solista, junto a The Mutter Virtuosi
Virginia Chacon Dorr
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5 de noviembre de 2019  

Nuestra opinión: Excelente

Programa: Octeto para cuerdas en mi bemol mayor, Op. 20, Felix Mendelssohn Bartholdy; Concierto para dos violines, cuerdas y bajo continuo en re menor, BWV. 1043, de Johann Sebastian Bach; Las cuatro estaciones, Op. 8, nº 1-4 de Antonio Vivaldi. En el Teatro Colón.

Con el recuerdo fresco del gran cierre del Festival Barenboim 2019 en manos de Mutter, la violinista y directora alemana se sube una vez más a un escenario argentino. Pero esta vez viene acompañada por la orquesta que ella creó y dirige: The Mutter Virtuosi. Con un programa que va a lo seguro, por la historia de las famosas piezas junto al ensamble, el conjunto y su directora dieron un gran paso en su primera gira por América Latina, nada menos que en el Teatro Colón.

La primera parte del concierto estuvo dedicada al Octeto de Mendelssohn y al Concierto para dos violines, BWV. 1043 de Bach. En la primera obra, única de la noche fuera del barroco, se destacó el desafiante scherzo, en el que los intérpretes cumplieron un papel soberbio poniendo especial cuidado en la imbricación de voces y la alternancia de texturas. En un tono casi marcial, el último movimiento cosechó una ovación justificada que reconoció la interpretación del grupo en su conjunto y las formidables intervenciones individuales. Los jóvenes rostros sobre el escenario configuraban una alegoría del joven Mendelssohn al momento de la creación de esta obra, que (como una especie de oráculo) contiene el germen de procedimientos que se desarrollaron en el devenir del romanticismo.

En el concierto para dos violines se puso de relieve la generosidad de Mutter, que compartió escenario con distintos solistas para cada movimiento. A cada paso, la maestra les daba lugar a sus discípulos para desenvolver su musicalidad, sin dejar de proyectar su gran sonoridad rebosante de armónicos y delicado vibrato.

La segunda parte de la noche estuvo dedicada integralmente a las archiconocidas Cuatro estaciones, de Vivaldi. La fuerza de los movimientos rápidos contrastó con la delicadeza y el lirismo de los movimientos lentos. La concisa precisión del bajo continuo se aparejó con la concepción de la obra del estilo, y dio lugar a un ambiente propicio para que la violinista demuestre su impecable técnica y exquisito gusto, hasta el punto de pensar "más no se le puede pedir a un/a solista". Como testimonio de sublime lirismo, fue de particular belleza el segundo movimiento de "El invierno": los músicos exploraron minuciosamente la acústica del teatro, en la que los acordes del clave, el pizzicatto de la orquesta y la melodía se entrelazaron de modo sublime.

Para cerrar el concierto se ofrecieron tres piezas fuera de programa y dentro de la tónica del barroco. Los bises fueron el III movimiento (presto) de "El verano" y el I (allegro non molto) de "El invierno" de las Cuatro estaciones, intercalados por el arreglo del II movimiento de la Suite orquestal N° 3, de Bach (conocido como El aria para la cuerda de sol). La proyección diáfana, sin rastros de vibrato, con un fraseo sutil hizo de esta pieza una delicatessen ofrecida por Mutter.

Quizás hubiese sido deseable un encore que contrastara con el espíritu del concierto, para probar un poco de la habilidad del ensamble en otros estilos. Pero, en una noche en la que brilló la elegante belleza barroca, pedir más sería quejarse de llena.

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