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La conexión de los Twenty One Pilots con su público argentino se hizo evidente mucho antes del comienzo de su set en el Main Stage 1 del Lollapalooza , cuando miles de adolescentes empezaron a poblar el Hipódromo de San Isidro desde temprano con cinta de embalar amarilla alrededor de sus brazos y piernas, una marca distintiva del vestuario combativo del dúo formado por Tyler Joseph y Josh Dun. Pero los motivos de esa identificación tan poderosa quedaron en evidencia en el comienzo mismo del show, cuando el grupo pasó del rap tipo Eminem de Joseph en "Levitate" al piano tipo Coldplay de la intro de "Heathens", y de ahí al ukelele juguetón e hiperactivo y la trompeta de "We Don’t Believe What’s on TV" y al beat reggae de "Lane Boy": en épocas de consumos fragmentados, playlists automáticas y escuchas aleatorias, no hay una banda más emblemática de la generación del algoritmo que Twenty One Pilots.
De hecho, la propuesta del grupo no descansa tanto en lo musical como en lo performático: su set de cierre del festival fue un show en el sentido más amplio de la palabra, desde el auto en llamas que arde cuando hacen "Jumpsuit" hasta la excursión de Dun al medio del público ¡con su batería! para tocar "Morph" sobre una tarima de un metro cuadrado, pasando por la aparición de Joseph en la cima de la torre de sonido en "Car Radio". Antes de eso, en "Holding on to You", Dun literalmente había dejado momentáneamente la batería para subirse a un piano y ensayar una mortal en el aire: un número de circo.

Entre el rock, el pop y el rap, quizás la gran virtud del dúo sea su capacidad para crear atmósferas muy diferentes de un momento a otro, incluso dentro de un mismo tema (en "Jumpsuit", por ejemplo, Joseph pasa de los susurros a los gritos). Su manejo de la tensión del show es altamente cinematográfico, algo que se relaciona con el hilo conceptual de Trench, su último disco, que transcurre en un universo inventado de rebeldes y dictadores, inspirado tanto en la lucha de clases de Star Wars como en la dimensión sobrenatural de Lost.
En ese sentido, el género del grupo tiene más que ver con lo escénico y lo narrativo que con lo musical: en su búsqueda permanente de la épica, Twenty One Pilots es, antes que cualquier otra cosa, una banda de estadios, algo que no deja de ser extraño para un dúo, pero que nadie resolvió mejor que ellos en la última década.
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