
Tom Zé: el Trotsky del tropicalismo
El músico brasileño actuará por primera vez en Buenos Aires el 27 de septiembre
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"Yo no soy un buen artista del mainstream. Soy un pésimo melodista, un pésimo instrumentista, un mal compositor, mis canciones son horribles... Creo que por eso en los Estados Unidos ahora consumen mucho mis discos: porque mi música es una basura y a los norteamericanos les encanta la basura."
La historia de Tom Zé es exactamente la opuesta a la de cualquiera de los jóvenes "talentosos" surgidos de un reality show y que, de la noche a la mañana, se convierten en hiperfamosos antes de pisar un estudio de grabación. Veinte años pasaron para que la obra de Zé fuera marcada como indispensable no sólo para la música brasileña, sino para la del planeta entero. Si en 1989 hasta estuvo a punto de volverse a su pueblo natal (Irará, Bahia) a trabajar en una estación de servicio, deprimido por la falta de atención que había logrado durante toda su carrera.
A los 66 años fue, es y será la oveja descarriada del tropicalismo. El músico genio-loco olvidado que, tras dos décadas de ostracismo, fue redescubierto por la vanguardia sonora de fines del siglo XX (de Beck a Sean Lennon, pasando por los excéntricos Tortoise y la excelente nueva generación de artistas electrónicos brasileños) y reubicado en el cuadro de honor de la música brasileña.
Sus primeros pasos, allá por los iniciáticos años 60, los dio junto a la santa trinidad conformada por Caetano Veloso (uno de sus mayores admiradores), Gilberto Gil y Gal Costa. Deconstructor de melodías, ciento por ciento experimental, psicodélico, irónico, ácido, comprometido política y socialmente y eterno sobreviviente. Entre 1968 y 1978 grabó cinco discos que, en aquel momento, pasaron inadvertidos. Y luego se esfumó, desapareció imbuido en una crisis personal hasta que, a fines de los 80, David Byrne hizo justicia y relanzó sus discos a través del sello Luaka Bop y el mundo hizo plop, rendido a sus pies.
¿Algo más? Un álbum, "Estudando o samba", ubicado entre los diez discos más influyentes de la década del 90 según la revista Rolling Stone, y dos definiciones antológicas: "Soy el Trotsky del tropicalismo" y "yo no hago arte, lo mío es periodismo cantado".
Señoras y señores, he aquí a Tom Zé, un personaje único y un músico extraordinario, en su primera charla con un medio argentino, antes de debutar en el país en el cuarto Festival Internacional de Buenos Aires (actuará el 27 de septiembre, en el teatro Ateneo, en el ciclo Noches Brasileñas)
A los jóvenes de ayer
Desde su casa en San Pablo, Zé pregunta por el clima en Buenos Aires ("no estoy acostumbrado a las bajas temperaturas", dice) y se interesa por la repercusión que tuvo la compañía de ballet Corpo, en su última visita al país ("hace poco compuse una música para ellos"). Con más de 60 años está en su momento más creativo y su música suena más revitalizada que nunca.
"Siempre recuerdo una frase del semiólogo y filósofo norteamericano (Charles Sanders) Pierce -cuenta Zé-, que decía que es doloroso ver a una persona de 30 años -la edad en la que todos los órganos y células están en su momento más productivo y tienen toda la energía- que todavía no ha hecho nada que tenga que ver con su verdadera función sobre la Tierra. Conmigo pasó algo parecido, porque sólo a los 60 años conseguí el punto máximo de mi carrera y llegué a cumplir buena parte de mi objetivo en este lugar".
-¿Y cuál es ese objetivo?
-Todo lo que hice y hago es siempre un pretexto para producir y distribuir rebeldía. Con la música propago esa rebeldía, que es un tipo de proteína que toda juventud precisa para comprender su tiempo, para procesar las informaciones del mundo y para reaccionar ante ellas; para pisar fuerte y decir: "Existo, estoy aquí".
La actual compañía discográfica de Zé realiza anualmente estudios sobre las edades de las personas que compran su música en Brasil. Y del anteúltimo álbum al último, la edad promedio de los seguidores de Zé bajó de los 25 años a los 18.
"Dicen que toda generación reniega de sus padres, pero procura conectarse con sus abuelos. Parece que todos esos músicos jóvenes y el público en general ven en mí un abuelo lejano", sentencia orgulloso.
Uno de los discos con el que Zé atrajo a los jóvenes, europeos y norteamericanos especialmente, es "Defecto de fabricación", el primero para el sello del ex líder del grupo Talking Heads, David Byrne, álbum con el que regresó luego del período que él mismo denomina "de ostracismo".
"El álbum habla de los defectos de los pueblos de América latina en relación con nuestros patrones del Primer Mundo, para cuyo confort nosotros trabajamos, tanto en Brasil como en la Argentina -sostiene-. El defecto de soñar, de amar, de bailar y, el defecto principal e insoportable para los países dominantes: el defecto de pensar. Pensar es un defecto horroroso, porque puede hacer crecer el cerebro. Y eso es muy peligroso para el Primer Mundo porque, de repente, pueden empezar a nacer Jesucristos y Fideles Castros . De hecho, me asombra que nuestros patrones de los Estados Unidos y Europa no hayan practicado en América latina una lobotomía generalizada para terminar con ese hábito terrible que tiene los habitantes de la región: pensar", dice Zé, y cierra el comentario con una estruendosa carcajada.
El periodista cantante
Cuando, durante el corriente año, la guerra estalló en Irak, Zé volvió a remarcar su idea acerca del periodismo cantado y compuso el tema "Compañero Bush" en el que sostiene cosas como: "Si usted ya sabe quién vendió aquella bomba a Irak, desembuche: desconfío que fue Bush. Fue Bush, fue Bush, fue Bush".
"Me sentí obligado a escribir un tema así como reacción a este vergonzoso hecho que acongojó los últimos resquicios y fibras de humanidad que el planeta tenía hasta ese momento. Una guerra anunciada y practicada como espectáculo en la televisión. Una guerra hecha por dos bandidos comunes, Bush y Blair, que sólo tienen respeto de la gente porque estuvieron patrocinados por dos banderas nacionales."
Zé dice que nunca olvidará la noche en la que Lula se consagró presidente de Brasil ("fue admirable la osadía y la rebeldía del pueblo brasileño que votó a Lula y lo apoyó de manera impresionante"), pero que no seguiría los pasos de su amigo y compañero tropicalista, Gilberto Gil, que asumió el cargo de ministro de Cultura del gobierno.
-¿Por qué cree que sus discos fueron valorizados recién veinte años después de haber sido editados?
-Eso no tuvo nada que ver con la crítica. Es más, debo admitir que la crítica brasileña siempre me ha tratado bien, aun durante esos dieciocho años de ostracismo, de completo olvido. Creo que aquellos discos de los años 70 no han tenido éxito comercial porque Brasil es un país de analfabetos. Es muy pequeño el porcentaje de lectores de diarios en comparación con la inmensa población de nuestro país. Entonces, pasaron inadvertidos. Pero no me considero infeliz por eso porque, de todas formas, pude ver cómo esos discos se hicieron conocidos. Recibí la caricia de ser considerado un artista importante.
-Pero alguna vez pensó en abandonarlo todo...
-Sí, en 1989 había decidido abandonar la música, porque no sabía si lo que hacía era bueno. Mi trabajo no era escuchado y me iba a ir a Irará, una ciudad del interior de Bahía. Ya había arreglado las cosas para trabajar en una estación de servicio que tiene un primo mío. Justo en ese momento apareció Byrne buscándome y, de repente, me convertí en un músico respetado en todo el mundo.´
Elogios
Caetano Veloso escribió acerca de Tom Zé en el prestigioso diario norteamericano The New York Times: "Sus discos experimentales de los años 70 son mejores que cualquier otro disco del tropicalismo. Zé es una de las mentes más brillantes de la música popular brasileña".
"Cuando se publicó ese artículo, llamé a Caetano y le dije: "Era hora de que hablaras bien de mí"" -recuerda Zé-. "A partir de aquella nota, dejé de ser el Trotsky del tropicalismo y ahora es como si hubieran vuelto a poner mi retrato entre los de los grandes músicos de mi generación".
Planes
El reconocimiento le llegó a Zé después de los 60 años, pero el músico aún sigue soñando con más. "No quiero morirme sin grabar un disco que vengo planeando desde hace tiempo, que registre los sonidos de mi niñez. En aquel momento no había bicicletas ni triciclos. Nuestros juguetes en el interior de Bahía eran hechos por artesanos que trabajaban con madera; eran juguetes muy pobres, pero muy creativos e interesantes. Y, a la vez, muy sonoros".
-¿Sigue descubriendo sonidos y experimentando con ellos?
-Sí, pero no por decisión propia. Lo que pasa es que mis deficiencias como músico son las que me hacen caminar hacia una región que es considerada una basura y a la que nadie se anima a llegar. Todo lo que los demás desprecian es mi área de trabajo. Es por eso que me fui de Brasil como artista y creo que es por eso que en el Primer Mundo consumen mis discos: porque no sé hacer buena música.
Discografía
- "Tom Zé: Grande Liquidaçao" (1968).
- "Tom Zé" (1970)
- "Todos Os Olhos" (1973).
- "Estudando O Samba" (1976)
- "Correio Da Estaçao do Bras" (1978)
- "Com Defecto De Fabricaçao" (1998)
- "Postmodern Platos" EP (1999)
- "Jogos De Armar" (2000)
Alegoría futbolística
"Siempre acostumbro a decir: "No soy genio, soy japonés". ¿Sabés qué significa eso? En San Pablo existe una colonia muy grande de japoneses. Cuando ellos llegan a la Universidad, a principio de año, parecen desarreglados, incapaces, estúpidos, pero a fin de año sus calificaciones son muy buenas, porque se esfuerzan mucho.
"Otro ejemplo: el equipo de Santos, que jugó con Boca en el partido final por la Copa Libertadores, era un equipo de habilidosos, lleno de vanidades. En cambio, los jugadores de Boca eran como hormiguitas capaces, esforzadas, humildes, honradas. Un jugador de fútbol que se esfuerza mucho, que es tácticamente obediente, que juega para el equipo y no para sí mismo, es mucho mejor que una estrella. Un equipo de astros es un equipo miserable. Y un equipo de artistas que luchan apoyándose mutuamente es mucho más capaz de hacer fuerza que la suma de estrellas vanidosas."
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